Terrible.

Apocalíptico.

Si en 1995 el PSG de Ginola, Raí y Weah pasó por encima del Dream Team (que ya no era ni Dream, ni mucho menos Team), ayer el PSG de Verratti, Di Maria y Draxler atropelló a Luis Enrique. Porque lo que se vio ayer en el Parque de los Príncipes no era el Barça, es la idea que tiene Luis Enrique de algo parecido, muy lejanamente parecido, a lo que se entiende por fútbol en el Camp Nou.

Vergüenza.

Impotencia.

Tras el cuarto gol de Cavani resonó en Barcelona el coro demoledor de miles de televisores reventando contra la acera. El culé no aguanta más este esperpento de equipo y se niega a seguir engañándose ante tan deprimente espectáculo. La realidad golpea fuerte y vuelven las masas blaugranas desesperadas a pedir explicaciones a los jugadores, al banquillo y al palco sin obtener una respuesta clara y ni mucho menos esperanzadora.

Cavani celebra gol PSG-Barcelona

Tristeza.

Vacío.

Porque eso es lo que hay en el mediocampo del Barça. Un gran espacio vacío que ayer ocuparon sin esfuerzo Matuidi, Verratti y Rabiot, que se pasearon ante un Busquets bajo mínimos, un Iniesta que acusa ya el paso del tiempo, y un André Gomes que nadie entiende por qué está ahí. Nadie lo entiende menos Luis Enrique y lo peor es que no sabe cómo justificar la decisión de dejar en el banquillo a Rakitic a costa del poco eficiente portugués.

Depresión.

Y ahora sí, de verdad, fin de ciclo.

Si en su momento el Bayern reventó al Barça de Tito, el PSG de Emery es el tren de mercancías que ha destrozado a Luis Enrique. Si en aquel momento se ganó la Liga y eso supuso un ligero bálsamo, este año estamos segundos a un punto, con dos partidos más que el líder y con un juego nefasto y horroroso. Si en otros sitios ante un derrota siempre salen reforzados, aquí cuando pasa algo así se abren las puertas del infierno. Ahora mismo solo estamos para ganar a un Alavés con 7 cambios en el equipo titular, y eso no alivia, no alivia este dolor.

Nos vamos sin remedio de cabeza al pozo y de ésta no nos salva ni Messi.

Sobre El Autor

Nací en Barcelona y pronto adopté como ídolo a Maradona, el mejor. Más tarde conocí la clase de Van Basten, la magia de Romario, la elegancia de Zidane, volví a ilusionarme con Ronaldinho y me siento afortunado por haber visto jugar a Messi. Estilo y fantasía, así me gusta el fútbol.

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