Las entradas en una mano y la nostalgia en otra. Allí estaba, acordándose de ella. Desde el muro San Lorenzo, con la mirada perdida en el verde y frío Cantábrico. Qué lejos quedaban aquellos días en que, en su amado Molinón, gritaba cada gol como si no hubiera un mañana. Aquellos colores rojos y blancos habían dado a este seguidor incondicional lo mejor y peor que puede ofrecerse sobre un terreno de juego. Actualmente, apenas iba ya al estadio.

Deambuló por el paseo marítimo, llegó a la estatua de Pelayo. No sabía explicar su fidelidad al equipo. Su abuelo gijonés, a su padre no le gustaba el fútbol. Aunque en el bar nunca faltaba el banderín y las camisetas firmadas por los jugadores. Incluso la de aquel que ha llegado a entrenador del combinado nacional.

No, no era un forofo. Era un romántico. Y el mundo se come a los románticos, no tienen fácil la supervivencia. Era temprano, soplaba una ligera brisa marina. Anduvo unas horas hasta que pudo disfrutar de una buena botella de sidra sentado en escalones de piedra.

Si hablaran aquellos escalones….Qué de besos robados podrían narrar con voz antigua. Borracheras traicioneras para olvidar, para celebrar, por no hacer el feo al sacrifico del fruto del manzano asturiano. Ascensos, descensos. Qué buen narrador sería esta construcción inerte.

No podía sacarse de la cabeza aquella sonrisa francesa que paso un sólo verano en el norte español. Varias rondas después, y risas, junto a varios besos sabor a ginebra y esperanza,  tuvieron como consecuencia que dijera que volverían aquellos ojos verdes al verano siguiente.

Esperó en el aeropuerto dos horas antes de comprender que las palabras se las lleva el viento. Encima decía que estaba enamoraba del Oviedo. El Molinón nunca le dolió tanto como aquellos mensajes que no se cumplieron. Líneas hermosas, pero vacías. Sin ninguna explicación del plantón.

Sporting Gijon

Ni se acuerda de cómo sacó el valor para presentarse. Era muy tímido en aquellos días. Lo sigue siendo, pero no tanto. Entendió al verla junto al océano, con aquel vestido azul y el pelo suelto, que no podía dejar pasar la oportunidad de conocerla. Cuando llevaban hablando cerca de una hora, supo que había sido la decisión más inteligente que había tomado en mucho tiempo.

Así que no tenía muchas ganas del partido. Se había dejado convencer por las antiguas amistades del barrio. Ni siquiera era un encuentro de liga. Era un amistoso contra un rival del que no podía pronunciar el nombre de ningún miembro de su plantilla ni el nombre del entrenador. Vamos, no había motivación.

Qué bien jugó su Sporting, el de su padre y abuelo. Caían los goles cómo  una tormenta de verano. Volvió a ser ese niño que engullía la tortilla de su abuela en el graderío mientras rugía la afición al ver a su equipo plantar cara a los más grandes equipos de La Liga. Aunque era sólo fútbol. Un entretenimiento de noventa minutos que pasaron volando. Gijón se quedó el trofeo, pero Francia se quedó aquellos ojos verdes.