Hoy venía a escribiros de fútbol internacional. A narraros las peripecias de algún equipo extranjero en horas bajas o de lo entrañable que se encierra en este deporte de masas. Pero no puedo. Porque esta misma mañana, mi tío, se ha ido al cielo para poder ver todas las semanas a su Sevilla desde la irretornable tribuna que comparte ya con muchos otros aficionados del equipo de Nervión. Seguro que a la vera de Juan Arza y Antonio Puerta disfruta ahora más de lo que lo hacía frente a un televisor, con el nerviosismo de quien sabía que desde Zaragoza los gritos no llegaban al Sánchez Pizjuán. Y entiendo que no vislumbréis la relación de este hecho con un blog como el nuestro, pero para mí la lección está clara.

Y es que confieso que al haber mamado el fútbol desde chico en una ciudad dual, pero a la vez intensa en todo lo que rodea a un balón de fútbol, nunca alcanzaba a comprender cómo existían aficionados de equipos situados a kilómetros de sus casas. Porque en Sevilla, mi tierra, y como reflejaba Antonio Cuadri en su Eres mi héroe, antes que el nombre, a un desconocido se le pregunta: “¿Y tú de qué equipo eres, del Sevilla o del Betis?” Infravaloraba a los madridistas de Extremadura, a los culés de Andalucía y a muchos otros acérrimos seguidores de equipos en la diáspora. Me equivocaba. Y de gran parte de esa rectificación tiene culpa mi tío. Porque ¿quién soy yo para juzgar la pertenencia a un club de un aficionado si el fútbol ante todo es sentimiento?

Y amigo, los sentimientos no se miden en escalas ni entienden de lejanías. Los sentimientos, como la calidad en los futbolistas, se tienen o no se tienen. Quizás lleguen de la manera más tonta, como el amor a una persona, o tal vez por la herencia de alguien que tuvo que abandonar su casa dejando atrás algo más que una tierra. No son pocos ni los unos ni los otros. Los que al hacer su vida en una nueva ciudad han ido poco a poco quedando prendados de un club que sólo conocían por las estampas de la Liga. O los que se han criado a kilómetros de ese equipo cuyos padres le han legado su amor. La razón no importa cuando además manda el corazón. Ese corazón que te impulsa a buscar aquel recóndito bar donde poder ver jugar a tu equipo mientras alrededor te tachan de loco.

Por ello, hoy quiero dar una lección de humildad a todos aquellos que prejuzgan la afición de los que, por desgracia para ellos, animan a su equipo desde la distancia. A los muchos que llaman catetos a estos aficionados sin conocer, ni intentarlo siquiera, las razones que les mueven a profesar esa querencia a un escudo. Pues sirva hoy mi recuerdo a un sevillista maño, para que dejemos de menospreciar a estos valientes futboleros que luchan por ver a su equipo una sola vez al año. Y sobre todo, para que entendamos que el fútbol no es sólo un negocio, ni siquiera un deporte, sino que pese a quien le pese, es ante todo, sentimiento.

Una Respuesta

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.