Los nervios se apoderaron de todo su ser cuando se supo la lista de convocados. Por fin tanto sacrificio y esfuerzo veían su fruto en forma de convocatoria. No era un partido cualquiera, era lograr la permanencia o el abismo del descenso. Había costado mucho llegar con posibilidades reales de quedarse un año más en lo más alto.

No iban a morir en la orilla, ni hablar. Se lo debían a miles de gargantas que  apoyaron en cada partido, aplaudiendo en la derrotas y brindando juntos en las victorias. Nunca dudaron del equipo. Se lo debían al entrenador, esta era su última temporada.

Siempre daba la cara por ellos y nunca tuvo una mala palabra, ni un mal gesto, cuando en muchos enfrentamientos habían rendido por debajo de su capacidad. Cabizbajo, siempre dando ánimos y seguro de si mismo con la frase “mañana analizaremos lo ocurrido”. Era el hombre que había dejado fuera al fichaje estrella de la temporada por él. “Admito muchas cosas, pero no a los que se toman vacaciones antes de tiempo” fueron sus palabras ante la prensa.

Aquella semana no se separó de la joven apuesta. Insistiendo mucho sobre lo que esperaba de su participación en el equipo. Básicamente, quería su velocidad e imaginación en favor del juego colectivo. Era vital que volviera loca a la defensa rival, buscando el hueco que pudieran aprovechar los dos delanteros.

“Un puñal, se un puñal, que no sepan cómo pararte”. Tenía náuseas. Hace sólo unos meses querían malvenderlo. Ahora un loco lo ponía por delante de la estrella del equipo. De tener que buscarse la vida en un equipo de Rusia, cuyo nombre era incapaz de pronunciar, a esa situación. Echaría de menos el romanticismo de aquel anciano por este deporte.

Cuando quiso darse cuenta, llegó el día. Las manos le temblaban atándose las botas, la equipación le quedaba grande. “Un puñal, eres un puñal” sonando una y otra vez en su cabeza. Los periodistas con los dedos en sus teclados estaban ya dispuestos a sentenciar al equipo. Habían ridiculizado la decisión táctica del entrenador en varios titulares.

Pasaron muchas cosas por su mente. Desde su semana de prueba antes de fichar, hasta aquel golazo que metió en pretemporada con el primer equipo. Pero nada de eso importaba ya. Noventa minutos, todo o nada.

Su tobillo no podía más. Falta y otra falta. Era la única manera de frenarlo aquella noche, provocó tres amarillas. Quedaba poco tiempo y el empate en el luminoso hacía pensar lo peor. El reloj parecía tener prisa.  No recordaba que pasaran tan rápidos ochenta minutos. Atacó la banda izquierda, falta. La derecha, falta. Caño al central, falta. Era desesperante.

Estaba loco creyendo que volvería al banquillo antes de finalizar el encuentro. Jugaban con tres defensas, esas fueron las instrucciones del mister cuando saco a los dos laterales por más dinamita arriba. No podía fallar. No les daría la opción de verlo llorando  de dolor, ni de caer al suelo. Si querían quitarle el balón, iban a sudar.

Cuando las lágrimas rozaban las mejillas del aficionado, ocurrió. Pilló al defensa desprevenido, queriendo perder tiempo pegado al corner. Corrió lo más rápido que pudo, ignorando el cansancio en sus piernas por el esfuerzo y robó el balón.

No recuerda muy bien que pasó a continuación. Sólo recuerda los gritos de ánimo en la grada y que regateó a todo aquel que se puso en su camino. Fueron dos o tres rivales. No recuerda tirar con la diestra, ni ver el balón entrando por la escuadra. Fue la locura. El estadio se venía abajo. Los compañeros no paraban de mantearlo. La fiesta parecía no tener fin en el vestuario.

Quiso agradecer todo al hombre que hizo eso posible, que no le quitó  cuando su segundo no paraba de insistir en ello, a pesar de las presiones de presidente y periódicos. El entrenador lo abrazo, no le salían las palabras. “Mañana analizaremos lo ocurrido” fue la respuesta.