“SE HACEN PAELLAS POR ENCARGO” (pone en un cartel).

Albacete es una tierra dura en verano, el aire arde y reseca los labios mientras relame la llanura implacable. El campo es una plancha. El ruido que producen los juegos de algunos niños en la piscina refresca, al menos de una forma sonora, y atenúa el rigor de la siesta.

Recoge las mesas que han quedado vacías después de dar las comidas; se afana con la bayeta mientras, desde la barra, ella le insta a que le acerque más platos sucios para sacudirlos y meterlos en el lavavajillas.

Andrés se ha quedado un verano más con el bar de la piscina municipal.

Las cosas no van tan mal y se le saca un dinero aunque tengan que trabajárselo duro durante dos meses con este calor. Pero quieren comprar un piso, de los que han hecho nuevos en la plaza y, quizás más adelante, quién sabe, casarse. Hijos también, por supuesto; y alquilar un local en el pueblo, en buen sitio. Un bar allí podría funcionar. Hasta entonces, la piscina en verano, luego la vendimia y en invierno de camarero por horas en el pub de la plaza y la discoteca.

Andrés es trabajador “y buena persona”, añade su madre siempre, “y no le va a faltar trabajo nunca para seguir ahorrando”, remata.

—Andresito, unos cafés con hielo, venga, y unos heladitos antes de liarnos con las copas —dice el más gordo de la mesa. Está en bañador, chanclas y camisa de manga corta abierta; de su pecho cuelga una medalla de oro casi oculta por el manojo de pelos, la mayoría canos. Más abajo, brilla una barriga perfecta, esférica. Tiene una empresa de rótulos industriales en Móstoles y se casó con una del pueblo. Viene los veranos, se llama Jose.

Y Andrés se acerca a la barra, deja la bayeta y prepara una bandeja. Su novia ya atiende el pedido en la cafetera.

—Y las cartas, ¿no? —pregunta Andrés volviendo la cabeza, no del todo, hacia ellos.

—Ni se pregunta, y un gin-tonic para mí, y a estos señores lo que quieran —dice Jose.

Desordenados, hacen el pedido; Andrés lo va sirviendo a la que va retirando el servicio de la comida. Le dejan sitio y les extiende el paño.  Parece un pequeño campo de fútbol. Les lleva una baraja manoseada.

Ahora tienen un rato tranquilo hasta después de la siesta que llegan los de los cursillos de natación. Aprovechan para descansar un rato y tomar un refresco dentro de la barra.

La Isa es de una familia que nunca ha dado que hablar, tímida y muy buena chica; formal y hacendosa; sólo ha tenido un novio: Andrés.

Andrés es bajo, delgado y de ojos inofensivos. A veces sale a correr. Es novio de la Isa desde los dieciséis.

La tarde abrasa y, a la sombra de la chapa, hablan del dinero, de cómo va el verano, del precio de las cosas. La Isa quiere un mural de madera en el salón; cuando puedan comprarse el piso, eso sí. Andrés una televisión grande, plana; le gusta el fútbol aunque no se le da bien jugarlo.

*      *     *

El aire caliente de enero parece ablandar las veredas. Ahora, por la tarde, el barrio queda sumergido en un sopor denso que vibra de sonidos cotidianos: motos destartaladas, hechas de restos de otras, que pasan ora perezosas ora esforzadas; música popular, cumbias y tangos que se escapan por las ventanas como jirones de pentagrama; el familiar golpe de las herramientas en el suelo del taller de los Bastarreche; las voces de los pibes de la gallega que no dejan de pelotear en el potrero de abajo. Gente corriente que va a sus quehaceres, a lo de todos los días, al laburo, a la cancha, a mercar, a nada.

A esa hora abre Leo la ferretería. Eleva el cierre metálico y pone en marcha el ventilador del techo, que algo alivia, y en la trastienda, donde está el almacén y se está fresco, se fuma un pucho ojeando El Gráfico antes de ponerse la bata azul y preparar los pedidos de la tarde. Leo no suele atender el mostrador, sólo en contadas ocasiones y si el señor Bertoni se ausenta o se junta mucho cliente. Leo prepara los pedidos en el almacén y los reparte en su bicicleta. A los talleres, a las fábricas cercanas, a los particulares de los barrios ricos. Se saca buenas propinas, es rápido con la bici. Las guarda dentro de un bote que deja en lo alto de la estantería de las tuercas de rosca francesa. Ahorra para ir un día a la capital y ver al Boca con sus primos.

Los domingos se juntan en el potrero de abajo y la tocan. A Leo le ponen de arquero aunque no tiene altura ni reflejos. Le gastan bromas con eso mientras toman unas Quilmes después del rondo.

“Ferretería Bertoni”, pone en letras grandes y blancas pegadas en el vidrio superior. De toda la vida, la del barrio. Leo comenzó a laburar allí  cuando su padre, amigo del señor Bertoni, el Tono Bertoni, le pidió que lo empleara para los recados. “Para que se vaya soltando y sepa lo que vale ganarse un peso y deje de callejear con los muchachos”

La calle en Rosario no es lo que era, y ahora hay mil peligros para un chico inocente. El Tono lo sabe bien porque se crio sentado en el cordón, como quien dice. Su padre era hojalatero por las calles y de él aprendió la chapa, el metal, los trapicheos.

