Un sol mentiroso no puede con la escarcha de las aceras, ni siquiera reverberando en las fachadas de piedra caliza. Algunos, con esos andares confiados y distraídos que tienen los perros de ciudad, estrenan, después de olisquearlo, algún árbol. Dos o tres, de abrigo, gorro y bufanda compran en el kiosco de prensa de la plaza. Se frotan las manos y echan vaho por la boca. Ojean el suplemento y, al alejarse, buscan la estrecha franja de sol.

El bar, bajo los soportales, es estrecho y largo; caben sólo un par de mesas con sus sillas. Tiene, dentro de la barra, un pequeño hueco donde puede verse una cocina pequeña donde una mujer, de espaldas, pone dos tostadas. ¿Las queréis con mantequilla o aceite? Se asoma a preguntar al grupo que ocupa una de las mesas. Son dos madres con dos niños y una niña. Ésta juega con un churro en la mano, toquetea a sus hermanos y está poniéndolos perdidos. Encima de la cafetera hay una fuente de churros y otra de porras recién hechos. ¿Quiere churros o porras con el café?, le dice al hombre del principio de la barra.

La máquina tragaperras no deja de sonar. Una mujer mayor, de pelo rizado, rubio, y labios pintados de rosa se acerca a la barra y suelta uno de veinte sobre el sumidero del grifo de cerveza que a estas horas está aun seco. Dame un café y monedas, dice con prisa mientras  echa un vistazo a la plaza por los grandes ventanales en umbría.

Suben dos mujeres del baño, por una escalera muy estrecha, cada una con su abrigo en la mano, y se ponen con el hombre del principio de la barra. Dame un café, anda, y… monedas, repite la mujer mayor que ahora busca a la camarera con la mirada. Ya va, ya, se oye del hueco de la cocina. Cámbiame, venga. La mujer mayor coge una servilleta, la dobla a su cuarta parte, se acerca a la máquina y la mete un poco en al ranura de las monedas. Vuelve a mirar a la plaza. Un hombre se ha sentado en las mesas de fuera, bajo los soportales. Su perro mira fijamente al interior del bar. Está fijo en la mujer mayor con las orejas tiesas y la cabeza un poco ladeada. El hombre del perro entra, ¡qué mañanita! Es lo suyo, ¿no? Tenemos el invierno encima ya, le replica la camarera mientras le da un plato de monedas  a la mujer mayor. La máquina continúa su cantinela. Lo de siempre, dice el hombre del perro.

Aquí están las tostadas, y se acerca la camarera a las mesas de los niños. Uno de ellos da un respingo, jugando. Casi tira las tostadas. Hacer el favor de estaros quietos, regaña la madre, la más joven de las dos. La niña coge una tostada con sus pequeñas manos. ¡Tú has dicho que churros! Se la quita la otra madre.

El hombre del perro se ha sentado fuera de nuevo y lee el periódico con una caña de café en la mesa. Suelta un churro y, antes de que llegue al suelo, el perro lo atrapa en el aire. Lo traga casi sin masticar.

Más abajo, está la iglesia donde nos casamos, dice una de las mujeres que habían subido del baño. O sea que os casasteis en la iglesia de él. ¿Qué quieres? Yo al pueblo no iba a ir. Ya mujer si no digo nada… a ver toda la familia aquí, además… treinta y tres años que llevamos aquí, ¿verdad? Si, por ahí. Por ahí, no, treinta y tres, uno más de los que tiene Fernando. El hombre del principio de la barra se calla y sigue a sus churros.

Te he dicho que un café, salta la mujer mayor sin apartar la mirada de la máquina. Va cogiendo las monedas del plato, lo ha puesto encima de un taburete que se ha traído de la barra y ha puesto a mano. Va, va mujer, responde conciliadora la camarera que mueve su pelo rizado y rubio mientras va y viene ajetreada de la cafetera a la cocina. Está ella sola atendiendo.

Vamos a ver, yo, ¿qué te he dicho mil veces? Las manos se limpian con la servilleta. Aleccionaba la madre a la niña. A que yo si me las limpio, di mamá, a que yo si me las limpio, dilo, pinchaba el niño, come y calla anda, ella es más pequeña. La otra madre pone orden en la mesa y coloca los vasos y los platos para que no tiren nada.

El perro hace la muestra a una paloma que picotea en medio de la plaza. Su dueño lo observa y el perro gira la cabeza hacia él como si esperara una opinión de aquello.

