En primer lugar he de dejar claro que me encanta el fútbol. Desde que era pequeña, mi padre me llevaba al antiguo Multiusos de San Lázaro, bocadillo en mano, a ver las andanzas de la S.D.Compostela. Unas veces con suerte y otras (la mayoría) volviendo a casa con un disgusto.

El caso es que pese a que me apasiona este deporte, cada vez observo con más preocupación los derroteros por los que se desarrolla.

Ya sé que están los que sostienen que el dinero invertido es recuperado con creces y que al fin y al cabo son sociedades privadas, por lo que pueden realizar los dispendios que les vengan en gana (cuestión ésta hasta cierto punto debatible si nos fijamos por ejemplo en los aplazamientos de las deudas con Hacienda).

Sin embargo, las cifras que se están alcanzando (véase Bale o Neymar) hacen que me plantee semana tras semana, si queda algo del fútbol que de niña descubrí y si lo que a día de hoy tenemos es más un negocio que lo que debe ser, un sentimiento.

Escrito por Ángeles Figueiras Sánchez 

– Santiago de Compostela –

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