Ha generado una curiosa polémica lo ocurrido en Mestalla hace poco más de una semana. La acción de Neymar hacia la afición valencianista no justifica el lanzamiento de una botella, por mucho que sus palabras a la grada fueran lamentables. Por desgracia, no es una novedad en el mundo del fútbol el asunto de los insultos y los gestos de mal gusto.

Buscando un tema para escribir hoy, observé que un 1 de noviembre, de 1997, se disputó un clásico en el Santiago Bernabéu que tuvo como protagonista un aspaviento poco decoroso. Supongo que recordaran de lo que les hablo. Giovanni logró el 2-3 definitivo y le dedicó varios cortes de manga a los aficionados madridistas. Al brasileño le sancionaron con dos partidos por esta acción.

Uno de los tres cortes de mangas de Giovanni

La butifarra, es un gesto muy común entre los futbolistas. Pepe lo hizo tras el gol de Cristiano Ronaldo al F.C. Barcelona en la Final de Copa del Rey de 2011; el propio crack de Madeira, tras ganar la Liga en San Mamés en 2012, le dedicó un corte de mangas a Javi Martínez al acabar el partido; y así podríamos seguir un buen rato citando jugadores que han reaccionado de esta fea manera.

Y sobre insultos, lamentablemente, podríamos escribir una enciclopedia. La primera vez que vi a un jugador proferir insultos fue en el Mundial de 1990. Diego Armando Maradona insultó a los hinchas que abuchearon y silbaron el himno nacional argentino en la Final frente a Alemania Federal. En ese campeonato, también fue famoso el rifirrafe entre Frank Rijkaard y Rudi Völler.

Se puede argumentar para justificar estas feas reacciones, que el futbolista está con las pulsaciones a mil, tenso y no es capaz de pensar con frialdad. Para mí son excusas banales y oportunistas. Solo cabe esperar que este tipo de acciones desagradables y antideportivas no se repitan, aunque, para ser sincero, no soy muy optimista.

Sobre El Autor

Apasionado del fútbol y Bético por encima de todas las cosas. Continuamente pendiente de la actualidad del club verdiblanco, disfruto y sufro con las alegrías y sinsabores del Betis. Ser Bético es real como la vida misma, ya que uno aprende a levantarse tras continuas caídas. Y ahí está la verdadera fuerza del Betis: en sobrevivir a los contratiempos.

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