I

El principio, nadie pudo verlo. Unos niños lo habían descubierto bien temprano. Sin embargo, no fue hasta bien entrado el día que el resto pudieron constatar la enorme catástrofe.

Aquella noche todos los noticieros abrieron con la noticia del fatal hallazgo, en pocos días cundió el pánico. No hubo más remedio, se decretó el estado de excepción por un periodo ilimitado. Los mejores rastreadores partieron de inmediato en busca de alguna pista. El alma de todos quedó en vilo.

Todos los balones de fútbol habían desaparecido.

No pudo encontrarse explicación. Cualquier intento de justificación, de hallar un indicio o una prueba, fue en vano; incluso las consultas a los sabios fueron inútiles. El hecho en sí no hubiera sido relevante si no fuera por la realidad innegable y terrible que generaba: sin balón, era imposible que se diera el balompié.

Los buscadores regresaron exhaustos, abatidos. Ni un asomo, ni un débil rastro al que agarrarse. Nada.

La situación requirió una actuación de emergencia. Lo primero: restablecer el juego a toda costa;  se idearon mil formas de reinstaurarlo, pero todos los intentos fueron inútiles. Todos ellos, uno tras otro, acababan de forma irremediable en sucedáneos, en burdas máscaras, en falsos espejismos que no hicieron sino agravar la ya incontenible intranquilidad de todos.

Lo sabían bien, sin fútbol, la vida misma estaba comprometida.

Pronto comenzaría el caos, extendiéndose, no sólo al patio de los colegios, donde primero brotó, sino también a la calle, a las plazas, a todos aquellos rincones donde más solía darse el juego de una forma espontánea. El silencio ocupó enseguida el espacio cedido por los sordos rebotes del esférico, por los gritos y los sonidos de la contienda. Fue el silencio amplio y denso de la ausencia de balonazos contra la pared o los portones, fue el silencio de la ausencia de los gritos de portero colocando a la defensa, de la voz del delantero que pide el balón largo. Silencio de fútbol, el más compacto y temido.

Un desaliento irrefrenable,  tenaz, mudo como la humedad que escala el muro, se fue apoderando de todos a medida que pasaban los días. Días de horror, cuando muy reconocible, aunque sin nombrarla, la desesperanza anegó cualquier forma de optimismo por recobrar lo perdido. Espacio vacío, polvo quieto en el suelo.

Se suspendieron las labores de búsqueda.

Fue varios domingos después cuando llegó la absoluta desesperación, la constatación definitiva del vacío, la confirmación de que el balón era un objeto más que necesario, en realidad, el único imprescindible para que pudiera darse la existencia. Desde entonces, comenzaron a alargarse tanto las tardes dominicales, de forma tan inevitable, que la desesperación generada ante tal dilatación llevó finalmente a derogarlos.

Por decreto, quedó instaurada la semana de seis días.

La medida fue desesperada y, aunque transitoria, no pudo contener los primeros y aislados disturbios, las sonadas desorganizadas que pudieron sofocarse, aunque para entonces ya habían brotado los primeros y temibles signos de forma generalizada: desidia, hastío, abandono, aburrimiento. Lo más temido: pérdida de identidad. La aterradora e innombrable posibilidad de una ausencia crónica e irreversible del esférico era ya una plaga. A la vista de aquellas evidencias, nada había ya que perder, había que ganar la calle.

Las primeras células se sublevaron y días después otras las siguieron. Antes de poder atajarlas, mucho antes de poder siquiera restablecer un mínimo orden público para pensar en una solución, estalló la Revuelta General.

Le siguió el horror. Calles ocupadas y violencia por único argumento; desorden, profanación, saqueos impúdicos; el vandalismo y la rapiña campando a sus anchas por todo el territorio como práctica común; lucha callejera organizada y eficaz que provocó en poco tiempo el caos, el abandono de todo orden y prescripción; el inevitable desabastecimiento de lo más básico, la ley del más fuerte instaurada como único orden social.

El pueblo reclamando fútbol con una sola voz, de una forma tan tajante y categórica, tan firme, que fueron inútiles todos los intentos de sofocación, y ese aglutinante inmaterial tan difícil de determinar, que hasta el momento había mantenido la civilización cohesionada, comenzó a disolverse.

Uno a uno, los pilares principales cedieron al fin. Entonces, fue el caos.

Cuando las armas callaron fue ya tarde. El verde y fresco césped se había marchitado abandonado a su suerte; convertido en pasto fácil para retamas y cardos. Yacía ahora como un cadáver vegetal desfigurado: un manto parduzco de rastrojo y malas hierbas que podría haberse confundido con el eriazo más agostado. El tiempo, obstinado, y el abandono de los hombres, favorecieron el lento y temible abrazo vegetal que terminó engullendo las gradas, los aledaños, los estadios enteros; la tenaz herrumbre, silenciosa, corroyó el sustento de las marquesinas, desfiguró largueros y postes, arruinó los mástiles que en otro tiempo habían soportado las banderas, borró los símbolos cobrándose su parte en forma de manchas ocres de metálica podredumbre.

