A MATÍAS SE LO LLEVÓ UNA NEUMONÍA una noche de cuartos de final de Champions. Su ataúd era pequeño; Matías no decía nada, le habían dejado las manos cruzadas sobre el pecho, podían verse con claridad los nudillos de la zurda que en su día tumbó al pollero de un solo golpe. En su entierro fuimos tres: su hermana, el chino del final de la barra y yo. Antonio no pudo venir porque le venía el electricista, había decidido reformar el bar justo después de la redada en el chalet de Desi. Pero la operación de estética no le fue nada bien; aseos accesibles, una cocina limpia, cómodas sillas… pero demasiados intrusos. El fútbol se largó de allí. Y, poco después, yo también.

Aquel asunto con Lucas y mi mal disimulada capacidad para retrasar los expedientes urgentes me llevaron al despacho de un don Alberto una mañana. En diez minutos me había despachado. «Un tiempo en el extranjero pisando el barro le ayudará a centrarse y valorar su puesto», dijo. Luego añadió las frases habituales con implicación, empresa y compromiso.

Sin despacho, sin bar, en fuera de juego clarísimo; no tuve otro remedio que aceptar aquella “oferta”. En pocas semanas tuve que disponer todo para el traslado.

Al menos hablaba perfectamente alemán; aprendido muchos años antes, en diez minutos.

A pesar de tantos años, ese sabor a cobre persistía, más intenso con los cambios de tiempo. Por eso, cuando recogía mi maleta de la cinta del aeropuerto de Langenhagen, supe que llovería los próximos días, que tendríamos problemas con el nivel freático, que se complicaría aquella maldita obra. Y que pisaría barro, ya lo creo que lo pisaría.

Un año no es demasiado tiempo, me dije cuando me instalé en aquella ciudad que parecía siempre recién afeitada entre todos esos vapores de calefacción central. Pero enseguida pude comprobar que sí lo es. Sí lo es cuando llevas una obra en una ciudad alemana; sí lo es si tu diario es una sucia caseta de obra, lo es cuando todo funciona con una desacostumbrada eficacia, con una anómala precisión; lo es si detestas las salchichas con puré de patatas y abres cada noche la puerta de un apartamento con eco y productos caducados en el frigorífico. Por suerte, había un bar. Siempre hay un bar. Un bar silencioso al que acudía cada noche a la misma hora — aquí todo es demasiado puntual —; allí, inmerso en aquel silencio, al menos encontraba ruido, todo ese ruido que hace el pasado y que puede oírse ahí, incrustado en cualquier vieja barra de madera donde te pongan una jarra de cerveza.

Jürgen es un camarero paciente, y le importa bien poco quién soy y qué hago aquí, los alemanes no son curiosos. Eficiente, sirve rápido, mantiene la barra limpia, cambia a menudo los posavasos con nombres de antiguas abadías y deja en paz a sus clientes a los que acaba siempre dando la razón: lo mínimo que se le puede exigir a un buen camarero. Y Jürgen lo era. Por eso mis compañeros de barra tienen siempre su jarra llena y no hablan, beben solos y miran la Bundesliga con ojos de ternera.

Nunca les pude contar que no me pesaba no haber sido diligente con los expedientes urgentes, que, después de tantos años, me habían desterrado por mis propios deméritos, legítimamente adquiridos a lo largo de los últimos años y a los que no tuve nada que alegar. Bastante bien pagado me sentí con el despido de Lucas: verle recoger sus cosas en aquella caja del Dia con esas manos torpes, tan rechonchas; pero lo mejor fue el numerito de esposa celosa que le montaron a Inma una mañana, justo cuando, por sorpresa, se descubrió lo suyo con aquel de Contabilidad. Velasco se chivó, grande el cojo; nunca se lo agradeceremos lo suficiente.

Nunca les pude contar todo eso, hay cosas que no se pueden decir en alemán. Tampoco aquello: que una vez había vivido otra vida diez minutos.

