Mi compañero de habitación es Mil doscientos siete, lo pone en una placa sobre su cama; en pijama, dormita ajeno a todo, no le he oído pronunciar una sola palabra; ingresó un par de semanas antes, aseguran que es terminal.

Yo soy Noventa mil trescientos diez, lo llevo tatuado en el antebrazo. Es todo cuanto puedo decir de mí mismo pues me ha quedado un solo recuerdo: una jugada de fútbol.

Insisten en que es mejor así.

He perdido la memoria, me dicen, y  por eso no reconozco a toda esa gente que viene y me acompaña; se esfuerzan en contarme cosas de mí mismo, como si quisieran recomponerme. Pero no me aclaran porqué ese número en mi piel y prefieren llamarme por lo que dicen es mi nombre de pila.

Recuerdo que me crucé bien, que no toqué al delantero, que fui directo al balón y que éste salió por la línea de fondo a saque de esquina. Eso lo recuerdo muy bien y tengo que repetírselo cada noche a Misha. Quizás sea él quien ha perdido en realidad la memoria.

No sé cómo lo hace, no sé cómo puede saltarse todos esos controles; los guardias nocturnos son más distraídos, sí, y beben, y son menos, pero presentarse así vestido todos los días en cuanto apagan las luces sólo se le puede ocurrir a él. Parece invisible, olvidado.

A pesar de los años nunca ha dejado de parecerme gracioso: su expresión natural de sorpresa, esas botas de tacos dos tallas más grande que le dan esa apariencia de payaso de circo, con las medias bien subidas hasta juntarse con las rodilleras, la gorra calada, pantalón corto y sudadera perdidos de barro y, por si no fuera suficiente, con los guantes puestos y el balón bajo el brazo.

Se sienta a mi lado y recordamos juntos bañados por la luz azulada que emite el botón de llamada.

Misha, tú no les tenías miedo —le recuerdo siempre—, y por eso les parabas tantos penaltis. Misha sonríe con un gesto encogido y pueril, no dice nada. Entonces reparo en sus piernecitas enjutas soportando su figura escurrida, envuelta en esa piel blancuzca que le ha dejado el tiempo, en lo profundo de las cuencas de sus ojos. A pesar de todo, no puedo ver otra cosa que no sea un crío, un crío al que los pantalones le están grandes sosteniendo un balón.

Tenía una intuición prodigiosa, y la tenacidad suficiente para estudiar a todos aquellos delanteros altos, ágiles y bien alimentados a los que nos enfrentábamos en el campo; aunque él siempre le atribuía el mérito a su suerte, la que le otorgaba esa cola de conejo que encontró en la cantera y que ponía junto a la cepa de su poste derecho durante los partidos. Parece leerme el pensamiento, se gira y me muestra el bolsillo trasero del pantalón, del que cuelga, muerta, la vieja cola de conejo.

Misha y yo hablamos toda la noche, aunque se distrae constantemente con cualquier cosa, le gana la curiosidad, todo allí es nuevo y sus limpios ojos recorren todos esos aparatos electrónicos con sus lucecitas y sus bips. Misha ríe por cualquier cosa, siempre, y cuando lo hace sus ojos parecen hundirse un poco más.

Intento traerle de vuelta, intento ganarme su atención, pero esa luz deslumbrante parece alejarle, es la voz de la noche que nos interrumpe y tengo que abrir los ojos, entonces Misha se queda quieto, en silencio, como si dejara de existir un instante. Sólo cuando vuelvo a mis pensamientos reanuda sus juegos.

Oh, Misha, tienes que escucharme, te lo ruego, préstame atención —me esfuerzo— toqué el balón, Misha, salió por la línea de fondo, fue córner, sí, seguro, fue córner, nunca fue penalti, no toqué al defensa, tienes que creerme. Lo recuerdo a la perfección, de hecho es mi único recuerdo.

Misha sonríe inmune a mis palabras y hace ademán de lanzar el balón al otro extremo de la habitación, bromea con el gesto, con lanzarle el balón a Mil doscientos siete que ya no da signos de vida y, consumido, no es más que otro monótono ruido.

Consigo traerle de nuevo.

