Fuente: corbisimages.comUna enorme torre y vetusta torre de madera. Como las gradas del Viejo Sardinero. A lo largo de su superficie, miles y miles de recuerdos grabados a mano: “El ascenso del 93. Yo estuve allí!! ”; “Todos juntos a los pies del la Torre Eiffel”; “Ni Schuster ni Pelé, Quique Setién”; “Volveremos”; “Ra Ra Ra”; “Yosu Salvador”…

Muy cerca de la base, un viejo cartel reza: “Tournoi de l’Exposition Colonial. Justo debajo de él, una antigua orla recoge los rostros de los que una vez nos hicieron subcampeones de 1ª División. Pintura verdiblanca, desgastada por el tiempo, se desliza en espiral, como en los atemporales postes de barberos.

Astillas. Numerosas esquirlas arañan su superficie. La última, muy reciente, lleva la marca de un descenso a Segunda.

En la parte superior, una enorme botella de nitroglicerina. Dicen que está allí desde la 2ª llegada de Mr.Marshall (de origen hindú, la primera llegó desde Ucrania). Pero la verdad, más que probable, es que fueron manos “cántabras” las que la pusieron allí.

La torre se tambalea. Podría aguantar otros cien años, pero esas mismas manos (las que pusieron la nitro), están destrozando los cimientos a base de hachazos. La botella se mueve, parece sólo cuestión de tiempo el saber cuándo va a reventar.

A contracorriente, cientos de brazos luchan por evitar lo que parece inevitable, que la estructura se desmorone y la nitro arrase con todo al explotar. Volver a construirla desde cero no es una opción.

Con cada Junta General de Accionistas, descubrimos si seguimos en pie. Lo que sale de cada una de ellas marca nuestro futuro destino. O entierra nuestro pasado.

Un último y certero hachazo sería mortal.

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