Superaba esa tentación una y otra vez desde hacía ya demasiado tiempo; en especial cuando bebía o si pegaba la hebra con algún desconocido en un aeropuerto. Cada vez me quemaba más ahí dentro, fiel como mi ardor de estómago. Seguía desconociendo las consecuencias, y estuve cerca de comprobarlas en alguna noche de copas y palabras, pero allí era distinto, allí contaba con el atenuante del destierro al que me había confinado don Alberto. Resistí a pesar de todo. Un pacto es un pacto, y Sagrario cumplió su parte. Era mejor evitar el descrédito, la vergüenza a tener que encajar una sonora carcajada, a que me tomaran por un perturbado, o peor, que me partieran la cara con motivos más que suficientes. Rehusaba una y otra vez a tiempo, siempre en ese último instante de cordura que antecede a la confesión.

No se puede ir por ahí diciendo que jugaste diez minutos en la final de un mundial. No se puede. Por mucho que me hubiera esforzado en explicarles que el pitido que anunció el descanso me sacó de allí de una forma abrupta, que sentí una percusión sorda en todo mi cuerpo cuando me encaminaba al vestuario y que luego vino ese golpe sobre el piso de Argüelles y regresé a las cuatro paredes, a una toalla empapada, a mi cuerpo sobre la estera, rígido, mío ya, inmóvil; que esa claridad tan endeble venía del pasillo, que de su fondo provenía ese sonido de cubiertos porque alguien cenaba en el salón; que olía a espárragos. Por mucho que me hubiera esforzado en todos esos detalles, no hubieran pasado de ser palabras mojadas. Mojadas de cerveza.

No se puede. No hubiera sido de recibo contar que intenté despertar moviendo los dedos de las manos, uno a uno; que continué con los pies hasta conseguir un ligero cosquilleo en las piernas que me hizo sentir los vaqueros pegados a mi piel; que logré al fin mover un brazo y sentir el polo en mi pecho, que, en cuanto pude, me llevé la mano al bolsillo para palpar la cartera — lo primero era lo primero—, que minutos después sentí todo el resto del cuerpo. El mío. Que volví a ser otra vez Venancio.

No se puede. No se puede ir por ahí contando ese tipo de verdades en un país que luce cuatro estrellas de cinco puntas sobre el águila de la Deutscher Fußball-Bund.

Así que hacía como ellos: bebía solo. Recreando una y otra vez el pase que me hizo Grabowski desde la banda derecha en el 43, el pase que controlé con la izquierda dejándome el balón atrás para zafarme de mi marca, quedando de espaldas a Jongbloed para, de inmediato, revolverme en un palmo y disparar raso y cruzado. Gol. Un gol que valió el Mundial de Alemania. Un gol que me salió gratis.

Alemania. Un lugar donde me marchitaba con total éxito, donde me atropellaban con insistencia las bicicletas, donde no encontraba mi sitio fuera del área del Olímpico de Múnich, fuera de aquella vieja barra donde bebía en silencio y miraba la Bundesliga en una pantalla de alta definición. Alemania.

Cada objeto en su sitio, cada quien en su lugar, aquí ningún expediente es urgente, no hace falta, todo se tramita con la misma diligencia; todo empapado de ese silencio húmedo sólo roto por los timbres de las bicicletas y el tilín de los tranvías. Una acuarela gris, inmóvil.

 

Un día, algo se movió. Aquel tipo comenzó a aparecer en el bar cada noche a la misma hora; un hombre común, transparente. Debieron pasar unas semanas hasta que reparé en él; abría la puerta despacio, caminaba con una extraña cadencia, como si dispusiera de toda una vida para todo; no había nada en él de esa determinación germánica a no ser porque se sentaba en la barra y bebía, solo; miraba la tele y mascullaba alguna que otra palabra, quizás fueran insultos a medio hacer o apreciaciones de una jugada, de un pase; en cierto modo era Matías, una reencarnación alemana de Matías, reconocible tan sólo por esa forma de comunicarse: silencios. Un lenguaje que me era familiar.