Por eso le exige a Leo, por su bien.

— ¡Mirá Leo, boludo, volviste a cagarla! Llamó la Manquini. ¡Le llevaste mal la pieza del calefón! —le grita el Tono.

—Por ahí que llevé la que me pidió, maestro —se excusa el joven Leo parado en la puerta.

—Veinte años lleva la vieja con ese calefón, y veinte años le llevé la valvulita de media, y vos le acercás la de pulgada, querido. ¿Dónde andás pelotudo?

—Maestro, era la de pulgada, creo…

—Andate, andate y llevásela ya, dejá la revistita boludo y rajá —le vocea.

Leo enfila la calle veloz en su bicicleta, la bata azul abierta como una capa. Le da calor pero el Tono se la exige; a él, en el fondo, le gusta; lo considera igual que un uniforme.

Vuelve pedaleando con la propina de la señora Manquini en el vaquero; le ha perdonado el error y le ha pagado el porte de nuevo. La vieja le ha dado un refresco bien frío.

Cuando pasa por la puerta del taller de los Bastarreche, los pibes le gritan algo, alguna chufla.

— ¡Vamos Leo! Salís campeón del Tour este año. ¡Dale boludo!

Les mira inexpresivo. Piensa en el bote de las propinas. En dos meses, quizás, ya haya juntado la plata.

Bertoni se fuma el pucho en la puerta con el vecino de la imprenta, y sonríe al verle aparecer por el final de la calle.

—Al final le sacamos bueno a Lionel —dice el Tono sonriendo sin dejar de mirarle—. Buen chico. Y mejor que sea ferretero porque lo que es en la cancha ni la huele el pibe, ¿viste?

*      *     *

Cómo se pone la M-40 a esas horas. Es imposible. Los polígonos están a tope de camiones. Pedidos, repartos, entregas, reparaciones, carga, descarga. Industria ligera, servicios en el extrarradio de todo tipo, todo lo necesario para que la cuidad funcione. Sucios y ásperos polígonos con piel de lagarto; húmedos y fríos en invierno, abrasadores en verano. A prueba de la voluntad más férrea, corroen hasta el aire que les toca.

Es una nave más, un poco más colorida que las otras, si acaso. “Rótulos Oeste”, dice en la puerta en letras grandes —fuente gótica— y rojas sobre un fondo azul marino. Y especifica más abajo: “Rotulación de vehículos industriales, fachadas, automóviles, camiones”. En otra fuente, en otro color: “Tuning”.

Huele fuerte a productos químicos, a disolventes, a pintura. Por eso la puerta de las oficinas está siempre cerrada. La Jessica habla por teléfono mientras enrosca su pelo negro con un bolígrafo.

En el taller, los Cuarenta suenan con un eco que distorsiona la música. Íker está seleccionando de las estanterías de las plantillas lo que podría ser una sardina y un anzuelo. Mentalmente repite: pes-ca-de-rías la mos-to-le-ña. Hay una furgoneta Ford nueva, totalmente blanca, en el lugar preciso. Íker presenta la composición en el lateral de la puerta.

Se abre la puerta de la oficina.

—¡Íker! Son los de Procasa, que si está el camión —grita la Jessica.

—Sí, se ha terminado esta mañana —responde sin volver la cabeza Íker y continúa cuadrando la sardina con el anzuelo.

Íker estudió en el instituto de al lado de su casa algo de artes gráficas. Le gusta salir por el barrio con los colegas de siempre. Se juntan los domingos para ver las motos en el Mesón El Águila. El Juanma se porta con los aperitivos. También para los partidos importantes, con el Barça o de la Champions. Otras veces hablan del futuro. Íker les llevó una vez a su pueblo, el de sus padres, donde ha pasado los veranos y muchas vacaciones. Le gustan las fiestas de allí, el ambiente, ver a sus abuelos, ir al río.

Llega Jose, el dueño, y aparca dentro de la nave con pericia. Se baja de la furgoneta y se sube los pantalones mientras la camisa toma la forma de su barriga esférica, perfecta. No le han ido mal las cosas; puso lo de los rótulos y funcionó; se casó bien y ahora va cada verano al pueblo de la mujer, en Albacete, donde juega al mus con los de allí en la piscina municipal.

Se acerca y se interesa por el trabajo en el portón trasero de la Ford. Hace un par de comentarios y da un consejo sobre la curvatura de las palabras que Íker está replanteando.

— ¡Este finde tenemos partido Íker! No te irás al pueblo… —le observa Jose.

  • Qué va. Por eso me quedo, Jose —responde sin quitar ojo a las letras.
  • Metes pocas, pero haces bulto —y se echa a reír con aliento a pacharán—. El año que viene te probamos de portero.

— ¡Qué cabrón! —acepta la broma Íker.

