Suena un tango que aflora entre las equis, los unos y los doses traicioneros del equipo local, que con más clase sin embargo ha perdido, demoliendo tanta terca ilusión…

No paraban de sonar los versos de Sabina en su cabeza mientras tenía claro que no quería volver a pisar la oficina. El café empezaba a dejar de hacer efecto y el no dormir pasaba factura. Diez años habían pasado ya. Se tocaba la rodilla, el dolor le recordaba que no fue un sueño.

Para Eloy era imposible evitar pensar cómo habría sido su vida de no fastidiarla en ese preciso instante. Las máquinas de escribir no transmitían la misma emoción que miles de personas coreando a la vez tu nombre, la tinta de los informes no olía igual que el césped recién cortado y regado, listo para el espectáculo.

Los amigos del trabajo no paraban de pedirle consejos para acertar en la quiniela, si había oído algún rumor de algún compañero de esos días. Eso le entristecía. Para él los lunes eran algo más que la jugada polémica de Madrid o Barcelona.

Renunciando de momento, a la entrada del piso y a la boda,  por culpa de un balón y de un portero…

Intentaba transmitir su pasión por el análisis frío y preciso. Todo lo relativo a la táctica y adelantarse al movimiento que pudiera hacer el entrenador rival. Aunque pudiera parecer lo contrario, el azar y el fútbol muchas veces no van tan unidos como piensa la gente. Irónicamente, él vivió uno de esos momentos trágicos de cara o cruz que tantas veces han llevado a la gloria, o al olvido, a muchos futbolistas.

No paraban de pedirle a los jefes que narrase, a los nuevos que llegaban a la empresa, cómo fue vivir aquello. A veces echaba de menos, en ese ambiente, una valoración mayor de su licenciatura y no tanto de su pasado deportivo. Había gente que incluso en los bares le comentaba cuál debió ser su manera de actuar. No recuerda haberlos visto pisando ningún estadio para jugar al fútbol, pero ellos aconsejaban igualmente.

Aquella temporada fue única. Hace escasos meses se encontraba en las instalaciones de Mareo, no habían pasado desaparecido su regate ni visión de juego para el mister del primer equipo. Su alta capacidad goleadora hacía presagiar una gran carrera para gran disfrute del Sporting de Gijón.

Milán y varios equipos ingleses habían preguntado por él. Pero se negaba en redondo a abandonar Asturias. Sobre todo por su meta de ceja y ceja de triunfar en su Sporting, como prometió a su abuelo, utillero del equipo.

Su oportunidad llegó en Coruña. Perdían de uno y saltaba al césped, con estómago revuelto, junto a un compañero de cantera como era el caso de Fernández. Un extremo rapidísimo con gran capacidad de centro en ambas piernas.

Fue mágico. A falta de de cinco minutos, Fernández hizo una de las suyas. Cogió el balón a la altura del centro del campo y salió cómo alma que lleva el diablo. Era feliz. Eloy arrancó acompañando la jugada, desobedeciendo la orden directa de juntar líneas a pesar de ir perdiendo, Fernández no soltaba el balón.

Al llegar al córner, todo fue cuestión de segundos. Un maravilloso regalo caído del cielo, sería un crimen desaprovecharlo. Eloy controló con el pecho y tras regatear con suma maestría a toda la defensa gallega, que intentaba inútilmente buscar desequilibrar, soltó un zurdazo ante el que nada pudo hacer David Aouate.

Era solo el principio. Valencia, Betis y Barcelona, Bilbao, sufrieron en las jornadas siguientes la dupla Fernández-Eloy. El Molinón olía a Europa. Para añadir más, ese mismo año el Sporting se plantaba en la final de Copa del Rey ante el Real Madrid. Volaron las entradas.

Eloy no podía dormir conforme se acercaba el 27 de mayo. Era su gran oportunidad, y la del equipo, de rematar una temporada que muchos tardarán en olvidar. Tras lo mal que lo pasaron en el partido de Liga Sergio Ramos y Cannavaro, tenía esperanzas de volver a repetir partidazo. Tras jugar en el Bernabeú, se rumorea que Bernhard Schuster le pidió en persona que fichara por el club blanco. Eloy nunca comentó nada sobre aquel rumor.

