Cada quince días en el Ten Beach, o en el otro, donde los minis de cerveza en vaso de plástico a cien libras.

Gabi estudiaba en la Autónoma, Rodolfo era de Alcorcón, el Bura, hijo de militar, creo, y a Raúl le faltaba el índice izquierdo.

Era cuando la quinta del buitre con Beenhakker y nos hinchábamos a goles, cervezas y pipas; cuando la liga era coser y marcar;  cuando Hugo, Rafael, Miguel Ángel. Juan se había marchado ya y Emilio daba esa palmada de niño bien del Barrio de Salamanca cuando marcaba, como si le diera vergüenza.

Domingo, tarde de resaca. Cada cual llegaba por su cuenta, con los vaqueros del fútbol, con la cazadora del fútbol y las Panamá Jack del fútbol. Todo sucio y gastado por la grada. Pedíamos de beber y nos ofrecíamos Fortuna. Nada de chicas, ni hermanos pequeños o padres; a lo sumo un primo que caía por Madrid ocasionalmente desde provincias, y que miraba pasar las bombers y las cabezas rapadas de los Ultra Sur con temor.

Al fútbol, como a los toros, no faltaban tampoco las chicas quincenales con pelo rubio cardado  y Snoopys en la sudadera. A garbear por la calle luciendo el palmito, a mirar en los bares, a que las vieran desde los bares, a lucirse. La cerveza, a veces, nos envalentonaba y nos sacaba algún piropo. Van alegres y risueñas porque hoy juega su Madrid.

Si ganamos la liga, nos vamos a correr una buena juerga todos juntos, dijimos una tarde.

Recuerdo de entonces muchos bares de copas y muchas noches con mil pavos en el bolsillo, y mucha Universidad, y demasiados mitos sobre el futuro,  y conciertos en Las Ventas a los que había que asistir porque no se repetirían jamás y, mientras La Movida agonizaba, nosotros surfeábamos por la Castellana en el Golf de un amigo, porque la ciudad durante la noche era sólo nuestra.

Bocadillo de jamón en Colón. Yo me voy ya, amanece y mañana tengo fútbol. ¿Con quién vas? Con los amigos del fútbol.

Coincidimos en la grada, en la tribuna de abonados. Y también coincidimos en los análisis y las apreciaciones tácticas durante algunas temporadas cada quince días de septiembre a junio. Un día alguien lo propuso: ¿qué tal si nos tomamos algo antes, el próximo el día, el del Valencia? Por mí bien. Por mí también. Estaré por el Ten Beach o en el otro.

Al domingo siguiente nos encontramos todos en el otro. Rodolfo llegó el último, venía de Alcorcón.

Pardeza crea un huevo más de peligro que Llorente. Ya lo creo. El argentino acompaña, sí pero… Estos vienen a dar leña, a cerrarse,  y se van a llevar seis lo menos cuando abramos el melón. Hoy está muy retrasado Chendo. Sí, un huevo, Leo siempre les tiene respeto a estos equipos bien armados, duros. Estos se creen que están en su pueblo. Contra estos sí pero luego en Copa de Europa empiezan los miedos, verás.

Escupíamos pipas entre tragos de lata de Mahou.

Minuto diez, primer gol, algún cántico y bromas. Descanso, al baño y a por el bocata, más cerveza. Qué ganas tengo de que llegue el Atleti. Sí, ese día nos curramos una pancarta. Vale. El bajón sobre el minuto setenta, ya no entraban más pipas ni más cerveza. Ni más goles. Hoy no ha venido el Bura. No.

Final. Aplauso mecánico y la rampa espiral que nos devolvía a la vida real. Me voy, he quedado con los colegas en los bajos de Moncloa, tengo algo de prisa. Y yo, me abro para mi barrio. Nos vemos con el Osasuna. Yo ese me lo pierdo, tengo exámenes. Te acompaño dos estaciones de metro. ¡Ah!  Vale.

Aquí hago trasbordo, adiós tío. Adiós.

Sin preguntas, sólo fútbol.

Llegó el día del Atleti y no hicimos la pancarta. Los insultos nos unieron un poco más; también los cuatro chicharros que nos cayeron. Ese día nos tomamos algo después del partido. Sin decirlo, a todos nos urgía una especie de consolación. Mira, están poniendo el resumen en la tele. ¡Joder! Hoy hasta a Salinas, que es de madera, le ha salido todo. Nos desquitamos con el Barcelona, ya veréis. A veces tenemos el día tonto. Voy a pedir otra ronda. Vale, tío.

Algún suspenso, esa chica que ni nos miraba, las broncas en casa. Alguna frustración sí que aliviábamos sobre los Soriano Aladrén, Urízar Azpitarte, Pes Pérez…Inolvidables nombres.

Hubo alguna tarde, ya en primavera, que me iba del partido; que me quedaba mirando las palomas en la parte alta de la techumbre; o la forma en que el sol incidía en el césped; o aquella valla del córner. Y reparaba en lo distinto que había sido para mí todo aquello años antes.

Sí, ganamos al Barcelona, y lo ganamos todo esa temporada: la Liga, el Pichichi y el Zamora. No lo celebramos fuera del campo.

No me saqué el abono de la siguiente temporada, empecé a jugar al rugby y a salir con Nuria. Colgué mi bufanda de lana blanca con dos franjas moradas sobre el póster de mi habitación.

Hace poco pasé por casualidad por Juan de la Salle, miré y ya no está el Ten Beach. Hay una tienda de regalos o algo así.

Gabi trabaja en Rumanía, es químico, lo encontré por Facebook hace poco. Raúl empezó a salir con una tía, una catalana, y se fue a vivir a Barcelona poco después. Me lo dijo el Bura años más tarde, cuando un día coincidimos en la cola de una ventanilla en Argüelles donde echaba unos papeles para algo del ejército, creo.

Raúl, de chico, se quedó dormido en el coche durante un viaje en el asiento de delante. Su mano izquierda cayó entre los dos asientos, en la inserción de la palanca del freno de mano. Cuando llegaron, su padre le cortó el dedo al accionarlo.

Se lo contó una vez a Rodolfo, que vivía en Alcorcón.

 

Óscar R. Valladares

Marzo 2017

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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