Si existe un jugador cuya carrera y vida posterior está plagada de leyendas, anécdotas jugosas, frases míticas y episodios dignos de ser contados, ese es George Best. El norirlandés fue sin duda alguna, uno de los mejores jugadores de la historia, a pesar de que su vida privada no terminaba de cuadrar con la de un deportista modélico. Su afición por la fiesta y el alcohol hizo que desapareciera pronto lo mejor de su carrera, amortizada antes de tiempo, como su propia vida, por culpa de la juerga continua. Se dice de él que fue el primer futbolista moderno, el primero que se comportaba como una estrella del rock, y de aquella actitud surge la historia que hoy os queremos contar.

Hay tres frases atribuidas a George Best que explican mucho mejor que cualquier cosa que pueda contar yo como fue su vida de futbolista. Decía sobre el punto al que podría haber llegado en su carrera que “si hubiese nacido feo, no habrían oído hablar nunca de Pelé”, sobre su fama de derrochador decía que “me gasté la mayor parte de mi fortuna en mujeres, alcohol y coches deportivos; el resto lo desperdicié” y sobre sus vicios que “en 1969 dejé las mujeres y la bebida, fueron los peores 20 minutos de mi vida”.

Podría escribirse sobre la vida de George Best no ya un artículo, sino un blog entero, pero hoy nos vamos a ceñir en una historia que, a falta de documentos gráficos que lo confirmen, tiene un toque legendario que la convierte en ideal para que la cuenten en sus reuniones navideñas con otros futboleros.

La leyenda de Best que hoy nos concierne tiene como coprotagonista a otro astro absoluto, Johan Cruyff. La historia ha sido contada de boca en boca, sin fotos ni vídeos que la corroboren, por lo que es probable que haya sido adornada en algún punto, pero ¿a quién le importa la verdad ante una historia tan bonita de un mito como Best?

George Best

Corría el mes de octubre del año 1976 y se disputaba la fase de clasificación para el Mundial de Argentina 78. Quedaron emparejadas en el mismo grupo la poderosa Holanda que a la postre resultaría finalista en aquella cita, con la modesta Irlanda del Norte. George Best, con apenas 30 años, era ya un veterano que había abandonado el Manchester United para empezar a dar tumbos por varios clubes y países. En ese momento militaba en el Fulham, y a Holanda llegaban noticias que advertían de que el pequeño genio ya no era motivo de preocupación para la naranja mecánica.

Esas críticas llegaron a oídos de George Best en forma de comparación con la estrella holandesa, Johan Cruyff, quien con tan solo un año menos, aparecía en mucha mejor forma y militaba brillantemente en el F.C. Barcelona. Harto de las insinuaciones, preguntas y afirmaciones sobre que Cruyff era mejor futbolista que él, George Best lanzó un reto a un periodista: “en el partido de esta noche, en cuanto tenga ocasión, le tiraré un caño”.

Parecía una bravuconada más del llamado quinto Beatle, propia de esta gloria venida a menos antes de tiempo. Aquella tarde, con Holanda jugando en casa, Best salió dispuesto a sorprender. Habían transcurrido apenas unos minutos del partido cuando George Best recogió el balón en mediocampo volcado a banda derecha. En lugar de encarar, como era su costumbre, retrocedió buscando el círculo central, regateó varios rivales por el camino con el riesgo de perder el balón y provocar un contraataque, llegó hacia la banda izquierda de su propio campo y se encontró a un espigado jugador de camiseta naranja. Best contra Cruyff, mito contra mito, el británico juguetea con el balón en sus pies hasta que encuentra el hueco y…

Efectivamente, Best cumplió su predicción, tiro del orgullo del que quería demostrar que si su carrera no había sido más grande había sido solo porque él no había querido, tiro un caño a Johan Cruyff y, tras recoger el balón, se dedicó a celebrar su acción saludando, casi como si de un gol se hubiera tratado. Perdió el balón mientras celebraba haber ganado su desafío, pero no le importó lo más mínimo. Como seguramente tampoco el 2-2 final de aquel encuentro.

Al fin y al cabo, un gol es una vulgaridad, pasa muchas veces a lo largo de una temporada, pero lo que Best hizo aquella tarde, sea mito o realidad, ha pasado a la historia del fútbol. Gloria eterna al gran George Best.