Íker es el delantero del equipo con el que juega la liga de fútbol sala de las empresas. Este domingo juegan contra Pallets Aguilar. Son buenos. Íker lo intenta, corre. Se lo pasa bien con las cervezas de luego. Tampoco es que le apasione mucho, y encima le tocará una bronca con la novia después.

A la Susana le gusta menos ir al pueblo y se suele quejar del frío y de la vida de bar que hacen allí. Íker lo capea como puede. Ella prefiere las tardes de sábado en el centro comercial. Ven tiendas, se meten al cine y luego comen una hamburguesa con ticket de descuento. Ella le cuenta de la panadería donde trabaja. Íker habla poco. Luego charlan de cómo será la boda, la casa y los muebles. Íker sonríe y no aporta mucho. La Susana se queja de que los domingos siempre está liado con el puñetero fútbol. Íker no dice nada, se disculpa con la mirada. Luego ella parece contentarse un poco, camino ya del barrio, cuando paran un rato en esa calle vacía y sin luz del polígono.

*      *     *

Que la calle esté mal iluminada no es noticia en Buenos Aires; que se desparrame por la puerta de un boliche infecto una luz rojiza envuelta en una cumbia de la Mona Jiménez, tampoco.

Dentro no queda nadie, y nadie son: el Tano, dueño que recoge los restos de las juergas trapo en mano, y un par de camareros con aire de sonados, desertores del campo, que creen que aquí mana la plata como allí el pasto.

Y un cliente, sólo uno.

El Diego, el de la Tota, el de Fiorito. El que hizo plata con la construcción de departamentos y ahora suelta risotadas embozadas por el güisqui desparramado en un sofá del fondo mientras abraza con ambos brazos a dos rápidas con pelucas.

Tano no lo echa hasta que no cierra del todo, conoce bien al Diego y prefiere no calentarlo.

Brillan esas botas de cuero con tacón exagerado cuando levanta las piernas para llamar la atención del camarero más joven. Las chicas ríen sin motivo sus ocurrencias.

— ¡Poneme otra flaco, andá! Y vos, vos sos un trolo, por qué no te ponés, dale, yo invito.

El chico lo mira tímido y se aparta discreto para que llegue el Tano.

  • Andate Diego, no te calentés con el pibe, apenas sabe, déjalo laburar, andate, te pongo la última y rajá a casa.
  • Rajá la concha de tu madre, Tano. ¡Mi plata vale más que ninguna en este boliche de mierda que tenés!

Diego saca con dificultad de su bolsillo un puñado de billetes arrugados y los esparce sobre la mesa, que se ve muy pegajosa. Las chicas se han apartado un poco y ya no sonríen.

  • Diego, mirá, no quiero líos aquí, y menos con la cana… Andate a casa y lo pongo en tu cuenta.
  • Poné ya la copa, Tano, la concha de tu madre… y a las señoritas lo que quieran —sonríe Diego somnoliento y lejano.

A los quince dejó Fiorito y comenzó a hacerle los recados a un pez gordo de Alsina, un medio mafioso al que le cayó en gracia. Le enseñó el oficio y fue subiendo. Tuvo suerte, la mayoría de los pibes terminaban en malos pasos. No salían de la miseria, se entiende. Pero el Diego es listo —a la fuerza ahorcan— y vio la jugada antes de que le llegara el balón. Mano izquierda, mano dura, juegos de manos, manos negras, manos arriba y sobornos, callejones, espaguetis y políticos. Líos. Gambeteando a la cana, se plantó solo cuando al de Alsina se lo llevó el diablo, dicen. Y supo aprovechar.

Vuelve el Tano con la copa y Diego está insultando a las chicas; les tira billetes de veinte dólares al suelo mientras se le escapa saliva por la boca. Las minas recogen la plata y se largan.

— ¡Trolo! —le grita la más joven.

— ¡Andá la concha de tu madre! —responde Diego.

Diego construyó un bloque de departamentos en el centro y se llenó de guita. Lavaba dinero a un uruguayo que acabó a la sombra. Luego se arruinó. De aquella le quedaban el Rolex, el Mercedes y problemas con la justicia. Y una casa desordenada y astrosa con un póster de Argentinos Juniors.

El Tano lo escuchaba, una vez más.

—Tano… Te juro que hay días que volvía al potrero con los pibes… a la tierra… a las goteras, a esperar al viejo a la parada del colectivo, ¿viste? Estoy cansado de todo…

Diego lloraba, Diego el de la Tota, el de Fiorito, y el Tano lo consolaba con paciencia de camarero.

 

—Te juro Tanito que lo intenté, por el viejo, por la Tota… Para que me vieran en primera… Era zurdo y lo intenté, lo intenté con el alma pero no se dio. La calle, la plata, vos sabés, y que se comía sólo cuando había, Tano… Y la pierna izquierda, viejo, que la tengo de madera.

Entraron tres pibes asustados con acento rosarino preguntando por una pensión. El más bajo, Leo, se quedó mirando al único cliente, al borracho sentado al fondo que roncaba. El Tano les indicó y les vio perderse calle abajo. Entonces, bajó un poco más el cierre metálico.

 

Oscar R. Valladares

Abril 2017

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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