Este es un concepto que siempre me ha llamado la atención. Y mucho. Vas a una manifestación y de repente, te topas con la policía. Lo suyo es liarse a palos porque es una provocación. Aunque lleves las de perder, porque ellos suelen ir mejor preparados que tu… Vas a un concierto de Aerosmith a Barcelona y al final del concierto, el grupo lanza un video en una pantalla gigantesca que empieza con una bandera española. Hay que pitar y cagarse en la puta madre de alguien porque es una provocación.

Vas a ver un partido de fútbol y el equipo visitante marca el gol de la victoria en el minuto 93 y los jugadores no tienen otra ocurrencia que celebrar el gol en el mismísimo fondo. Aparte de acordarme de todos sus familiares habidos y por haber, habrá que tirarles algo, ¿no? Porque es una provocación. Que viene Figo a tirar un córner, oye, tírale una cabeza de cochinillo, que nos está provocando…

Este es el mundo en el que vivimos. Para justificar todo tipo de barbaridades usamos la palabra de turno. Y ojo, si mi vecino, mi compañero de trabajo o mi amigo me provoca, vale todo. O casi todo. A raíz de los tristes incidentes que sucedieron en los minutos finales del partido Valencia-Barcelona (en el TIEMPO AÑADIDO, no en el descuento, que no me canso de decirlo…) he oído muchas barbaridades. Cuando éstas las escuchaba en la barra de un bar, o esperando para recoger al niño de su entrenamiento de fútbol, no le daba más importancia de la debida (que la tiene, ojo…). Pero cuando las escuchas en las intelectualoides tertulias futboleras que pueblan el país mediático, me quedo asustado.

Tomás Roncero

Lo que pasó en Valencia tiene dos vertientes. Vayamos a la primera: el lanzamiento de la botella. Intolerable. Injustificable. Vergonzoso. Y punto. Que el protagonista del suceso haya sido un menor agrava aún más la situación. Ya está. No hay más que hablar. Es que Neymar… Me da igual. Es que Luis Suárez… Me da igual. Es que hicieron un corrito y… Me da igual.

Vuelvo a ver el vídeo hoy y se me cae la cara de vergüenza. En el montaje se incluyen planos cortos de aficionados del Valencia, soltando por sus bocas todo lo que se les pasa por la cabeza, sin filtro. En el otro lado, los aficionados culés tampoco gritan elogios precisamente, y cortes de mangas y butifarras se aprecian por doquier en dichas imágenes. Gratificante. Parece ser que Darwin no andaba tan desencaminado.

El colmo me pareció un video que se hizo “viral” durante la semana siguiente a los incidentes. En él se veía a un grupo de niños del equipo alevín del Valencia que celebran un gol formando un corro y de repente, cae un botella a un metro del corro. Y por arte de magia, todos los niños caen al suelo. ¡Qué graciosos! ¡Qué ocurrencia! Como casi siempre sucede con los menores, detrás habría un autor intelectual que esa noche debió acostarse mucho más feliz y realizado.

Me parece lamentable que un jugador marque un gol y en el segundo siguiente tenga que hacer un detallado estudio y análisis del campo en el que está jugando para saber a qué parte tiene que ir a celebrar el gol. Claro, esto se podría solucionar rápidamente: prohibamos por ley a los jugadores visitantes celebrar los goles que marque su equipo, valgan lo que valgan y signifiquen lo que signifiquen.

Me parece lamentable que en algunos campos, el entrenador visitante no pueda sacar la cabeza del banquillo bajo el peligro de que impacte en su cabeza cualquier objeto susceptible de ser lanzado desde la grada. Lo de oír insultos de la más variopinta procedencia creo que empiezan a tenerlo (tristemente) asumido.

