El pasado lunes se cumplieron 32 años del célebre partido entre España y Malta. Año tras año, cuando llega esta fecha, se recuerda esa machada épica por parte de la Selección Española. No es para menos.

Y es que, al margen de las finales de Eurocopa o la del Mundial de Sudáfrica, no exagero si afirmo que ese partido es el más famoso y el que está en la retina de todos los españoles, incluso de los que, por cuestiones de edad (poco menos de dos años en mi caso) no lo vivimos en directo. Nuestros padres se han encargado de contarnos qué pasó aquella noche en el Benito Villamarín.

Así que no hace falta decir que España necesitaba una victoria muy abultada para lograr la clasificación para la Eurocopa de Francia de 1984. Todo el mundo sabe que la misión era prácticamente imposible, agravándose la situación al descanso, ya que el marcador reflejaba un desesperanzador 3-1. Se necesitaban nueve goles para alcanzar la diferencia necesaria para superar a los Países Bajos. Y se hizo.

Rafael Gordillo

Rafael Gordillo en una de sus múltiples internadas por la banda izquierda

Tenemos dos opciones para intentar comprender lo que ocurrió en la segunda mitad. La primera es pensar que se dieron las circunstancias para el milagro: un rival muy inferior, con jugadores aficionados cuyo nivel físico era paupérrimo, que notaron en exceso el empuje de los españoles, que eran, a parte de futbolistas muy buenos, aguerridos, físicamente unos portentos y que tenían un plus de motivación infinito al de los malteses.

Y por otro lado, podemos pensar lo que piensan en los Países Bajos, pero me niego a contemplarlo. ¿O es que ahora nos van a decir que el gallo en la voz de José Ángel de la Casa al cantar el gol de Señor fue en balde? Hasta ahí podríamos llegar. Como decía Anthony Blake, todo lo que has visto ha sido producto de tu imaginación no le des más vueltas, no tiene sentido.

Os dejo con este antológico video de los goles de aquella noche mágica. Y que no os engañen con conspiraciones y confabulaciones histéricas.

Sobre El Autor

Apasionado del fútbol y Bético por encima de todas las cosas. Continuamente pendiente de la actualidad del club verdiblanco, disfruto y sufro con las alegrías y sinsabores del Betis. Ser Bético es real como la vida misma, ya que uno aprende a levantarse tras continuas caídas. Y ahí está la verdadera fuerza del Betis: en sobrevivir a los contratiempos.

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