Hacía frío en la casa de Ebénezer Pérez. Desde que enviudó hacía unos años, esa mansión le venía grande. Pasaba tan poco tiempo en ella que había decidido no poner la calefacción en invierno. Al precio actual de la luz, esa decisión le suponía un jugoso ahorro de unos cuantos miles de euros anuales. Sus hijos le habían invitado a pasar la Nochebuena con ellos, en una agradable cena familiar, pero Pérez no estaba para fiestas. En el último partido disputado por su equipo, los socios habían vuelto a pedir su dimisión a pesar del marcador (10-2) y del intolerable arbitraje que sufrió su equipo, e incluso muchos se encararon con el jugador franquicia del club. No, definitivamente no estaba para fiestas. En resumidas cuentas, Ebénezer Pérez estaba solo.

Oía en algún rincón de la casa a su ama de llaves, trastear arriba y abajo, pero Ebénezer se arrebujó en su viejo sillón, se tapó bien con la raída manta e intentó echar una cabezadita. Algo cayó al suelo. Un buen amigo le había recomendado un excelente libro de management para mejorar la gestión de grupos humanos, pero no acababa de cogerle el aire a ese volumen, “Ambiciones y reflexiones”, de Belén Esteban. No entendía muy bien el lenguaje de la autora y la verdad es que el libro le aburría soberanamente. No recordaba que le tenía en su regazo cuando se movió perezosamente en su sillón, y tampoco hizo nada por cogerlo y dejarlo en la mesa camilla de al lado. Pensó en irse a la cama, pero todavía no había salido el rey pronunciando su mítico discurso y no le parecía apropiado acostarse en un día tan señalado sin escuchar sus profundas palabras. Él, que era tan monárquico…

De repente, Ebénezer sintió el olor de un cigarrillo. Él había sido un fumador compulsivo, pero hacía ya unos cuantos años que había dejado aquel vicio, si bien de vez en cuando, lo echaba de menos. Sobre todo cuando tenía algún problema con esos diabólicos aparatos llamados faxes, inventados a buen seguro por algún británico… Nuestro desamparado anciano escuchó el ruido de una potente mandíbula que mascaba chicle sin descanso, mientras daba pacientes caladas a su pitillo. Se levantó asustado de su sillón. Su asistenta, que él supiera, no disfrutaba con semejantes placeres.

Enfrente de él, Ebénezer Pérez se encontró con Jacob Ancelotti, el último entrenador al que había despedido “en busca de un nuevo impulso”.

– ¿Cómo has entrado aquí? ¿Te debo todavía algo del finiquito? -inquirió Pérez. Era la bienvenida más calurosa que podía esperarse de un tipo así.

Ancelotti levanto la ceja izquierda, y con un gesto de mano típico de los italianos, respondió:

– Ay, amigo Ebénezer. No entiendes nada. Aquí estás, el 24 de diciembre, sólo en tu gigantesca casa, pensando qué hacer con Benítez, al que te habrías cepillado hace varias semanas si no fuera por que empiezan a asustarte los medios de comunicación. En lugar de estar disfrutando de estos días vacacionales, tú estás sólo, pensando en Zidane, y encima me estás echando las culpas de todo lo que está pasando ahora … No entiendes nada. No has aprendido nada. Acompáñame, si eres tan amable (en italiano, gentile).

Ebénezer siguió a Jacob. Le sonaba de algo todo esto, pero no estaba por la labor de que un vulgar entrenador le amargara la Nochebuena en su propia casa. Bueno, no estaba siendo la mejor Nochebuena de su vida, eso estaba claro, pero…

Jacob expulsó una vaharada de humo, y de repente, por arte de magia, Ebénezer se vio en un vestuario. Pero no era el del Bernabéu. Era el vestuario del Stade de Marrakech. Los jugadores saltaban eufóricos, Sergio Ramos había dejado caer con cierto entusiasmo una botella de Moët Chandon del 73 (de 1673) sobre el carísimo traje de su presidente y Jacob y Ebénezer se abrazaban como si no hubiera mañana. Era como si estuvieran metidos dentro de una película en 3D.