Futbolistas y entrenadores han tenido que dar por bueno que jueguen donde jueguen, deben estar preparados para oí de todo, desde el insulto más modesto al festival de pitos más gigantesco. Y no sólo cuando juegas fuera de tu campo. Cristiano, en la pasada temporada, tuvo que soportar pitos e insultos en su propio campo, en el Bernabéu. Seguramente hizo alguna provocación al público que sirviera para justificar lo que pasó en dicho partido. Corría el mes de diciembre y el sparring fue el Rayo Vallecano.

También, en estos menesteres, hay otras frases que me emocionan hasta ponerme el vello como escarpias: “es que el público es soberano” o “el aficionado es el que paga”. Esperemos que por el hecho de pagar, no les de por ir al campo de fútbol con una recortada o un mortero. Podíamos también hablar de la categorización del insulto. Si tu vecino de asiento grita “Negro” o “Mono”, tu deber es denunciarle. Pero si lo que dice es “Hijo de puta”, no es necesario tomarle la matrícula. En fin…

Pero decía al principio que en el “affaire Mestalla” (campo caracterizado por su generosa paciencia con todo tipo de incidencias, locales o visitantes…) había dos lecturas. La segunda, no podía ser de otra manera, hay que dirigirla hacia los jugadores. La imagen que dan algunos de ellos en los campos de fútbol es VERGONZOSA. La reacción de Neymar el otro día fue VERGONZOSA. Que como consecuencia del impacto de la botella en UN jugador, cayeran dos fulminados al suelo y otros dos se dolieran de sus cabezas es VERGONZOSO. El posterior encaramiento de Messi con toda la bronca montada me parece ya incontrolable…

Pero poner SOLO a los jugadores del Barça en entredicho me parece injusto. Sobre todo porque en mayor o menor medida, eso que se vio en Mestalla el sábado se puede ver todas las jornadas en cualquier campo de España. Jugadores que se encaran con los aficionados. Jugadores que exageran golpes o impactos. Jugadores que caen al césped heridos de muerte. Jugadores que reciben un leve roce en un hombro y se echan la mano a la cara. Jugadores que sienten un ligero contacto dentro del área y se lanzan al pasto como si Harry el sucio les hubiera soltado un par de tiros…

En ese sentido, creo que los jugadores deberían hacer un esfuerzo grande por ser honestos y limpios  dentro del campo. Por dejar de simular faltas y agresiones. Por dejar de exagerar. Por dejar de intentar engañar al árbitro. Por dejar de encararse con rivales y aficionados. Por dejar de celebrar los goles de malas maneras.

¿Cómo atajar esto? Creo que debería existir un Comité de Etica o algo parecido (el nombre es lo de menos) que pueda estudiar ese tipo de acciones y comportamientos. Y sancionarlos cuando sea menester. Tocando el bolsillo de forma muy generosa, trabajando con porce

ntajes sobre el salario del jugador. Por ejemplo: que me acomodo el tema mirando a la grada, multa del 5 % de tu salario (si ganas, 400.000 euros, 20.000; si ganas 15 kilos, 750.000…). Y las multas que se vayan doblando. El segundo castigo, un 10 %, y la tercera, un 20 %. Verás como así miden más y mejor las consecuencias de sus actos. Y cuando un jugador sea reincidente, a la tercera o cuarta sanción, meterle algún partido.

No sé, a lo mejor esto es un poco exagerado, pero hay que hacer algo, porque de un tiempo a esta parte ver un partido de fútbol con tu hijo no es nada educativo: ni en en el campo, por lo que puede escuchar a su alrededor; ni en la tele, por lo que ve a los protagonistas del partido.

Porque si no, luego no quiero que nadie se rasgue las vestiduras si un niño de 11 años mete un gol en alevines y se gira a la grada, llevándose el dedo índice a la boca, pidiendo silencio a los aficionados.

Sobre El Autor

Existen 2 frases que me definen futbolísticamente: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos” (Alfredo Di Stéfano) y “En fútbol se pasa de puta a monja en cinco minutos” (Joaquín Caparrós).

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