El 18 de octubre de 1944 nacía en Tucumán, Argentina, Ramón Alberto Aguirre Suárez. Estudiantes de La Plata y Lanús en el país sudamericano y Granada C.F. y U.D. Salamanca en España fueron los equipos para los que jugó el protagonista de hoy en TresCuatroTres.

Aguirre Suárez fue miembro del famoso Estudiantes de La Plata que logró tres Copas Libertadores consecutivas entre 1968 y 1970. Dirigidos desde el banquillo por Osvaldo Zubeldía, el equipo platense se hizo famoso, al margen de sus éxitos deportivos, por la dureza y la antideportividad manifiesta que llevaron a cabo. En aquel equipo apuraba sus últimos años como futbolista Carlos Salvador Bilardo del que todos conocemos el concepto de fútbol que tiene.

El “Negro” Aguirre Suárez

Tras años de andanzas y acciones deleznables, llegó el momento más lamentable, con la encarcelación de Aguirre Suárez y sus compañeros Poletti y Manera tras la final de la Copa Intercontinental de 1969, debido a la gravedad de los incidentes acaecidos durante el partido. En 1971 hizo las maletas hacia España, siendo la ciudad de La Alhambra su destino.

Haciendo gala de la fama de jugador duro y violento, el Granada se convirtió en un equipo temido durante la primera mitad de la década de los 70. En el eje de la zaga coincidió con otros “santos”, el uruguayo Montero (padre del mítico jugador de la Juventus de los 90) y el paraguayo Pedro Fernández. Los centrales sudamericanos repartieron a diestro y siniestro, sacaban de quicio a los rivales con acciones canallescas y se ganaron la antipatía del fútbol español. Al valencianista Forment le hizo tal entrada, que le fracturó la tibia y el peroné.

Tras retirarse como jugador, estuvo ligado al Granada como secretario técnico y, brevemente como entrenador en la temporada 1997/1998, sustituyendo, curiosamente, a Lucas Alcaraz, actual técnico nazarí. El 29 de mayo de 2013, fallecía el que está considerado como el jugador más duro de la historia del fútbol argentino.

Sobre El Autor

Apasionado del fútbol y Bético por encima de todas las cosas. Continuamente pendiente de la actualidad del club verdiblanco, disfruto y sufro con las alegrías y sinsabores del Betis. Ser Bético es real como la vida misma, ya que uno aprende a levantarse tras continuas caídas. Y ahí está la verdadera fuerza del Betis: en sobrevivir a los contratiempos.

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