                Me lo pones siempre ardiendo maja, dice ahora la mujer mayor de la máquina. Luego que si se enfría, la camarera vuelve a entrar en la barra. Hace un gesto cómplice  de resignación al hombre que está al principio de la barra con las dos mujeres que habían subido del baño. Éstas seguían:

cuando llegamos el agua no subía con fuerza y teníamos que fregar por la noche que la gente no tiraba. A ver… pues como nosotr… Hasta que fuimos a protestar al canal y entonces nos pusieron las bombas esas de Ventas y desde entonces ya venía con presión a que sí Fernando. Yo este barrio la verdad no me cambiaba eh me he acostumbrado y tenemos de todo aquí cerca. Yo en mi barrio también nos han puesto aho… porque cuando vinimos no había nada bueno esas tiendas pequeñas de antes pero ahora haces la compra de toda la semana y bien barato. Y el metro ya lo estás viendo aquí en la puerta. Yo de mi casa al me… bueno que te diga Fernando quince minutos a Sol a que sí Fernando. Si por ahí quince, veinte minutos, aunque a ella también le queda cerca. Eso iba decir que yo lo tengo a… mira mi hija si un chalet pero luego quita quita coche para arriba y para abajo lo que yo les he dicho mirad algo por aquí pero él… ya sabes ya me entiendes dice que no quiere. Aquí, cerca de ti le echabas una mano con los niños adem… pues claro con los niños y la casa que creo que pagan a una de no sé dónde de esas extranjeras para que luego vete a saber si no tiene que ir mi hija limpiando detrás. Mujer supongo que sí la quitará traba… bueno yo lo que sé es que llega el sábado y está siempre liada con la casa verdad Fernando pero hija quieren aquello así que.

El hombre del perro ha entrado de nuevo, aquí te lo dejo guapa, suelta dos euros encima de la barra, en dos monedas. El perro se mueve nervioso fuera, espera en la puerta del bar. Mira como sabe que se va al parque, dice la camarera mientras coge el dinero. ¿Este? Ahora le tengo toda la mañana de carreras para aquí y para allá, si no luego a ver quién le aguanta. La niña de los churros mira al perro embelesada. Venga, acábate ese churro, vamos, le esta diciendo la madre.

El perro camina dando saltos alrededor del amo, muerde la correa y tira jugando. En cuanto ve el parque suelta la correa y espera ansioso a que lo suelten. Sale disparado directo al césped, pega la nariz al suelo y corre en zigzag, parece como si quisiera oler el mundo entero. El hombre se queda al sol, que algo más parece que calienta, y enciende un cigarro mientras guarda la correa en bolsillo del abrigo. Se acerca lentamente hacia otro, cómo está la mañana eh. En la radio han dado heladas en media España, le contesta. Empiezan un lento paseo por la franja de sol, siguiendo a los perros. Giran la cabeza a la vez, por el ruido, hacia un balón que ha botado en la tierra. Ha salido de lo alto de una malla metálica. Ya rueda y va a parar al alcorque de un árbol. Un chaval delgado sale de una puerta pequeña que hay en el muro. Viene jadeando y se queda parado esperando el pase. ¡Muchas gracias!, dice, después de estirarse a enganchar el balón que venía un poco alto.

El portero lo coloca al borde del área chica y lo pega alto. El balón ha salido muy a la derecha. Levanta la mano en señal de disculpa con sus compañeros. ¿Cómo vais, portero? Grita uno que acaba de llegar a la grada. Cuatro dos ganando. Como el sol está aun bajo, unos cuantos de la grada se ponen la mano de visera. Hay varios partidos, dos de futbol sala y otro de once. En la pista más alejada hay uno de balonmano, es el que menos público tiene. ¡Cerramos atrás eh, cerramos! Grita el portero. Mira ese, parece un puro, grita el más mayor de la grada. Todos se centran en el lateral derecho. Tiene la cabeza rapada y echa humo como si estuviera ardiendo sin llamas. ¡Vamos macho, que te estás quemando! La madre que me parió, no bajaba yo ahí hoy aunque me pagaran, qué frio, copón. El portero se desespera, el balón ha ido a córner por poco. ¡Atentos coño! Cerramos por el medio, venga está bien chicos, uno al palo corto, ¡rápido!

A unas cuantas fachadas ya les da el sol, y el color granate del revoco se hace intenso, contrastando, ahora sí, con los paños de caliza de blanco roto. Son tres bloques idénticos. La mujer de la bata sacude una pequeña alfombra con golpes secos contra el alfeizar. Las partículas de polvo suben y se convierten en pavesas al atravesar los rayos de luz. Llegan un par de pisos por arriba. El cielo se está azulando pero mantiene un par de trazas rosadas aun.

