Hostias y coños

Mi tío Aurelio soltaba hostias y coños por la boca que daba gusto oírlo. Los metía en su lugar preciso, acompañados de la inflexión de voz y tono adecuados, nunca chirriaban. Ni el Creador se libraba de alguna suciedad si las circunstancias así lo requerían, que solía ser casi siempre un mal pase, un extremo cómodo que no corría la banda o un portero a por uvas. A mí, que aún veía la vida desfigurada por el cristal de la catequesis, me fascinaba ese uso impune de la blasfemia.

Llevaba gafas de pasta y usaba traje con corbata y sombrero. Siempre. Jugaba ajedrez y leía exclusivamente el Interviú y los diarios locales. Funcionario — “de carrera”, añadía siempre— y agradador notable, no conducía y viajaba siempre en tren o caminaba muy deprisa con sus largas piernas. Frecuentaba el Húmedo y huía de mi tía en cuanto podía.

Me invitaba a butano y patatas Matutano con sus amigos. Escuchaba en silencio sus conversaciones de fútbol y sus tacos. Apuraban los chatos de vino y exigían con un violento golpe de vaso en la barra la siguiente ronda en contraposición al uso pueril que tenían de los diminutivos. Uno de ellos llevaba un gran sello rojo y brillante en el meñique. Sólo cuando me preguntaban, respondía. Se mofaban de mi áspero acento rural manchego y de mi equipo, un equipo de primera división.

Le veía en vacaciones, cuando viajaba a ver a mis abuelos al norte y, como sólo tenía hijas y yo era su único sobrino, desesperado, debió ver en mí la única posibilidad real que tuvo de sentirse realizado: aficionar a un varón a su gran pasión, el fútbol. No se conformaba con ser uno de los socios más antiguos vivos, además donaba de forma sistemática — o sea, mensual— parte de sus ingresos para el mantenimiento de la entidad con la consiguiente desesperación de mi tía Julia, que le amenazaba — también mensualmente— con abandonos de hogar, rapto de niñas y apropiación unilateral del patrimonio familiar. Mi tío sólo comentaba: “¡hostias con tu tía, cómo se pone, vámonos, coño!”. Agarraba su sombrero, me tomaba la mano, recorríamos el largo pasillo de su casa de funcionario — de carrera— y bajábamos a ritmo de fuga las cuatro plantas por las que se desperdiciaban en cascada los improperios de mi tía.

A grandes zancadas, llegábamos al Antonio Amilivia.

Recuerdo el primer día: una tapia blanca con una pequeña oquedad por la que se vendían las entradas. Pensé que era un cine de verano, pero no, era un estadio de fútbol. Un estadio de fútbol muy distinto al que yo frecuentaba. “Apréndete bien ese nombre, hostias, fue el que nos llevó a primera”, me dijo bajo las letras que coronaban la puerta de la entrada principal.

El partido comenzó y todo tenía pinta de entrenamiento. Podían oírse nítidas las voces del público que animaba a sus jugadores por su nombre de pila, y podían oírse nítidas las voces que entre ellos se daban. Chicos de mi edad vendían cervezas, refrescos y pipas entre humo de puros disolviéndose en la atmósfera. Pequeños raterillos. En aquella dura y gélida grada popular de hormigón, un buzo y una trenca me defendían del cuchillo del frío del páramo.

Mi tío se ponía de pie con frecuencia y les amenazaba a voces, manos en alto, con no comer esa semana, con llevarles a correr por las tardes, con no darles para el cine o con ponerles a limpiar alguna cuneta. Mandaba recuerdos, no muy amables, a sus respectivos familiares de primer grado también.

En realidad, podía cumplir todas aquellas advertencias.

Apadrinaba jugadores, los que le gustaban, los que él creía que tenían alguna posibilidad o los que no tenían recursos. Se encargaba de que el club los fichara y entonces él les proporcionaba pensión, trabajo y tres comidas al día en el bar de debajo de su casa. Más de uno probó incluso el cocido maragato de mi tía mientras la pobre se desesperaba ante el descaro con que su marido exaltaba las virtudes de mis primas, siempre calladitas y educadas en la mesa. Y es que mi tío no contemplaba una posibilidad distinta a que su futuro yerno fuera el delantero centro de la Cultural. De hecho, había arruinado ya varios proyectos de noviazgo con modélicos estudiantes de veterinaria, de minas o incluso con un empleado con trabajo fijo en la Venatoria que le componía poemas a la mayor.

Llegó para jugar en el Júpiter porque no tenía la edad para el primer equipo. Alto, fuerte, rápido, de disparo duro y preciso; bien por arriba, bien con las dos piernas, con visión de juego y sacrificado. Lo remataba todo, cómo las metía.

Mi tío le puso la mejor habitación de la pensión y prescribió para él desayuno doble en el Tres Carabelas. Le colocó en el supermercado de un amigo para el reparto a domicilio. Llamaba tanto la atención su uno noventa repartiendo en su bicicleta por Ordoño II que en todo León era conocido por el negro, el negro del Júpiter.

Sí, Vicente era negro.

Era de Guinea, hijo de una familia notable y acaudalada de comerciantes que había hecho fortuna con los españoles cuando la colonia. Cuando tuvo edad, le mandaron a estudiar a Salamanca, pero Vicente prefirió la porterías a las aulas. Alguien lo vio jugar y le habló a mi tío.

Nunca subió a casa de mis tíos, a mi tía Julia le daba miedo.

Tía Julia estaba de viaje, a ver a una hermana que tenía ingresada en Ponferrada. Mi tío se sintió mal aquel día a media mañana y dejó la oficina, tomó el autobús y llegó a casa. Tuvo fuerzas aún para asomarse al Tres Carabelas y asegurarse del buen desayuno de Vicente. Subió las cuatro plantas con esfuerzo y alcanzó al fin su sofá donde se reclinó para reponerse.

No del todo, porque ese extraño ruido al fondo del pasillo…

Vicente marcaba, marcaba buenos goles y tenía visión de juego, “sabe dónde colocarse para joder a la defensa, coño”, decía mi tío. Pero no llegó al primer equipo nunca, no pasó del Júpiter. La posición que ocupaba en la cama de mi prima Julitina cuando mi tío les sorprendió aquel día que se sintió mal en el trabajo, truncó su carrera.

Eso, sólo eso, una mala posición. El fútbol tiene estas cosas.

Crecí y dejé de verle. Mi tío no murió ese día sino hace unos pocos años. Me acerqué al tanatorio y allí conocí al marido de mi prima Julitina, un ex jugador del Córdoba que había pasado un año por la Cultural y que no pasó de segunda. Trabajaba en Correos.

Mi tía Julia se emocionó cuando me vio y le entregué una bufanda de la Cultural para que se la pusiera al tío Aurelio de mortaja. No le pareció mal.

Cuando escuché hace unos meses que La Cultural volvía a segunda, me alegré. Muchísimo. Solté unos coños y unas hostias en honor a mi tío Aurelio y pensé en Vicente, ya ves. ¿Qué será de él?

Vicente, el negro del Júpiter. Cómo las metía.

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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