– Presidente, estas fueron las Navidades pasadas, cuando éramos los mejores, cuando nadie nos tosía, cuando todo el mundo sólo veía de nosotros el dorsal. No había problemas con la BBC ni de afinidades con el banquillo. Los jugadores apreciaban a su entrenador. El entrenador apreciaba a sus jugadores. Incluso el presidente apreciaba al entrenador y a los jugadores, exceptuando, quizá, a esos dos molestos granos en el culo que tenías llamados Serllio e Iker… Pero hace un año, todo iba bien, presidente… Todo iba bien…
– Sí, Jacob, no lo discuto pero sabes que soy un hombre impaciente, me gusta pagar finiquitos con el dinero que me ahorro de los vicios que carezco -ah, no, que los finiquitos los pago con el dinero de los socios…-, ver caras nuevas, comprar libretos más modernos… Luego os vinisteis abajo, dejamos ir la Liga, la Champions, la Copa… Coño, lo dejamos ir todo…
– Pero presi, no siempre se puede ganar todo, yo te traje la Décima, yo te traje la paz a un vestuario roto y dividido, yo incrementé las ventas de chicles en los aledaños del Bernabéu…
– Mira, Jacob, la decisión que tomé, como Ser Superior que soy, está tomada y bien tomada. No me arrepiento de nada. Así que déjate de estas tontadas que me voy a perder el discurso del Rey…

Jacob Ancelotti miró asombrado a Ebénezer Pérez. Ni siquiera el 24 de diciembre era capar de ablandar su legendario corazón aladrillado.

– No estás para tontadas, ¿eh? Pues mira…

Jacob volvió a dar una calada a su cigarrillo y le echó todo el humo a Ebénezer en la cara. Cuando se disipó un poco la humareda, Ebénezer se encontró, sorprendido, en otro vestuario. Era el del Estadio Nissan de Yokohama…

– Por Dios bendito, Jacob, me has traído al vestuario del Barcelona.

Ebénezer lo supuso al ver todo aquello repleto de camisetas blaugranas, pero no reparó en que los carteles de ese sancta sanctorum estaban en otro idioma.

– No, Ebénezer, no estás en el Nou Camp, estás en Japón. Estos chicos acaban de ganar el Mundial de Clubes. Y en enero de este año que todavía no ha acabado, a Luis Enrique le llamaban de todo menos por su nombre de pila en Barcelona y parte del extranjero. El tiempo suele ofrecer réditos si se confía en él…
– Sí, ya, como hiciste tú el año pasado. En diciembre os comíais el mundo y en mayo el mundo os comió a vosotros. Ojalá nosotros seamos el ejemplo a seguir y el Barcelona se venga abajo como nos vinimos nosotros.

– ¡Qué buen perder tienes, presidente! Bueno, no sabemos todavía lo que pasará este año 2016 que estamos a punto de recibir, ¿o sí? Lo cierto es que tus desgracias deportivas, y tienes unas cuantas, son sus alegrías.

Ebénezer estaba asombrado. Iniesta no paraba de repartir Kalise para todos, Dani Alves y Neymar bailaban sin pensar. Ebénezer vio de repente la cresta insurgente de Gerard Piqué y se fue a por él, enloquecido. Le dio una colleja… pero observó incrédulo como su mano atravesaba la cabeza del vocacional humorista blaugrana como si alguno de los dos estuviese hecho de materia intangible.

– Huy, que sensación más extraña acabo de tener -dijo Gerard-.

Ebénezer siguió dando vueltas por el animado vesturario, comprobando, efectivamente, que él resultaba invisible para todas las personas allí presentes, exceptuando a Jacob: Nobita se hacía una foto junto a la copa, Luis Enrique estaba subido a una cinta, esprintando como si le fuera la vida en ello…

– Jacob, por favor, sácame de aquí…

Ancelotti miró consternado a su antiguo presidente. No tenía nada claro que este estúpido viaje por las Navidades pasadas y presentes estuviera sirviendo para nada. Volvió a levantar la ceja, y dijo, en tono solemne:

– Muy bien, Ebénezer, no me has dejado otra opción.

Jacob agarró de la mano a Pérez, y le atrajo hacía sí como si fueran dos bailarines de salón. Cuando Ebénezer llegó hasta él, le hizo girar sobre sí mismo. Y puso su cara a centímetros de la suya. Volvió a echarle todo el humo a la cara porque sabía que Ebénezer era algo que no soportaba y le dijo:

– ¿Quieres ver las Navidades futuras?

Ebéezer, asustado, respondió:

– No, por favor, Jacob, ya he tenido bastante por hoy. He aprendido la lección. Por favor, por favor… No me hagas sufrir más…
– De acuerdo. Me das pena, ¿sabes? He venido aquí desde mi retiro canadiense para ayudarte, pero no te dejas. No haces más que buscar excusas para explicar tus males, y eres incapaz de asumir responsabilidad alguna en todo lo que le está pasando al club.
– Sí, sí, sí, Jacob, quiero que me ayudes, quiero que me ayudes… -Ebénezer hizo una larga pausa-. No te lo tomes a mal, pero, ¿tienes a mano el teléfono de Mourinho?

Sobre El Autor

Existen 2 frases que me definen futbolísticamente: "Ningún jugador es tan bueno como todos juntos" (Alfredo Di Stéfano) y "En fútbol se pasa de puta a monja en cinco minutos" (Joaquín Caparrós).

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