Aquella fue la grada que tantas alegrías y tardes de gloria otorgó a su juventud de aspirante a estrella del balompié. No llegó, como tantos otros. La suerte, quizás no era el que más entrenaba, etc. Las excusas se amontonaban en su cabeza, enumerando los motivos por los que no llegó a la cima. Ya pasó ese tren hace tiempo, pero cada vez que se paraba ante el estadio, los fantasmas volvían para hacerle recordar.

No eran crueles, no tenían intención de hacer daño. Pero era duro recordar el olor del terreno de juego donde tanto luchó, el color del graderío, el impacto de la bota en el balón. Era un sonido seco, rudo, maravilloso. Al menos para él. No admitía debate. Las lágrimas de tristeza y alegría que habían recorrido sus ya arrugadas mejillas no las cambiaba por nada.

No llegó, como tantos otros. ¿Quería decir eso que era menos importante que los astros más sagrados del fútbol? su respuesta era clara, no precisamente educada, no dejaba lugar a interpretaciones: una mierda.

Su rutina era la misma cada mañana. Su despertador sonaba bien temprano, un café solo para hacer llevadero el día. Esquivaba el cruel periódico, directo a los deportes. No era por una desgana de conocimiento de la actualidad del mundo, no quería amargarse las mañanas. Así de simple. Iba caminando al viejo estadio. Al llegar, parada en el bar y desayuno con su tertulia correspondiente con Manolo, el dueño. Tras la charla, su radio inseparable buscando el partido que fuera.

Era de los que decía que como la magia de la radio, no hay nada. La televisión te dejaba todo masticado, sin lugar a la imaginación. La radio le hacía viajar con la mente. Era su gimnasia contra sus ligeros despistes, frutos de la edad. Eso sí, no perdonaba a las nuevas generaciones el no sudar la camiseta que el tanto quiso durante veinte temporadas.

Más de un puñetazo se llevó la mesa del bar por un gol encajado tras una mala defensa, un pase mal dado, o un gol fallado. Después del partido, emprendía el camino de vuelta a casa. No sin antes detenerse un buen rato ante el campo. Solo hasta que los fantasmas hicieran de las suyas. Ese era el momento justo de volver a casa.

Qué manera de cambiar todo. Observaba las avenidas, las calles. Los edificios que parecieran tener como objetivo tapar el sol. También analizaba su amado fútbol. Quedaban poco jugadores que amasen de verdad a un único equipo y afición. A veces se iban por ego, otras simplemente por dinero. Casi ninguno volvía. Era un escaso club la de aquellos que regresaban para darlo todo antes de colgar las botas. La humildad, brillaba por su ausencia.

No llegó, como tantos otros. Pero dolía el club. Cuando perdían, cuando la economía obligaba a despedir empleados. Cuando el estadio no tenía suficiente público. Cuando Hacienda se cebaba con ellos. Cuando un error costaba el partido. Cuando una lesión impedía apoyar al compañero.

Aunque aquella tristeza desaparecía cuando veía jugar a su nieto. Simplemente disfrutaba. No pensaba que cada partido era a vida o muerte, solo jugaba. Al igual que sus compañeros de equipo. Le daba un poco de vergüenza admitir que aquellos niños daban algunas veces verdaderas lecciones de dignidad deportiva a los adultos.

Más de una vez se tuvo que contener para no dar bastonazos a algún padre que gritaba barbaridades a su hijo por fallar un pase o no parar un puto penalty. Ese era el problema. Esos detalles hacían olvidar al niño que es un maravilloso juego.

Todas esas cosas pasaban por su cabeza. Por fin, regresaba a casa. Tras ponerse las zapatillas y sentarse en la mecedora de mimbre del salón, consultaba su colección de recortes. Alguna entrevista en un medio local, cuando ganaron aquel trofeo ante aquel todopoderoso equipo inglés. El día que marcó tres goles. Un reportaje por el ascenso.

Recuerdos que jamás dejaría huir de su memoria. No llegó, como tantos otros, pero que le quiten lo disfrutado sobre el césped vestido de corto. En eso, fue el número uno.