Me llamó la atención eso; y esa forma de paladear después de cada trago. Para el resto pasó desapercibido, estoy seguro —los alemanes son confiados—, pero yo no tanto, nadie paladea tanto una cerveza, no es un Armañac. Me acabé interesando por él, al principio de una forma visual tan sólo, pero con el tiempo supe arreglármelas para tenerlo siempre sentado junto a mí; fue entonces cuando pasó a ser un objeto inerte, como si formara parte del mobiliario, tanto que, después de unos días, parecía haberse mimetizado con la barra hasta el punto que creí reconocer en la piel de sus antebrazos los mismos nudos que moteaban la madera.

Le apodé Holzhaut.

Me propuse construir su vida con todos esos indicios: su ropa, sus maneras, esa forma de agarrar la jarra y paladear el trago, su incontenible simpleza, ese aspecto de nada que da la antesala de la madurez, la segunda acepción de la adolescencia, cuando no eres joven, cuando no eres un señor. Holzhaut era eso: nada. Uno le presupone mucho a un extraño a la vista de muy poco; y se puede, se puede encajar todo ese puzle compuesto por piezas inconexas que a cada noche iban cerrando pequeñas áreas, desvelando una existencia tan común como cualquier otra, tan singular como todas.

Comencé a seguirle cada noche. Me llegó a intrigar su itinerario, la forma de volver a casa dice mucho de alguien, y Holzhaut caminaba dos, tres manzanas, siempre con la misma lentitud que bebía, y se paraba a curiosear en cualquier escaparate antes de meterse en aquel hotel común, anodino, que le hacía total justicia a su existencia.

Cierta predilección por las ferreterías hizo que le asignara esa abominable afición al bricolaje, esa que nace un día en un garaje cuando se adaptan muebles a nuevas necesidades, cuando se fabrican útiles estanterías observando los consejos del Deutsches Institut für Normung; o peor: un jardín modélico y contenido que aprovechara la generosidad del clima. Holzhaut parecía escrudiñar esos bodegones industriales con gravedad de juicio.

Pero una noche se paró un buen rato frente al cristal de una tienda de deportes, sección botas de fútbol. Esto era nuevo: a Holzhaut le interesaba el fútbol; una escondida pasión, supuse —seré curioso…—,  incompatible con su vida familiar quizás. Me interesó. Vi por ahí una posibilidad de hincarle el diente, de entrar en ese envase de madera. ¿Del Borussia? Podría preguntarle cualquier noche. Por aquí los intrusos acababan siempre siendo de Dortmund.

Era esperar a los cuartos de la Pokal y, apenas sin dirigirme a él directamente, provocarle, indicar mi predilección por el Bayern, o mi aversión a su rival esa noche, y Holzhaut accedería a la charla. Nadie al que le guste esto se muestra simétrico, siempre se muestra una predilección por alguno de los equipos aun cuando el choque te sea ajeno; uno se puede decantar por algo tan intrascendente como el color de la medias, la forma del escudo en la camiseta, un gesto técnico en el medio campo, cosas así, o algo tan caprichoso como los nombres, a quién no le gusta un portero con apellido vasco, a quién; quién no se decanta por un media punta argentino de apellido italiano. Y Holzhaut no sería tan distinto, decía yo, acabaría cantando animado por la cerveza. Luego, al final del partido, le invitaría a un trago, y tendría acceso directo a esa vida donde seguro se daban todos esos sucesos repetidos a ritmos constantes, con escasas y previsibles variaciones; una vez le hubiera confiado, conocería de inmediato el aspecto de su casa, el modelo de Mercedes que conduce, los nombres de pila de la señora Holzhaut e hijos, entonces esa foto familiar saldría de la cartera y yo correspondería con la cortesía esperada, con el comentario amable que abriría otra puerta, y otra puerta… Los Holzhaut se acaban abriendo a desconocidos.

