Esta próxima semana son muchos los que mirarán al cielo y se acordarán de un cántabro muy querido que nos dejó hace dos años, mientras él, allá arriba, estará celebrando el reciente ascenso de su Racing o estará viendo una película, y es que además del fútbol siempre le gustó y mucho el cine. Muchos se acordarán de Manolo Preciado, entre ellos los aficionados del Levante UD, que conmemoran esta próxima semana los 10 años de su ascenso liderado por el técnico cántabro que les devolvió a Primera 40 años después.

Cada temporada pasan más de 20 entrenadores por la Liga, entre los que empiezan en los banquillos y los que fichan a mitad campaña tras algunos despidos. Cuando termina el curso pocos son los que el aficionado en general recuerda, suelen tener en su mente el de su equipo, el del Campeón, el técnico revelación y el del fracaso más estrepitoso. Y luego están los entrenadores clásicos, los que siempre están en algún club, como Caparrós. Pero hay una excepción más, los entrenadores que por su carisma, por su autenticidad se ganan el corazón de cualquier futbolero y el más claro ejemplo de esto fue Manolo Preciado.

Nació en El Astillero, un pueblo industrial y marítimo de Cantabria, pero también fue un torrelaveguense más, un valenciano más, un gijonés más. No tuvo una vida fácil ni en lo personal (sufrió al ver como su mujer fallecía tras una larga enfermedad, y uno de sus hijos hacía lo propio tras un accidente de moto) ni en lo profesional (un tal Piterman le arrebató el sueño de su vida, el seguir entrenando en su Racing, también sufrió en primera persona el sabor amargo de ser despedido, y tuvo que afrontar unas feas palabras del polémico Mourinho que le acusó de dejarse perder contra el Barcelona de Guardiola.

“La vida me ha golpeado fuerte. Podía haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro o podía mirar al cielo y crecer. Elegí la segunda opción.” – Manolo Preciado

Pero Manolo Preciado triunfó. El cántabro consiguió jugar en equipos como su Racing, Linares, Mallorca, Alavés, Ourense, Gimnástica de Torrelavega. Cuando colgó las botas en su primer año como técnico cosechó su primer ascenso, con el Gimnástica de Tercera a Segunda B. Además, ascendió a un Levante que no regresaba a Primera desde hacía 40 años, subió al Sporting de Gijón tras diez años en Segunda, y entrenó al club de su vida y El Sardinero coreó su nombre.

Manolo, con su inmensa simpatía, humildad y naturalidad se ganó a sus vestuarios, a la prensa y a sus aficionados. Tuve el placer de entrevistarle en un par de ocasiones y sólo pude confirmar lo que solían comentarme de él: especial, único, sencillo, muy buena persona, demasiado buena persona. Preciado, con su atrevida propuesta futbolística siempre más interesado en los goles que en evitarlos se ganó el respeto y admiración por parte del mundo del fútbol, al que demostró que un equipo “pequeño” puede jugar como un “grande”.

Hace dos años, un 6 de junio, Manolo Preciado se marchó pocos días antes de ser presentado como nuevo técnico del Villarreal. Su corazón se paró. El Molinón se llenó para despedirlo y agradecerle que él fue quien volvió a llenar el estadio del Sporting tras muchos años de continuas decepciones que vaciaron las gradas. Él seguirá ahí arriba siguiendo a su Sporting, su Racing, su Levante, su Gimnástica y nosotros desde aquí abajo le seguiremos recordando siempre.

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