Nos hallamos en unos tiempos en los que los abonos para ver la temporada de tu equipo oliendo el césped rondan los 800 euros, he cogido un club de la parte media de la tabla. Habitamos en una época en la que el Sr. Tebas nos obliga a recogernos antes los fines de semana para que los cantos de animación no laceren nuestros resacosos oídos. A pesar de que nos vanagloriamos de vivir en la era digital, para seguir todos los partidos de tu equipo, tienes que abonarte a dos plataformas diferentes al mismo tiempo que contratas paquetes de telefonía dobles mientras tu parienta se deja engañar por megas que no necesitas. En estos tiempos, época y era nuestro forofismo nos hace en ocasiones denostar el propio fútbol.

Se llenan las tertulias futbolísticas de clamores contra los grandes futbolistas, aquellos a los que encumbramos a los altares o lanzamos a los infiernos dependiendo de la camiseta que porten. En lugar de que el aficionado culé discuta la inexplicable decisión de Luis Enrique de mantener en plantilla a Aleix Vidal, titular indiscutible como lateral derecho del sofá de su casa, en vez de disfrutar de la mejor plantilla de los últimos años o asistir atónito a la explosión del multijugador Sergi Roberto.

En lugar de que el aficionado madridista charle sobre la solidez en cuanto a resultados, que no tanto juego, de su equipo, sobre la gran promesa que es Marco Asensio o el gran proyecto de jugador que es Lucas Vázquez. En lugar de todo eso andan ambas aficiones, y sobre todo medios de comunicación, enzarzados en discusiones sobre si Neymar y Ramos son tan buenas personas como jugadores.

Sergio Ramos y Pepe

Reclaman los unos la gran afición teatral de Sergio Ramos, haciendo ver que el esférico cambió su trayectoria y golpeó su cabeza en lugar del brazo. Olvidan estos mismos que Busquets hizo lo mismo y forma parte de la picaresca futbolística, que no desaparecerá hasta que no se instaure de manera definitiva la tecnología en el campo de fútbol. Defienden los otros que el central de Camas es el mayor ejemplo de inteligencia futbolística, olvidando mencionar que la misma acción realizada por un jugador con la camiseta rojiblanca o azulgrana fue anteriormente enjuiciada con rasero opuesto en sucesivas portadas capitalinas.

Polemizan los unos con la excesiva exhibición de manejo del esférico que suele realizar Neymar con marcador a favor. A los estrafalarios comentarios del siempre inoportuno Manolo Sanchís y febril Hipólito Rincón, se sumó este fin de semana. de manera inexplicable, el exquisito ex-futbolista Michael Laudrup. Olvida el buen danés los pases mirando al tendido con el que deleitó tanto a las aficiones culé como merengue durante años pretéritos, sin que ningún defensa lo levantase cuatro palmos sobre la hierba. De igual manera olvidan los unos y los otros las filigranas que jugadores de su propia plantilla realizaban no hasta hace mucho cuando el físico no les había castigado tanto.

Neymar celebración Rayo

La simulación en el campo de fútbol es algo que forma parte de la idiosincrasia del futbolista español y es algo que no desaparecerá hasta que no se tomen medidas, como ocurre en “la pérfida Albión”. Lo otro es algo que nunca debe de desaparecer. El aficionado va al campo a ver espectáculo, y ese espectáculo incluye regates, fintas y pases al tendido, vistan la camiseta que vistan esos jugadores.

El jubilado paga su abono no para ver jugadores que heridos en su orgullo ante esos regates, ese orgullo que no queda dañado aunque el electrónico indique un marcador claramente desfavorable en partidos de pésima actitud, decidan cercenar, alentados por furiosos comentaristas, la pierna del contrario. El aficionado de a pie asiste al campo a ver a su equipo ganar, luchar, correr y desfallecer por ese escudo, pero, si eso no fuese posible, a disfrutar del fútbol, de la magia del mismo, de los regates desenfadados, de las fintas, los amagues y los goles imposibles. El buen seguidor del fútbol aprecia el juego de Ronaldo, Nasri, Silva, Messi, Iniesta…, Neymar, sí, Neymar.

Permitamos que la magia destrone a la violencia, y no que la violencia genere más violencia, defendamos a los jugadores que se defienden con la pelota contra el juego agresivo, como dijo Diego, con otro sentido, “que la pelota no se manche”.

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