Templos antes, sarcófagos ahora; estadios reducidos a ruina, a esqueletos de sí mismos, a una débil huella irreconocible en la tierra que los ocultaba de forma irreparable bajo su cobertor mineral. Lejanos recuerdos que se irían desfigurando hasta desaparecer, antes soporte de la gloria, páramos ahora. Llanos vacíos donde el mal encontraría fácilmente su nido, donde el viento, silbando en los largueros, deshilachaba y esparcía en jirones, con su aullido de muerte, las redes.

Jirones de red a la deriva; porterías, antes altares, ahora convertidas en burdas herramientas, en armas para la canalla, en obscenos y amenazantes útiles al servicio de la sedición.

La disolución de los clubs, de la competición, de cualquier atisbo de oficialidad, fue inevitable. Botas de tacos, camisetas, guantes de portero, banderines de córner… Cualquier objeto podía encontrarse a la venta en los mercados, convertidos por el tiempo y el olvido en rarezas, en piezas de colección para subastas.

El balón, ausente, olvidado, reducido tan sólo a simbólicas e idolatradas ilustraciones, a meras imágenes autorizadas en los altares, una vez retirados del diccionario los términos propios del balompié que, con su reconocimiento académico, no conseguían más que acrecentar el dolor en la lenta y dilatada agonía.

Pronunciar ciertas palabras no servía más que para levantar el llanto de los desconsolados o avivar la nostalgia, resucitar viejos símbolos y aventar así el aroma, ahora acre, de la buena lid, del esfuerzo entre iguales hasta la justa victoria, del embaucador sonido de la grada, del atronar del templo tras la consecución del gol.

La desesperación llevó a descabellados intentos, a propósitos enloquecidos de restauración que, tras breve singladura, fracasaban sin remedio. Imposible la ocupación de aquel vacío. Aparecieron los nuevos mesías, en cada esquina un salvador, embaucadores, charlatanes que avivaron aún más la confusión y sembraron falsas esperanzas en el corazón de los ya desesperados; falsos elegidos que creían predicar en nombre de una redención que no habría de llegar nunca. Tiempos oscuros de caminos inciertos. Comenzó la destrucción.

Los hombres, otrora dueños de todo, ahora ciegos, desesperados, sin guía, sin fútbol, no pudieron resistir.

Apocalipsis. El fin.

 

II

Sin un lugar muy cierto al que dirigirse, comenzó la Gran Migración.

En el norte, en las nuevas tierras, es donde todos creyeron hallar las respuestas. La promesa: una nueva vida, el amanecer. Atrás: la ciudades, ya sin nombre, desoladas, pueblos acabados, comarcas enteras yermas, saqueadas; el espanto de un esqueleto calcinado y humeante como icono de la rendición y el abandono.

Interminables filas de familias, en silencio, se perdieron en el horizonte caminando de sol a sol hacia el incierto destino. Abrasadores llanos, senderos inseguros en desconocidos y húmedos bosques, avance lento, penoso, por los fríos páramos; pérdidas en el camino, amenazantes e inseguros pasos a través de angostos desfiladeros, anchurosos cauces, el hambre, la fatiga, la escasez y la privación, el temor bajo la fría y azulada noche; la duda, la callada desesperanza apoderándose del éxodo. Las estrellas como única brújula.

Atrás el horror, el silencio vibrante, atronador, el viento esparciendo el olvido. Por delante lo desconocido, el hombre a merced de su suerte.

Aquel día pudieron verlo a lo lejos, al amanecer, cuando ya no quedaba a penas esperanza. Sin provisiones, fue la última razón para caminar.

Los encontraron. Valles verdes, profundos, húmedos y fértiles, de nutridos cazaderos, de riachuelos vivos y cristalinos, de frutales abundantes, de prados solariegos y pájaros que alegraban la mañana.

El nuevo hogar. El hombre renaciendo.

Alguien lo señaló en la distancia y todos dejaron lo que estaban haciendo para mirarlo; quedaron un momento en silencio. En un descuido, aquel niño se había alejado y ahora estaba solo en medio de la gran pradera verde. Una pequeña piedra había llamado su atención y estaba de pie, observándola en silencio. Todos contemplaban la escena con expectación esperando algo que llevaban un tiempo buscando. Pero no sabían qué.

Al fin, aquel niño dio una patada a la piedra. Rodó un buen trecho. La vida comenzaba de nuevo.

Febrero 2017

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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