… Lo intenté, claro que lo intenté. El curso de entrenador, enseñar a los jóvenes, ser un ejemplo, comentarista de radio, de televisión, de especiales, de aniversarios de viejos partidos, publicidad, invitaciones… Todo eso. Y una fundación para niños, y otra fundación para pobres, y otra más para niños pobres. Y Negocios, para ayudar a amigos, a familiares, a todos. Muchos papeles que firmar. Pocos autógrafos. Antes, todo. Ahora, nada. Sin lunes, sin flashes. De repente, un día, el tiempo se estancó. Me Pasaba el día mirando la tele, no paraba de ir a la cocina. Y bebí. Por nada, por nada especial. Y luego, cuando no aguantaba más ese silencio, salía. Y bebía. Me metía en problemas. Regresaba a casa tarde. Y me despertaba al día siguiente con aliento acorchado y dolor de cabeza. Lloraba en silencio. Como si llorara para dentro. Remontaba con la ayuda de las pastillas, y bebía para alejarme de la misma sensación que me había puesto allí. Un círculo. Luego miraba el jardín durante horas. Miraba todas esas fotos. Miraba hacia atrás. A nada. A ese vacío. Cuando no podía más, gritaba y, entonces, bebía. Buscaba amigos. Buscaba a alguien. Buscaba. Bebía de nuevo y salía. Buscaba entre todas esas luces, entre aquellas sonrisas, entre aquellos cuerpos. Me olvidaron. Bebía, solo. Miraba la televisión y miraba el jardín, y bebía. Y así, otro día, y otro. Todos. Desorientado, caminaba por la casa. Las horas eran iguales. Todas. Los días eran iguales. Todos. El tiempo era igual. Todo, lo mismo. Y ese precipicio ahí, amenazándome siempre, atrayéndome. Y Bebía, para no verlo, para salvarlo. Bebía para no poder ver a nadie. Bebía porque no veía a nadie. Sin aplausos, sin ese murmullo grave, sin gritos, sin insultos. Sin ruido. Sólo tenía todas esas jugadas incrustadas igual que astillas. Llegar tarde a aquel balón, una y otra vez. Fallar a puerta vacía, de nuevo. Aquel córner. Sesión continua. Esquirlas que nunca se desprendían. Noches mirando al techo, al móvil, mirando nada. Solo en mitad de la hierba mirando unas gradas grises, calladas. Porterías cada vez más estrechas. Pero mañana, el día siguiente, iba a ser el primer día, y hoy, aquel día, el último. Pero no dejó nunca de ser el último día, y jamás llegó mañana. Bebía más. Para quitarme de encima todo ese peso. Y ese dolor. De rodillas, de cadera, de tobillos. Y de recuerdos. Un dolor adherente y húmedo que sólo se desprendía con alcohol. Se fueron los días, me quedé sólo con las noches y todo ese otro mundo. Otra vida, otro yo. Calles, bares. Nuevos rostros, desfigurados. Me reconocían, me insultaban. Tropezaba y bebía. Volvía a tropezar una y otra vez. No me iba de nadie, me volví lento, sin cintura. Invisible. Me desprendí del círculo. El círculo que formábamos todos antes de saltar al césped. Todos iguales, necesarios. Cada cual en su lugar para ser uno solo en el campo. Ya no había círculo. Sólo una línea temblorosa como los fuera de banda en un campo de tierra. Y bebía. Me agarraba como un desesperado, y volvía a soltarme y caía. Y bebía. Bebía en la madrugada, bebía de día. Y llegaban todos aquellos de traje negro planchado, venían y me hablaban sin escucharme, y me condenaban, y despertaba de noche y no estaban. Claro que no estaban. Y buscaba bajo la cama y allí estaba ella. Vacía. Vuelta otra vez a lo mismo. El mundo se fue apagando. Primero los objetos cercanos, el cuerpo mismo, las manos, las piernas. Después la casa, la calle, la ciudad. Luego los paisajes circundantes. Sólo quedaban aquellos paisajes lejanos,  soleados, verdes. El eco de lo que ya no era nada. De mí mismo. Comenzó a vaciarse todo, como si el aire mismo se escapara. Se apagaban todas las luces de forma progresiva e imperceptible. Semanas enteras borracho, solo. Se achicó el espacio y me refugié en mi sarcófago. Preferí enterrarme. Dejarme ir.  Los perros muertos en el jardín, hinchados. Semanas solo. Semanas bebiendo. Meses bebiendo. Se hizo de noche y nunca más amaneció.

Envuelto en toda aquella neblina, escuché la puerta. Pude agarrarme a esa última mano. Pudo sostenerme. Desperté en una nueva habitación y alguien me trasladó aquí. Hoy entro en vuestro círculo para contar como llegué hasta aquí.

Lo intenté, claro que lo intenté…

Oscar R. Valladares

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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