Ese miércoles era noche de Pokal, cuartos de final; en el ángulo superior del monitor corrían los minutos, justo en ese momento necesitábamos un gol y El Bayern estaba volcado sobre el área del Hannover. El extremo se había colado por banda derecha, se había sacado un buen centro al área después de irse de su lateral. Era cuestión de tiempo. Estos alemanes corren, y van bien por alto —le decía yo a Holzhaut mentalmente—, nunca cesan, nunca cambian el ritmo: un rodillo. Aquí el fútbol es un oficio, ¿no crees? Tan serio como el de notario, y me gusta esa forma tan acorde al juego que tienen los comentaristas de narrar los partidos, pasión la justa, parecen estar elevando a pública una escritura de propiedad. Seriedad, diligencia, implicación que diría don Alberto. Don Alberto es…

Pero Holzhaut miraba los partidos como ellos, como en misa, con recogimiento de beato protestante. Yo era el contrapunto a todo eso, nunca disimulaba mi predilección por los de Baviera en aquel ambiente local, silencioso y amablemente hostil al Bayern; jaleaba a los delanteros, soltaba hostias y coños, o le mandaba recuerdos a los parientes de primer grado del portero cuando cantaba; los del Hannover, pacientes, me toleraban eso y más por parroquiano, por no fallar ni una noche, por mi implicación con las jarras de cerveza, porque ya tenía la piel de madera; aceptaban mi desahogo y los exagerados movimientos de manos porque me confundían con un italiano, sin duda, un punto exótico nunca les sobra. Así que era el día perfecto para iniciar con Holzhaut ese hermanamiento silencioso que sólo proporciona la grada, aunque aquella fuera como él, de madera.

Y fue en ese instante, cuando el delantero centro disparó demasiado alto, cuando iba a dirigirme a él para comentarle que siempre se iban altas porque el pie se llena de balón, porque no saben tocarla, que me lo había dicho Matías decenas de veces con ese gesto de la mano, cuando Holzhaut me dejó con la palabra en la boca.

En ese instante habló por primera vez. Sin referirse a nadie en particular. Le dio un buen trago a su Weißbier, después miró la jarra y dijo: «Kupfer».

Paralizado, continué mirando el partido, pero no ya no lo miraba.

En Hannover puedes hacer muchas cosas, pero no puedes acercarte a un desconocido y preguntarle algo personal. Está mal visto. Sin sacar la mirada de la pantalla, dije en castellano:

— Más intenso con los cambios de tiempo.

— Ejsakto— respondió sin mirarme.

Jürgen nos dirigió la mirada sorprendido, para él aquello era una conversación.

 

 

Acordamos que aquella mesa, en un rincón olvidado donde no se había sentado nadie desde la unificación, era lo suficientemente discreta. Conviene siempre, para según qué cosas, un reservado. También en Alemania.

Holzhaut resultó ser Dieter Schütz, un nombre tan común aquí que para el caso es como no llamarse de ninguna manera, una forma de no ser nadie. Me sorprendió su español en esa latitud, aun trabándose en algún subjuntivo y confundiendo preposiciones, su camino era recto; sonaba enmohecido, desgastado por el tiempo,  y no me aclaró la procedencia de su dominio a pesar de mi curiosidad. Acostumbrado a verle de perfil, aquella vista frontal me resultó novedosa: descubrí unas manos firmes, rodeaban la jarra de cerveza de una forma simétrica, calculada, protegiendo su contenido, y unos ojos opacos y grises, directos como su español; Algo de estoicismo en su pose, como ajeno a sí mismo; la voz le salía en un tono azul cobalto —asigno colores a las voces en alemán —, pero bien afinado, sin esa bronquedad que suele llevar asociada toda la gama fría del idioma.

Bebimos la primera sin nada que decirnos.