Recuerdo aquel campo, Misha, aquel campo en el que jugábamos: plano, duro y negro; frío, rodeado por amplios trigales, muy verdes en primavera, ¿recuerdas, Misha? Nuestro campo. Todos aquellos árboles cargados con el trino de los pájaros envueltos en la sombra de sus copas. Nuestro campo, Misha, abarrotado de los nuestros, un campo perfumado con el inocente olor a provincia. Incluso allí, incluso entonces.

Fue un partido más, como tantos otros que jugamos de locales. —digo distraído y Misha parece ahora prestarme un poco de atención— Te recompongo la jugada: no cometí falta, toqué el balón. El extremo se iba, era rápido, le conocíamos muy bien, ¿recuerdas? Se fue del medio campo y me pilló girando al borde del área, retrocediendo, en ese movimiento tan característico, salí al corte, corriendo en diagonal para achicarle el sitio como tantas veces. Tú aguantabas, Misha, con esa sangre fría que te hacía permanecer bajo palos hasta último instante. Me tiré con la pierna derecha adelantada y llegué. El balón salió a córner y el atacante se dejó caer en cuanto sintió el contacto con mi rodilla ya inofensiva a ras de suelo.

De nada me sirve ya correr un poco más, llegar antes, a tiempo de cortar aquel pase, he recompuesto esos movimientos infinidad de veces, Misha. Te lo debo. Todos esos movimientos nunca se disolvieron, los he llevado dentro, tatuados en mis músculos, igual que este número.

Correr a por ellos y llegar antes, cortar el balón limpio, atajarles, pensar antes, sobrevivir un partido más, zafarse de sus botas; saltar más alto en el momento oportuno, pensar; la defensa saliendo en línea, al unísono, rápida y segura atrás, coordinada para el fuera de juego. Día tras día. Juntos.

Que la medular moviera el balón con criterio, repartiendo, parando, acelerando si fuera preciso; que los delanteros estuvieran bien asistidos por buenos pases al interior, letales, que aquellos fueran rápidos, correosos, acertados en el remate, con buena puntería; que los laterales subieran con decisión, sorprendiendo, que bajaran de inmediato a defender; que Misha lo parara todo, que el equipo fuera una máquina precisa, compacta, encajada, exacta, que fuéramos como ellos mismos, implacables, terribles.

Aquello no era sinónimo de triunfo. No en aquel fútbol.

Misha ahora se aleja, parece interesarse por un pasillo oscuro donde brilla aquella luz al fondo. Oigo botar su balón, se aleja…

Ahora todo es aquel campo de ceniza gris oscura, plano, dilatado y frío, delimitado por árboles, con esos altos palcos de cristal en las esquinas desde los que todo podía verse. Ahora siento aquel frío que acompaña a mi único recuerdo.

Penalti. El público enmudeció. Sin protestas. Permanecieron apretujados al abrigo del alto paredón presidido por el gran escudo de piedra. El frío no nos iba bien.

Once metros les separaba ahora. En realidad es una distancia absurda, ¿por qué no cualquier otro número? Ninguno de los dos sentía el más mínimo peso sobre sí mismo. Tendrían sus razones. Allí donde otros naufragaban, se hacían pequeños entre las olas de un mar de silencio, ante la mirada de miles de ojos latentes, hundidos e imperceptibles.

Primero un poste, el de la pata de conejo; después, el siguiente; entonces, la búsqueda con la mirada de la línea que marca el centro geométrico del arco; luego, la altura; por último, la distancia. Misha era metódico.

Pero Franz Zieris era letal desde los once metros. Nunca fallaba. Herr Komandant apretó el gatillo de su Luger. Misha cayó y quedó inmóvil bajo palos después del impacto, manchado de barro, un barro oscuro mezclado con ceniza del campo local. Un gran charco rojo creció bajo su cuerpo escurrido y manchó la línea de gol. Numerosos pájaros salieron en desbandada desde las copas de los árboles por el estruendo y llenaron el cielo de Mühlviertel. Después, hubo silencio.

Misha fue arrastrado fuera del campo y sustituido. El penalti se lanzó y el partido continuó. 


27 de enero de 2018, Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto.

Sobre El Autor

Óscar R.Valladares formó parte de la redacción de TresCuatroTres dirigiendo la sección "Relatos Esféricos" desde octubre de 2016 hasta julio de 2018.

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