¿Los Beatles o Los Rollings? Conocida disyuntiva estéril. El fútbol ha querido que se encuentren de nuevo, esta vez en un país de hombres. ¿Cómo explicarlo? No tiene nada que ver con ser de uno u otro equipo. Es otra cosa.

No me digáis que la guantera del coche de Pep está desordenada porque no me lo creo. Puedo verlo: el recibo del seguro doblado cuidadosamente dentro de ese plástico que lleva la carpeta con la documentación del automóvil, el impuesto de circulación de Manchester al día y convenientemente sustituido por el bonito sello correspondiente de Baviera, el libro de mantenimiento con la garantía sellada y sus revisiones en concesionario oficial, unos partes de accidente en blanco y varios teléfonos de asistencia en carretera. Cualquier precaución es poca hoy en día. Poco más, quizás unas prácticas gafas de sol, un cargador de móvil (con el cable perfectamente enrollado) y unos pañuelitos para limpiar el salpicadero de polvo. Un impermeable en el asiento de atrás, doblado, eso sí, un paraguas en el maletero acaso. Así puede cogerse una curva, de manera decidida, sin temor a ningún desplazamiento de objetos sueltos en el interior del vehículo fruto de la inercia. Todo en orden, previsor siempre Pep. Puede llover en cualquier momento en Gran Bretaña y esas americanas impecables se planchan tan mal.

Si José frenara repentinamente, bien porque le sale un coche de un sitio imposible, bien porque no acaba de adaptarse a circular por el lado correcto de la calzada, puedo ver esa avalancha. ¿De dónde rayos ha salido todo eso que ha ido a estrellarse justo contra los mandos del climatizador? Un bolso, un balón, varios paraguas, miles de papeles con apuntes, carpetas e informes sin grapar, un libro de Coelho a medias, regalos de aficionados, recuerdos, objetos olvidados que regresan de su tumba en el subsuelo de las alfombrillas.

La guantera, José, tienes que ordenar la guantera, siempre le digo. Llevas tickets, facturas ya pasadas, esa multa por doble fila es de la calle Goya, santo dios, qué desastre.

Mejor música, eso sí, puede que Mou lleve mejor música, pero qué batalla contra esos discos que desaparecen en el abismo entre el asiento y el cambio — automático —.

Pep tan exquisito siempre. Volví a verlo el otro día de oscuro, rapado, algo de barba, jersey bajo la americana, casual, jipster, cultureta, encantador y arrebatador, el perfecto hombre de su tiempo; sólo le falta un bolso de cuero para parecer un hombre atormentado y definitivo. Elegantísima la americana que se eleva cuando levanta el brazo para señalar la banda derecha o le dice al extremo “toca y baja”, que lo dice mucho eso, como Luis Enrique, que no sé dónde han aprendido esas cosas porque eso no se lo han oído a Johan ni de coña.

José observa con su mirada de aguilucho escrutando a su central después del primer gol dentro de su tres cuartos gris sin corbata y piensa: “el lunes vas a sufrir en el entrenamiento, ya verás como sí ¿cómo te has podido tragar ese balón?”. Baja esas escaleritas que tiene Old Trafford raudo a recordar el origen genético de su delantero, a increpar al que cree más frágil de los contrarios, o a recordarle al árbitro lo cara que se va a poner la vida con el Brexit. Como no lleva corbata, recuerda mucho a esos metres que se han dejado ya un poco y acaban en un bar malo con mucho de contar a los parroquianos.

Suenan las llaves de la puerta y todo es silencio hasta que, ¡oh es una fiesta! No falta el cava y algo para picar, está la familia y algunos amigos que se hacen selfies, retuitean, suben a Facebook y todo eso. Unas palabras breves, correctas. El correcto Pep, todo calculado, todo medido, el discurso preciso, gracias por estar aquí. Enseguida a la cueva con todos esos informes, estudios, análisis, la mentalidad del jugador de fútbol en el campo, psicología del deporte en alta competición, cómo presionar arriba y cerrarse a la vez, los postes y el estado, análisis y propuesta.

José, sin embargo, abre la puerta y choca contra… ¡qué narices hace este dron en mitad de la entrada! Nadie en casa; una luz mortecina alumbra la cocina de la que sale un alegre Yorkshire moviendo el rabo a su encuentro; una nota amarilla con instrucciones para una cena fría. Un poco de dogging ¿es que nadie se ocupa de este perro? Por zonas poco transitadas— acuérdate Mou de todo ese lío de las vacunas—Luego el pub de siempre, donde no le molestan y puede pensar al final de la barra.

Pep no para de consultar con la almohada esto y aquello, prepara mentalmente el próximo entrenamiento, no deja de pensar en sus jugadores.

José pide otra pinta y quizás se acuerda de Setúbal, vete a saber qué se le pasa por la cabeza. Una de las preguntas que más debe hacerse es porqué no le tocaron con esa varita mágica. Entrenador de fútbol no es gran cosa, la verdad.

Otra disyuntiva: el amigo del coche limpio que no se olvida nunca de tu cumpleaños, o el tipo que no lleva la cuenta del tiempo que llevas sin llamarle y luego no duda en prestarte ese dinero que tanto precisas; el mismo que lleva siempre caducado el impuesto de circulación y el seguro, pero te deja el coche sin condiciones cuando el tuyo pasa por el taller. Nada que ver con ese amigo que rechaza siempre la última cerveza. Es que tengo una celebración familiar. Claro, Pep, tranquilo.

Los hay que prefieren esa especie de modelo de hermano mayor, ese marido de molde; quienes están encantados con esa eterna barbacoa en el florido jardín del éxito.

Yo prefiero acercarme al pub y encontrar a Mou al final de la barra; tomarnos unas pintas, despotricar de este o aquel jugador, si es el caso, alzar el tono de voz para molestar a los clientes del fondo o buscar algo de pelea y regresar a casa tarde filosofando por las aceras mojadas de domingo. Sobre lo humano y lo futbolístico, sobre lo que es y no es fútbol. Sobre por qué es tan caprichoso con su varita. Sobre si un extremo debe, o no, tocar y bajar.

Que le den a esas barbacoas de domingo, aquí y en la China popular.

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