Se acabó el Mundial de Rusia 2018 y, aunque como bien indicó ayer mi compañero Héctor Riobó, este campeonato nos ha dejado señales de un fútbol no demasiado excelso, que quieren que les diga, yo ya lo hecho de menos. La final se la llevó Francia, así como ha ido recorriendo todo el camino de este último mes en Francia, basándose en su enorme solvencia, en una eficacia que en ocasiones como ayer parece casi mágica. No se sabe muy bien cómo ni por qué, pero Francia se ha ido convirtiendo en favorita con el paso de las rondas y ayer hizo valer ese halo de “campeonable” sacando petróleo de cada acción de un partido que dominó Croacia en casi todas las facetas. Queda para los balcánicos esa honrilla de equipo simpático, revelación y casi mascota, a cuyo destino se iba uniendo la mayoría de los aficionados cuando su selección caía eliminada. Pero la estrella de este Mundial de pocas alegrías tácticas y técnicas, para quien menos las permitió, para los galos de Deschamps.

Ambos equipos saltaban al Luzhniki moscovita con las alineaciones esperadas. Los dos entrenadores, Didier Deschamps y Zlatko Dalic, no buscaban sorprender a su rival ni por nombres ni por posicionamiento, tampoco hicieron grandes maniobras durante el encuentro para sorprender. Cada uno confió en sus armas para la batalla definitiva. En Francia, con un 4-4-1-1 que podíamos llamar asimétrico, ya que la banda izquierda de la línea de medios (Matuidi) es eminentemente defensiva y la banda derecha eminentemente ofensiva (Mbappé), además, Griezmann no juega en línea con Giroud, sino mucho más libre por detrás, ayudando a los centrocampistas. En Croacia, con un 4-1-4-1 que esconde un centro del campo muy versátil donde, a excepción de Rebic, cada jugador puede ocupar cada posición.

En las porterías, el francés Lloris, uno de los metas más destacados del campeonato, cometió un error de bulto en el segundo gol croata, cuando intentó driblar en área pequeña a Mandzukic, que solo tuvo que meter el pie para anotar un 4-2 que pudo haber resucitado a los croatas. Por su parte, a Subasic no se le puede culpar de ninguno de los cuatro goles, pero, excepción hecha del penalti, es verdad que, siendo el partido que era, podría haberse lucido en alguno de los balones que terminaron en su red, parece buen día para hacer milagros. Pero nada se puede oponer cuando existe una maldición de por medio, y los tres últimos porteros perdedores de finales de mundiales jugaron en el Mónaco y, por si no lo saben, Subasic… es el portero actual del Mónaco.

La línea defensiva francesa ha sido una de las más destacadas en el torneo, aunque han tenido gran ayuda del resto del equipo, muy pendientes de colaborar en el engranaje defensivo del equipo. No obstante, no quitemos mérito a los centrales reconvertidos a laterales Hernández y Pavard, que han ido ganando confianza y progresando para no solo ayudar atrás, sino llegar al ataque con más potencia que calidad. En el puesto de central, irreprochables Umtiti y Varane, el más veterano de la línea a sus 25 años. Apenas han cometido fallos, han sabido compenetrarse a la perfección, e incluso se han sumado con peligro a las jugadas de balón parado. La defensa croata sufrió ayer para entender la movilidad de los atacantes franceses. Lovren y Vida son centrales fuertes, muy buenos por alto, dejaron poco margen a Giroud, pero no pudieron captar en sus radares a Mbappé o Griezmann. En los laterales, irreconocible Vrsaljko, lejos de ser ese jugador capaz de estar 15 días sin jugar por una mínima molestia, que se asustó exageradamente en la final de la Europa League, se ha vaciado con su selección, incansable y peligroso en los centros. Algo más discreto Strinic, cumplidor, pero menos protagonista, fue sustituido por Pjaca en el tramo final buscando más profundidad.

En el centro del campo, el mejor ancla del Mundial, Kanté, tuvo que ser sustituido por Nzonzi tras el descanso por una tarjeta amarilla que le ponía en riesgo. Hasta entonces, había estado omnipresente, como casi siempre. Desde el cambio, el sevillista asumió su rol con corrección. A su lado, Pogba, con esa planta impresionante que le hace dominar tanto campo, se asomó al área en el momento preciso para convertir el 3-1 que casi dejó cerrado el partido gracias a un pelotazo marca de la casa desde la frontal. Tan eficaz y poco poético como su equipo.  Como decíamos antes, Matuidi a la izquierda es casi un interior más, las pocas veces que asomó arriba estuvo impreciso. Fue sustituido por Tolisso, que tampoco aportó demasiado al partido. En la derecha Mbappé hizo méritos para ser unánimemente elegido como mejor jugador joven del torneo. Sin hacer ayer su mejor partido, suyas fueron las mejores cabalgadas individuales de los bleus y suyo fue el último gol. Un zapatazo desde la frontal a modo de sello que mandó definitivamente el título a las vitrinas de Clairefontaine.