Pero a la tercera había dejado atrás la justificación de su estancia en la ciudad, los pormenores de sus negocios, los inconvenientes de dormir fuera de casa y la aspereza de las zonas industriales del norte. Dijo ser de Stuttgart, y un experto comercial de sistemas de refrigeración industriales —frigoríficos en Alemania… donde el frío es casi la única cortesía asegurada—, otra de las formas de no ser nada.

«Pero son tan necesarios —argumentaba con gran profesionalidad ante mi indiferencia— para la conservación de cárnicos, para la cadena del frío… la trazabilidad… tan imprescindibles que…» Que, a pesar de que se cumplieran mis pronósticos, todo aquello acabó pareciéndome un modo cualquiera de eludir el tema que nos había llevado a compartir mesa en un país donde nadie se sienta con nadie, donde nadie habla con nadie.

Yo no había hecho más que contener la charla con un catenaccio: bebiendo, mirándole, midiéndole; calculando en qué momento.

Y lo hizo, justo después de confesarme el secreto para cocinar un buen Wiener Schnitzel.

— Usted sabe, como yo, que lloverá pronto— dijo.

Callé. Apuré mi cerveza. Pedí otras dos con un gesto alusivo. Jürgen las puso de inmediato y se esfumó a su puesto en la barra. El discreto Jürgen.

—Al igual que ya habrá supuesto que no soy Dieter Schütz — Pegó un trago, lo saboreó, continuó —. Y no soy Dieter Schütz porque Dieter Schütz no siente este sabor a cobre, más intenso con los cambios de tiempo, sí; Dieter Schütz no sabe una palabra de español. A Dieter Schütz lo conoce usted muy bien; vende sistemas de refrigeración, y se gana bien la vida; viaja a menudo a Hannover y pasa allí varias semanas por negocios; es un hombre corriente como ha podido comprobar, aficionado al bricolaje, claro, y apenas le interesa la Bundesliga y la Pokal, pero uno de sus hijos juega bien al fútbol y muy pronto cumplirá los dieciséis. Dieter lleva una vida muy sencilla, se aloja en hoteles baratos para viajantes y añora a su familia cuando está lejos de su hogar, en Göppingen, un pueblo cualquiera. Bebe solo, camina solo y no interesa a nadie. A nadie excepto a los curiosos. Y no abundan los curiosos en los bares de la Baja Sajonia. Excepto en este bar, donde Dieter ha encontrado uno sentado en esa barra viendo al Bayern, bebiendo solo cada noche, recordando ese gol después de tanto tiempo con ese sabor a cobre en cada trago. No, no diga nada ahora. Beba, por favor.

El Bayern marcó. Dieter se giró para ver la repetición. Masculló algo. Luego dio otro trago y volvió a saborearlo. Me miró a los ojos un instante, sin esperar nada de mí. Mantuve silencio.

Continúo después de otro trago. Su español fue mejorando de forma sorprendente.

— Mi nombre es Gerhard Müller, delantero centro. Y en estos momentos estoy tendido en el suelo de una pequeña habitación, probablemente sudando, sobre una esterilla con una toalla en un piso de Argüelles donde dentro de unos momentos pagaré una elevada suma de dinero a una mujer que usted conoce, una mujer con la que hizo un trato hace muchos años. La elevada suma que me pidió por encontrarle. Y esta noche acaba de cumplir su parte.

Pegó otro gran trago antes de proseguir.

— He venido a recuperar diez minutos: esos que van del 35 al 45 de la primera parte de la final del Mundial de Alemania en El Olímpico de Múnich el 7 de julio de 1974. Estoy aquí para que me los devuelva. Y lo va a hacer, créame, Venancio.

El árbitro pitó el final del partido. El Bayern pasó de ronda. El bar se quedó vacío.

Regresé a casa caminado por esas aceras mojadas de miércoles. Por el carril para bicicletas. Alguien me gritó: “Aus dem weg du narr!”.

Pero no lo entendí.

 

Óscar R. Valladares

Julio 2018.