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Elogio a la competitividad

En Sevilla se nos está olvidando. Unai Emery no paraba de repetírnoslo. Una y otra vez. El equipo tiene que ser competitivo. Otra vez. Tenemos que ser competitivos. Y, sin embargo, también él sufrió crisis de identidad o de fe. Sus equipos también se cayeron. Tuvo un Sevilla que no recordaba lo que era ganar fuera en una racha superior a la que sufre el equipo hispalense en estos días. Pero Emery erre que erre: competitividad.

Emery no hablaba tanto de rotaciones, que las hacía. Tampoco destacaba siempre las jugadas a balón parado, y a fe que las trabajaba. Mucho menos hablaba de toque y posesión. Mucho menos. Emery hablaba de ganar. Y su grupo, o sus grupos, en su etapa en Sevilla, hicieron algo histórico. Aquel equipo fue tres veces campeón de la Europa League de forma consecutiva. Busquen. Busquen más. Si no lo encuentran es porque no lo hay. El Sevilla de Emery es el único equipo en el mundo que lo ha hecho. Denle la importancia que tiene. A veces creo que hasta los mismos sevillistas hacen de menos a tal hazaña.

Unai Emery dirige al Arsenal
Unai Emery dirigiendo al Arsenal (Fuente: as.com)

Lo que definió a aquel grupo, eso lo tengo claro, fue la competitividad. Tras él, Jorge Sampaoli, con una filosofía diferente, supo mantenerla, aunque en su caso todo resultase más esotérico y chamánico. Quizás la competitividad del equipo de Sampaoli se llamase fe, quizás locura. No escucho y sigo. El mensaje caló.

Pero esa competitividad se perdió con la llegada de Eduardo Berizzo y su sistema de rotaciones extremas y de reparto de minutos independiente a los méritos del jugador. Esta especie de comunismo de gestión de plantilla eliminó de un plumazo la competencia. Si todavía buscan razones por la destitución de Berizzo busquen en el diccionario palabras como competitividad, identidad, conocimiento del sistema o memoria futbolística y pónganle delante las palabras “pérdida de”. Es una opinión. Y es mía. Pero por una vez creo andar cerca de la verdad.

Machín no ha sido capaz de recuperarla. O más bien, de algún modo se ha perdido lo que se esbozó en la primera vuelta. Tiene buen discurso. Parece trabajador. Venía con la etiqueta de buen estratega. Es segura su falta de experiencia. También empieza a demostrar tozudez. Pero es inteligente. De eso estoy seguro. Machín debe recuperar, o buscar si es que nunca la tuvo, la competitividad de su equipo. Pero el tiempo se le está escapando entre el hueco que dejan sus tres centrales. Miren la clasificación.

Tres de los cinco primeros equipos destacan por su competitividad. No incluyo al Barcelona porque en este caso entiendo que su seña de identidad no es la competitividad sino la calidad. La de Messi y un poco la de los otros también. Pero el Atlético de Madrid, el Getafe y el Alavés destacan en el elemento competitivo. Del otro equipo en cabeza, el Real Madrid, quizás no sea el mejor año para nombrarlo en un artículo sobre esta cualidad.

El Cholo Simeone hace años que le puso un piso a la competitividad. Un piso con muchos muros y mucho cemento. Con autobuses cerca. Pero con una gran preparación física y unos delanteros de primer nivel ha construido un proyecto que no se agota, por mucho que agote al contrario y a espectadores de paladar exquisito o, quizás sea más adecuado explicarlo así, a sibaritas de esfuerzo esquivo. Tuve la ocasión de observar el partido del Atleti contra la Real Sociedad y el resultado final, 0-2, me parece hasta obvio. A mi la Real Sociedad me parece un equipo de mitad de tabla hacia arriba. Buen equipo. Pero la forma de competir del equipo que tuvo enfrente, lo trabajado que está el sistema y cómo los jugadores lo ejecutan hacían prever el destino del partido. Una vez que el Atlético se puso por delante, parecía imposible que la Real remontase. A mí, como espectador neutral, me resultaba una verdadera quimera que así sucediese. Ese componente psicológico seguro que lo siente el jugador rival. Lo machaca.

Pepe Bordalás, entrenador del Getafe
Pepe Bordalás (Fuente: sportyou.es)

José Bordalás lo está replicando en su Getafe. Es un equipo muy pegajoso, físico y constante. Y tengo la impresión de que han olido sangre y especula menos que a principio de temporada. Sus delanteros, los tres superando la treintena, de años, y casi de goles (26 en liga entre los tres), están encontrando puerta con relativa asiduidad. Sus señas de identidad de nuevo son las mismas, el esfuerzo, el orden, el conocimiento del juego… ¿les suena? Hay entrenadores, y espectadores, que no le dan mérito. Consulten la plantilla. Vean quienes son sus jugadores uno a uno. Y vuelvan a consultar la clasificación. El mérito es inconmensurable. Y a falta de poco más de un cuarto de liga las casualidades ya no existen.

El quinto es el Alavés del Pitu Abelardo. Otro grupo con fe, otro vestuario de trabajo, trabajo y más trabajo. Para mi es el equipo que tiene menos calidad técnica en sus jugadores. Pero a cambio tienen una calidad táctica y física muy alta y una autoconsciencia demoledora. Nadie hace lo que no debe. Todos hacen lo que deben. Exhibición de competitividad en los últimos partidos que pude ver del Alavés, el empate en el Villamarín y, sobre todo, la victoria en el Estadio de la Cerámica.

Si preguntásemos a Tomás Pina, Jonathan Calleri, Djené o Portillo si están disfrutando, ¿qué nos contestarían? ¿Qué diría Godín o Saúl Ñíguez? Al futbolista lo que le encanta es competir. Con o sin posesión. Con dos o con tres centrales. Defendiendo o atacando. Denle al futbolista las armas para creer en algo y los resultados vendrán solos. Los sistemas, las filosofías y las fes, que no son malas, vendrán después. Inyecten competitividad a un buen equipo y ese equipo les devolverá oro.

Algunos, como Simeone o Emery, incluso Valverde, al que considero otro entrenador que sabe inculcar esta virtud, ya han tocado el cielo. Algunos se han instalado allí y buscan cotas mayores. No creo que entre ellos tengan en común muchas ideas de juego, excepto, la competitividad. Qué gran concepto para crecer. Y para disfrutar jugando a este juego. Aunque solo sean dos centrales. Aunque no tengan la posesión.

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