El Real Madrid está atravesando una situación que sinceramente servidor no había visto en su vida. No hablo ya de la cuestión futbolística que es algo a lo que más o menos uno puede estar acostumbrado. Me refiero a esas cuestiones que hacen que en el Bernabéu se tenga que sacar cada vez más brillo al título de mejor club del Siglo XX como anhelo de un época pretérita, lejana y a día de hoy simplemente inalcanzable.

Como seguidor culé, y a pesar de lo que se pueda pensar, últimamente me invade un extraño sentimiento de pena. Sí, pena por observar atónito como el conjunto blanco tiene en la figura de Florentino a su Piterman de turno. Un dirigente sin oposición y lo que es peor si un atisbo de autocrítica.

La rueda de prensa del pasado jueves hizo lo que menos se podía esperar, dejar el esperpento de Cádiz en una mera anécdota. Y es que si un club o su presidente, que en este caso viene a ser lo mismo, alardea de ser el equipo más grande del mundo, sus reacciones ante errores propios deberían estar al mismo nivel. Sin embargo, eso en el actual Madrid es una auténtica quimera.

Decía que siento pena porque un Madrid fuerte es necesario no solo para cualquier competición en la que participe sino fundamentalmente para el propio F.C.Barcelona. No se entiende una rivalidad si uno de los dos contrincantes ha bajado al lodazal del ridículo no solo en el terreno de juego sino fuera de él.

En definitiva, el Madrid vive instalado en dos mundos paralelos. El de la, cada vez mayoritaria, afición y el de una cúpula directiva que sigue contemplando la sala de trofeos con la añoranza los éxitos que otrora le dieron grandeza, olvidando que a día de hoy y a pesar de lo que ellos mismos piensen, el Madrid ha dejado de ser Real.

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