Dos hombres se quedan fuera del campo, y miran el partido apoyados en la alambrera, por fuera. Se quedan en el único sitio que pega el sol. Estos de morao parecen el Castilla, ¿qué no? Dice sin dejar de mirar al campo. ¿Y los otros? mira, de amarillo y negro, de dónde serán estos. Estos son de ahí abajo creo. Si, si. ¿Para donde tiras hoy la corchea? Hoy vienen los chicos, a ver si… ¡Coño maestro! Acaba de llegar un hombre mayor. Camina apoyado en un andador, una especie de silla con ruedas. Lleva una gorra inglesa de pana y grueso abrigo con bufanda. Se sienta en su artilugio. Se limpia con el dorso de la mano la nariz. Lleva unas gafas de pasta que se han oscurecido un poco con el sol de frente. Mira esta, dice. Los otros dos se giran a mirar.

Lleva una sudadera gris con capucha y unos pantalones muy cortos, negros, que dejan ver algo de los glúteos. Tiene unas piernas jóvenes y fuertes, depiladas. No es muy alta. ¡Niña que coges frio! Salta uno de los tres cuando pasa junto a ellos. Sonríe levemente la corredora sin mirarlos. Lleva dos vueltas a los campos. Corre por el carril bici y va levantando hojas secas con el rebufo. Ya le queda muy poco para la cuesta abajo. Respira con ritmo moderado. Se pone la capucha ahora que entra en la sombra. Suelta los brazos cuando empieza a bajar. Corre mirando el partido de balonmano. Hay sólo dos chicos en la grada. En el lateral del campo unos cuantos con el chándal puesto animan a los jugadores con palmadas.

¡Vamos, Vamos, intensidad! Se oye un chasquido seco. El balón ha pegado en el poste. Las porterías están pintadas a franjas rojas y blancas. La pista es de color verde y está húmeda aun. Deslumbra por el sol. Acaban de pitar el descanso y los jugadores buscan el calor del hormigón de la grada. Beben agua muchos, otros se ponen el chándal. Uno se enciende un cigarro. ¡Joder que vicio macho! Comenta un compañero. No responde el fumador. Hay uno rubio, pequeño, con una venda en la muñeca, está rodeado de unos cuantos que le escuchan. Yo quiero cerveza, que el vino es de pobres, dijo el notas. Todos sueltan una carcajada sonora. Uno sin dientes salta, la cerveza de qué es entonces, no te jode.  El rubio continúa, a las tres que acabamos, y éstos se quedaron todavía. ¿A cuánto salisteis? Pregunta el mellado. A quince pavos con la bebida. Miran de pronto para el campo grande de fútbol. Han metido un gol y la grada suena.

¡Olé tus cojones! grita un seguidor de los de morado. Los jugadores se abrazan dentro de la portería. Uno de los batidos hace gestos de negación con la cabeza mientras camina para el centro del campo. Siguen  aun los aplausos tímidos de la grada. ¡Venga que podemos! anima el entrenador de los goleadores en la banda. Da tres aplausos y se mete en el banquillo de cristal.

El sol ha deshecho el hielo del césped y ha dejado el cielo azul, roto por algunas chimeneas de las azoteas, que echan un humo blanco y denso. Las gradas están más pobladas y algunos niños juegan distraídos del partido. La valla del campo, por fuera se ha llenado de hombres que siguen el balón con la mirada. El sol ha subido un poco y las sombras, en el campo, ya no son tan alargadas. Hay montones de hojas secas en los bordes de la acera.

La niña de los churros viene ahora corriendo, delante de las madres. Los otros dos niños juegan a trepar la alambrera del campo. No consiguen subir ni medio metro. A ver si ahora la liamos, bajaros de ahí inmediatamente, les ordena la madre. La niña se vuelve y quiere imitarlos, pero la madre la disuade con la mirada. Venga, que vamos al parque, les reúne a los tres y se alejan caminado a tirones. Venga, se oye decir pacientemente a la madre cada dos por tres.

Ya puede oírse el lejano tráfico y los edificios se desperezan. Comienzan a gotear las cornisas. La brisa se ha parado y el pitido del árbitro rasga el aire, ha pitado córner. Los de morado quieren sacarlo rápido. El portero se desespera y señala con el brazo extendido su palo corto, ¡Uno al palo corto, rápido, uno al palo corto, coño!

 

Oscar R. Valladares

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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