Modric disputa balón Croacia

Enfrente estaba el mejor centro del campo del Mundial. Brozovic sacrificó su gran llegada ya desde la fase de grupos para aportar estabilidad a la medular rojiblanca. Ayer volvió a cumplir, aunque en toda la línea faltó algo de frescura por los esfuerzos realizados y, tal vez, por el desarrollo algo cruel que tuvo el partido. Delante de él, brillan Rakitic y Modric. Se reparten el trabajo. El barcelonista pone más músculo para ayudar a las tareas defensivas, el madridista juega entre líneas para ser el faro del ataque de su selección. Esto le ha valido ser considerado el mejor jugador del Mundial. Tal vez, porque fue el jugador más diferente a la corriente reinante en el torneo, tal vez junto con el belga Hazard, lo cierto es que se agradece que jugones así no se extingan. A su izquierda, teóricamente, parte Perisic, pero el del Inter de Milán es un tipo versátil donde los haya que siempre aparece donde más se le necesita. Suyo fue el primer gol croata de la final y muchas de las mejores llegadas, pero le faltó algo de precisión en la definición. En la derecha arrancó Rebic, para mi, junto con el portero inglés Pickford, una de las revelaciones del campeonato. Un puñal, un perro rabioso con calidad de sobra y la portería rival entre ceja y ceja, le falta algo de pausa, pero es un jugador peligrosísimo. Fue sustituido en los últimos minutos por un Kramaric que no logró darle más presencia en el área a los suyos.

En la punta francesa, Giroud ejerce de pivote, casi al estilo del balonmano. Su inclusión en el segundo partido del Mundial liberó a Griezmann y Mbappé, dándole alas al fútbol de los franceses. Ha pasado por el Mundial sin conseguir conectar un solo tiro entre los tres palos, pero esa no fue su función, cosas del fútbol moderno. Fue sustituído en la segunda mitad por un Fekir que, fuera de sus sitio preferente, no ha podido dejar en este Mundial muestras de su calidad. Griezmann fue algo así como el Modric de los franceses. Además de ser fundamental en las acciones a balón parado, ayer, como durante todo el mes, concedió fluidez a su equipo, entregando el balón casi siempre al lugar y destinatario correcto, manejando el ritmo y el compás. Le faltó algo más de desparpajo para ir arriba para haber sido considerado Balón de Oro, debió conformarse con el de bronce. El ariete croata fue Mandzukic, quien luchó por generar espacios y cuerpeo con los defensas galos sin el éxito deseado. No obstante, de su lucha vino el segundo gol de su equipo y nada puede reprochársele.

El partido arrancó con Croacia más valiente, atacante y dominante. Pero eso no iba en contra del plan de Francia. Al primer balón parado peligroso, un piscinazo de Griezmann en banda derecha a tres cuartos de cancha, el centro del colchonero lo peinó Mandzukic para batir a su portero. Duro golpe para los croatas, verse abajo por una falta que no fue. Por suerte para la final, solo tardaron diez minutos en igualar, también en una jugada a balón parado. Una falta ensayada que, tras tocar cuatro jugadores croatas, cayó a pies de Perisic, que regateó a Kanté y cruzó un chutazo imposible para Lloris. Pero cuando los croatas aun celebraban no haberse venido abajo tras el primer gol, llegó la acción polémica del partido.

Si éste era el Mundial del VAR, debía dejarnos una acción de este tipo. Un penalti en la final que el árbitro no marcó de entrada pero que, tras algunos minutos de consulta y visualización a pie de campo, indicó como tal. Tal vez yo no sea objetivo por ser un enamorado del VAR, pero a mi me pareció mano muy clara la extraña acción de Perisic en el primer palo tras el lanzamiento de un córner y me alegro de que Pitana tuviera la ocasión de corregir su primera decisión. Griezmann lo anotó y mandó a los croatas al descanso algo desorientados por la extraña forma en la que esa final se le había puesto 2-1 en contra.

Quisieron despertar los arlequinados en la segunda mitad, pero una vez más el fútbol fue cruel con ellos. A los 14 y a los 20 minutos de la reanudación, los franceses encontraron dos zapatazos desde la frontal de Pogba y Mbappé en jugadas brillantes, pero aisladas. A pesar de todos los golpes del destino, los croatas siguieron luchando hasta el final, tratando de encerrar a los franceses que siguieron en su camino de solvencia, fútbol simple hecho sencillo, eficacia y seguridad que les llevó hasta la final. Tan solo cuando Lloris quiso salirse de esa sobriedad e intentó un regate a Mandzukic en área pequeña puso en riesgo esa ventaja.

Mandzukic celebra gol Croacia

Al final, el Mundial para quien lo trabajó, aunque fuera sin brillo ¿presagio del fútbol que nos viene? Siempre habrá quien se salga de la norma. Francia fue campeona sin jugar de forma demasiado atractiva, sin ni siquiera ser mejor que Croacia en la final, pero, seguramente y a su manera, cabe decir que ha ganado la mejor selección del Mundial.

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