Septiembre de 1990 no fue un septiembre como los demás. Regresaba de las largas vacaciones en la Sierra de Aracena, en casa de mis abuelos, con un nudo en estómago, ansioso. Mis padres nos habían regalado a mi hermano y a mi algo que nos llenaba de ilusión: al fin éramos socios del club de nuestra infancia. Residentes en el barrio de La Calzá, pegados a los Caños de Carmona, recibíamos las clases en un colegio público de la calle Luis Montoto y las extra escolares de inglés en una bocacalle de Eduardo Dato, en una famosa academia del barrio de Nervión. En el interior de ese triángulo que forman las tres direcciones se sitúa el estadio Ramón Sánchez Pizjuán. Mi hermano y yo no podíamos elegir, de ninguna manera, sentir los colores de otro club que no fuese el Sevilla F.C.

Ese verano no me importó que España, inmersa en su sempiterna maldición, hubiese sido eliminada en octavos de final por una Yugoslavia en su última participación como tal en un campeonato; me importaba, aunque tampoco tanto, que por primera vez iba a ver a los internacionales Jiménez y Rafa Paz, o a la delantera Polster, Zamorano, juntos, en un mismo equipo; pero, sobre todo, lo que realmente me importaba, lo que verdaderamente quería, era poder volver a compartir con mis amigos del colegio las interminables tardes de fútbol, aquellas en la que los protagonistas éramos nosotros. Ser socios del equipo de tus amores, sin duda, es un privilegio, pero, con once años, lo que de verdad importa es justo eso, ¡lo que de verdad importa!

Recuerdo perfectamente como mi madre me decía que no necesitaba llevarme mi sudadera celeste con el clásico logo de Adidas -que no sé muy bien si representa un trébol, unas llamas olímpicas o unas hojas de laurel- porque las tardes del septiembre sevillano son más que cálidas, ardientes. Yo le contestaba que la sudadera era imprescindible, -es casi lo más importante, mamá-, solía decirle. Salía de casa bajando los escalones de cuatro en cuatro o de seis en seis –quien pudiera ahora- y corría durante casi diez minutos hasta llegar a un solar de cemento y albero en el que todavía debía de haber rastro de la piel de alguna de mis rodillas… Allí estaban todos, nunca fallábamos. Nos saludamos rápidamente y nos pusimos a lo importante, a jugar. Cogí alguna otra sudadera que habría llevado otro amigo y, levantando la mirada, miraba al que había cogido las otras dos prendas de ropa y calculábamos las dimensiones del campo. Jugaríamos sin portero, como casi siempre, porque nunca nadie quería ser portero. Uno, dos, tres, cuatro y cinco pasos eran suficientes. Una sudadera a cada lado. Enfrente el mismo proceso. Dos porterías. Un campo. Un partido. Una infancia.

Balón Etrusco Oficial del Mundial de Italia 90

Balón Etrusco Oficial del Mundial de Italia 90

Normalmente jugábamos con un balón de la marca blanca de deportes del que entonces era el único centro comercial de la zona, pero en 1990 habíamos sucumbido al gran éxito comercial del Etrusco, el balón oficial del mundial y, en mi opinión, un diseño nunca igualado. Formaba parte de nuestras costumbres regalarnos mutuamente algún balón con motivo de los cumpleaños. Elegimos capitanes, ellos formaron los exiguos equipos, quizá un tres contra tres, en todo caso un grupo de niños felices corriendo detrás de un balón con el único testigo del gran mosaico de la fachada del Ramón Sánchez Pizjuán. Probablemente aquel partido registró un marcador propio de balonmano. A buen seguro que se definió en la jugada final, cerca del ocaso, tras horas y horas jugando.

Muchos de los que allí jugábamos somos amantes del fútbol, socios del mismo club y apasionados de un mismo equipo, pero todos, absolutamente todos tenemos la suerte de poder presumir de algo de lo que no mucha gente puede: “yo tuve mi tarde de gloria en el Sánchez Pizjuán”. Y eso fue así aunque jamás pisé su césped. Jamás lo pisé hasta que en un recordado ascenso del equipo a Primera División, en un partido ante el Villarreal de la posterior leyenda del club,Palop, encontré el valor para saltar al campo, como hicieron miles de seguidores…pero eso, señores, forma parte de otra historia. Iniciamos una nueva liga y busco en mi interior para tener la suerte de poder disfrutarla como un niño de once años. Ojalá.

Ramón Sánchez Pizjuán. Años 90

Ramón Sánchez Pizjuán. Años 90

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