Llegó el momento, himno nacional y pitido inicial. Un partido duro. Se adelantó el Madrid por medio de Raúl, ídolo de Eloy, tras un jugadón de Robihno. Fue a los cinco minutos. Un segundo gol llegaría al filo del descanso. Martinus Van Nistelrooy cazaba un rechace tras un córner y parecía cerrar todo. Eloy no olvidará jamás cómo lo miró Bernhard al descanso, camino de vestuarios.

Eloy se emocionaba mucho al llegar en su narración a aquel mágico segundo tiempo. Salieron en tromba. Jugando con corazón y mucha cabeza. Fue un asedio sin prisioneros. Las oportunidades llegaban una tras otra, y al Madrid temblándole las piernas por el esfuerzo de achicar balones. Al minuto sesenta, Fernández volvió hacerlo. Como Coruña, solo contra el mundo y regalo al cielo. Eloy sabe que coló el balón por la escuadra por los gritos de los aficionados de júbilo. Quedaba mucho partido.

En el minuto ochenta, Ramos se metió el balón en propia meta tras otra genialidad de Fernández. Era posible ganar ese partido. Eloy sabía que iban a ganar ese partido. La afición del Sporting rugía en el Vicente Calderón.

Ignora de dónde sacó las fuerzas. Cuando todo apuntaba a la prórroga, robó en área propia un balón a un confiado Guti y corrió hacia la portería de Casillas. Tenía en mente dónde iba a colocar el chut, cuando se disponía a lanzar, dolor. Fue un segundo, pero el cuerpo volcado en el césped le pedía llevarse las manos a la rodilla, como si fuera el único remedio.

Recuerda algunos gritos y a Cannavaro  intentando ayudar a que se levantará, a sus compañeros  de equipo rechazado la ayuda y empujándole  hacia afuera del campo. Tenía en mente una cosa, iba a lanzar ese penalti. El entrenador preparaba el cambio de Eloy, pero al ver cómo se levantaba y negaba con la mano, sabía que era su momento.

Frente a él, el portero. Los latidos en su pecho tenían vida propia. La rodilla le daba guerra. No iba a sucumbir. Le quedaba la pierna derecha. Se secó el sudor y recordó cada vídeo en que Casillas encajaba un penal. Era el ahora o nunca. Pitido.

Penalti Sporting Gijón

Se hizo el silencio. El golpeo lo vive a cámara lenta. Unas briznas de hierba fueron arrancadas, el efecto perfecto, directa la pelota al palo corto. Casillas se equivoca de lado…

El sonido del crujir de la madera al recibir el balón se le quedará grabado de por vida. No recuerda que pasó a continuación, Eloy lloró. Casillas con puño en alto comenzó a perder tiempo en el saque de puerta, unos segundos después, para él fueron segundos, estaba recibiendo la medalla de finalista.

¿Cómo es posible que un penalti deshaga tantos sueños? 

 Su rodilla no volvió a ser la que era. Aunque  no le impidió ser toda una referencia en el ataque del equipo gijonés de su vida durante toda su carrera. Europa fue una experiencia preciosa, jugó en Old Trafford y en Wembley, incluso llegó a ser internacional, dos goles en diez partidos.

Pero a día de hoy, Eloy sólo piensa en que todo se resume a un momento. Unos segundos. La memoria de aficionado es efímera. Solo vale el presente, quitando a los románticos que aún recuerdan su partidazo en Mestalla o en el Camp Nou. Haciendo el papeleo en una calurosa mañana de octubre, piensa que la vida sería más fácil si no le recordasen a cada momento que un veintisiete de mayo estuvo a once metros del Olimpo.

Sobre El Autor

Monologuista. Guionista y Director de Cortometrajes. Ha colaborado en diversos medios de comunicación: A un metro de Sevilla, A vista de Águila, Lebrija Digital. Radio Triana Y Onda Guillena. Colaborador habitual del periódico Montilla Digital con su sección de relatos La putada de ser piano.Es Miembro del Grupo de Investigación Influencia de los Géneros Periodísticos y de las Tecnologías en la Comunicación Social de la Facultad de Comunicación de Sevilla.

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