Hoy es uno de esos días en los que me toca escribir en primera persona, desde el alma y las entrañas, con más corazón que cerebro. Hoy no me toca ser analítico ni descriptivo, hoy es un día para soltar sentimientos. Porque hoy, pasado ya el domingo y culminada la Liga en su temporada 2016 – 2017, queda la certeza (mediatizada por el estado de la obra del Metropolitano) de que no volveré a pisar uno de esos lugares en los que te sientes como en casa. Más allá de finales de Copa y conciertos, desde el punto de vista colchonero, el Vicente Calderón ha echado el cierre.

Han sido casi 51 años de fútbol en estado puro, de emociones, alegrías y disgustos. Siendo el Atleti, se pueden imaginar que esas paredes han vivido de todo, desde dobletes hasta registros de la Guardia Civil, desde semifinales de Champions contra el Bayern a partidos de Segunda División contra el Universidad de Las Palmas, con todos los respetos.

Echando cuentas, calculo que habré pisado sus gradas para vivir algo más de 300 partidos, desde los lejanos años 80, en los que acudí por primera vez a ver un partido entre el Atlético y el Sporting de Gijón. Del partido solo recuerdo un empate final a un gol, que tal vez ni siquiera fuera realmente el resultado final. Lo que sí recuerdo fue subir la cuesta de la Pradera de San Isidro junto a mi padre, algo decepcionados por el empate, pero con la emoción de haber pisado por primera vez un gran estadio.

Ahora me toca llevar a mis hijos de la mano, tratar de enseñarles lo que significa querer a estos colores y esperar que, cuando a su vez tengan hijos, les digan que llegaron a conocer aquel Estadio Vicente Calderón del que hablarán los libros de historia del fútbol, y que lo hicieron de la mano del abuelo. Y espero que, aunque no se acuerden de casi nada (mi única esperanza es el mayor, que ya tiene ocho años, las pequeñas de dos y menos de un año, se que no van a mantener más recuerdo que las fotografías que les enseñemos), se sientan orgullosos de haber pisado este templo a la pasión.

Este domingo, con todo hecho en cuanto a la clasificación liguera para los locales, toda la emoción quedaba reservada para la despedida. Quedaba claro al pasar por el Puente de San Isidro, camino habitual en el peregrinaje de los colchoneros desde las zonas de aparcamiento hasta el estadio, y marco ideal para una fotografía con el estadio al fondo. Este domingo no faltaba un centímetro de puente en el que no hubiera alguien inmortalizando la despedida del viejo edificio. Pronto el puente, la Pradera de San Isidro, el Paseo de los Melancólicos… quedarán desiertos de rayas rojiblancas.

Como en este club las celebraciones no siempre salen bien, que a los pocos minutos el marcador reflejara un 2-0 con ambos tantos obra de Torres, el hijo pródigo que se crió en las gradas de la orilla del Manzanares, era para frotarse los ojos de incredulidad. Para que la alegría no fuera completa, en la segunda mitad Laporte evitó bajo palos el hat trick del fuenlabreño. Además, Williams puso el susto en el cuerpo hasta que Correa culminó la historia de los goles del Calderón en Liga marcando a placer el 3-1. El homenaje arrancó antes de finalizar el encuentro, con el cambio de Tiago, que jugaba su último partido y que fue saludado por una estruendosa ovación y la piña de todos sus compañeros, eso sí, mientras Estrada Fernández, luciendo falta de sensibilidad, le metía prisa para abandonar el campo.

Pero una vez finalizado el partido, como lustroso prólogo de lo importante esa tarde, empezó la celebración con mayúsculas con la despedida formal a Tiago, visiblemente emocionado con el acompañamiento de sus familiares (mucho mejor que la compañía del colegiado Estrada) y el apoyo de su público, que le reconocía su importancia en la gloriosa historia reciente del Atlético de Madrid.

También importante en la historia presente y futura va a ser la sección femenina del club. En un deporte en claro auge, como es el fútbol femenino, el Atlético se ha proclamado por primera vez campeón de Liga. Tras recibir el pasillo de sus compañeros masculinos, dieron una más que merecida vuelta de honor a un estadio que deberían haber pisado en alguna ocasión más, algo que esperemos que ocurra en el Metropolitano.

Luego, los actos centrales, la despedida pura y dura, fue un elegante y agradable paseo por el último medio siglo de la historia del club, con presencia sobre el césped de los títulos logrados y sus protagonistas, con el obligatorio recuerdo a los que esperan en el tercer anfiteatro, allá por encima de las nubes que ayer cubrían el cielo capitalino. La presencia de una bandera gigante portada por socios del club de todas las edades y el despliegue de las clásicas líneas rojiblancas cubriendo el césped dieron lugar a una bella fotografía para la historia del feudo colchonero. Una fiesta comedida, apenas interrumpida en un par de ocasiones para un rebelde pero resignado grito contra el sobrenombre comercial del nuevo estadio y contra el cambio del escudo.

El momento cumbre vino con los discursos. El de Gárate, en nombre de los veteranos, que con su voz quebrada recordó las glorias pasadas entre esas gradas. El de Gabi, el actual capitán, que recordó lo vivido hace pocos días tras caer derrotados pero no rendidos ante el Real Madrid en Champions bajo una lluvia torrencial. Y el más esperado, el del chamán de la tribu, el Cholo Simeone. El técnico tiró de retranca al hablar de otros que tal vez tengan más dinero y más títulos, pero que no pueden igualar el sentimiento de la vieja caldera colchonera, llenó de esperanza los corazones colchoneros al declarar que el equipo “tiene futuro” y dejó el guiño de la tarde al anunciar públicamente que se queda en el club, acallando cualquier rumor agorero de los que siempre le persiguen. Solo faltó que Griezmann agarrara el micro para decir que él también se queda, aunque fue bastante elocuente su forma de bailar y agitarse al grito de “madridista el que no bote” proferido por la grada.

Una tarde de emociones, que acabó con todos echando la vista atrás al salir por la puerta del estadio, al que, como dice Pablo, mi impenitente compañero de fatigas rojiblancas desde que cantábamos el himno en la guardería, volveremos para recoger el asiento. Pero ya no para ver a nuestro Atleti. Subimos la cuesta de la Pradera de San Isidro con mis hijos de la mano, y en la emoción de los ojos del mayor detecto que empieza a entender de qué va esto de ser del Atleti, aunque ya lo sospechaba cuando lloró tras la final de Milán o cuando quiso llevar su camiseta de Griezmann al colegio tras caer eliminados ante el Real Madrid. Lo siento cariño, te he pasado un virus del que difícilmente sanarás.

El Nuevo Metropolitano será mejor, será más cómodo, hará menos frío, será más grande y hasta más bonito, pero tardará en coger el sabor de la orilla del río. Son procesos, cosas que tiene la vida, es necesario mirar adelante y avanzar, pero sospecho que no podré contener una lagrimilla cuando vea caer a este segundo hogar en el que todos dejamos jirones de nuestro corazón y, seguramente, de nuestra salud, al vetusto Manzanares. Hasta siempre viejo amigo.

Sobre El Autor

Director Adjunto

Futbolero y colchonero desde 1978. Sé por qué soy del Atleti, pero no puedo explicarlo. Si quieres hablar de fútbol, aquí tienes un amigo.

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