Llamar a Ramírez, la imagen se forma nada más despertar, antes siquiera del primer bostezo, parece que hubiera estado ahí toda la noche velándome sentado junto mi cama, suerte que el agua caliente disipa los pecios de la noche minutos más tarde en el vapor del baño, Ramírez se difumina en un espejo empañado, un detalle más que agradecerle a la condensación. Hoy todos los semáforos en verde, mal augurio; luego, la oficina, y Lucas; Lucas, ese pelo grasiento, esa sonrisa a medio hacer por la que asoman dientes de luto, esa mesa caótica, esa chaqueta con olor a Lucas, ese estar sentado mirando la puerta, esperando mi llegada, Lucas; nunca llega Lucas a su hora pero hoy sí, obvio, y me arroja esa frase como un dardo en cuanto me huele: «El segundo fue en fuera de juego, clarísimo», pero Lucas no se conforma con mi indiferencia, va a perseverar; en mi escritorio ese pósit, ya rizado, Llamar a Ramírez, en negro con la tilde repasada en tinta azul, Llamar a Ramírez, dentro de un rectángulo que no llega cerrarse, enquistado, Llamar a Ramírez subrayado en rojo, dos veces; Ramírez esperando esa llamada toda una vida, mirándome desde el origen de los tiempos; vuelve Lucas, a mis seis lo presiento, es ese aliento de Lucas, «No se le puede jugar con un centro ofensivo a ese equipo», me tira en la nuca dejándomela repleta de palabras húmedas, y pasa, Lucas pasa y deja ese olor a Lucas. Pero seguro que es una apreciación no compartida por Administración; sí, en Administración prefieren un centro ofensivo porque crea juego y da pases al área, se vio claro ayer, eso defienden, sobre todo en el segundo tiempo, otra cosa es que la pelotita no quiera entrar en su sitio que para eso es el capricho el que rige, si no esto no tendría misterio. Díaz, Díaz que no se conforma con su apellido previsible, común, que lo extiende a sus apreciaciones, y repite lo que ayer oímos todos en la radio, Díaz sostiene el diario y repasa las fotos fingiendo que está distraído, pero nos mira de reojo y se queda ahí en las fotos y en los titulares como todos los de Administración, todos excepto Aguirre, que subraya con su voz una frase: «…el retraso de los centrales provocó que, en la segunda mitad, el equipo visitante se volcara en pos de sacar rendir partido a su visita a la capital…penalti cuanto menos dudoso…»; Aguirre admira en secreto a los periodistas que se creen académicos, “en pos de”, así, con calzador en una crónica, “cuanto menos”, “segunda mitad”, como si los dos tiempos fueran exactamente iguales; Aguirre sueña con escribir así, con ser así, emborrona papeles con tientos de columnas pero sólo entiende de facturas, de plazos, de cuotas y prorrateos,  por eso el castigo público al que le somete Sánchez, de Contabilidad, aunque Sánchez parece pertenecer a todos y ningún departamento, un veterano, porque puede, porque se las sabe todas, por eso salió al cruce rápido: «No te pases, Aguirre, tengamos la mañana en paz que la defensa estuvo bien; esto va para ti también, Lucas»; Sánchez no es muy devoto de los apocalipsis que se dan periódicamente en Administración, de los cambios de ciclo que teme tanto Armando, tampoco aprueba los golpes de pecho de Gestión donde el fútbol es todo o nada, como todo lo que hacen, allí poca broma con estas cosas; Lucas ni aparece ya, o sí, pero cuando el debate está ya contagiado a las mesas de la planta igual que una pandemia, cuando puede ocultarse en el rebaño, cuando no queda ya uno vivo y hay que tomar partido; la tibiez no es una opción aquí, no vamos a ser ahora como en Secretaría que ni entran ni salen, quizás por eso allí no se habla de fútbol, quizás por eso allí no pisamos, por eso y porque tienen plantas y consejos, y luz natural en las mesas donde reposan sus folios ordenados en subcarpetas con el número de expediente junto a fotos de niños que sonríen en perfecta ortodoncia; todo lo contrario en Gestión,  nunca ven el fin, allí se lavan con gravedad de duelo todas las afrentas balompédicas, que tienen raza y ya está, dice Sánchez; Sánchez, que maneja los tiempos mejor que Beckenbauer, lo sabe bien y a estas horas ya ha realizado la primera incursión en territorio hostil para sondear, zorro viejo Sánchez. Mientras espero noticias de su misión en Gestión miro mi mesa, Llamar a Ramírez, ahí sigue, ahora que estamos en pleno estallido de guerra, ahora que circula ya el rumor del fuera de juego, ahora que Lucas está detrás de los archivadores fumando con medio cuerpo fuera de la ventana y alguien ha dejado en su mesa una nota difamatoria para diversión y mofa de la planta, “Lucas, tírate por la ventana”, incluso  de los suyos, los de Ventas, los que creen que el delantero centro está viejo y lento, que entra blando a los balones por alto y por eso la sequía, “sequía” dicen, horteras de traje brillante con pretensiones; en Ventas reina López, valido de Sánchez, López, un malvado de barrio puesto en limpio con el que conviene llevarse bien porque tiene línea directa con los de arriba, les baila el agua como nadie, porque vende, sí, López vende a pesar de, López hace favores, pide favores, y nunca deja para luego lo que se pueda apañar hoy mismo; López comienza con una de sus ráfagas, con un mecagoental concretamente, y tal es el central que se quedó quieto a la salida de la defensa, el mismo que habilitó al delantero que puso el uno cero cuando se veían ya en el descanso vírgenes de portería; pero nosotros sostenemos que no, que no fue eso, ni mucho menos, sólo por llevarle la contraria, por encampanarlo un poco más, por sacarle esos modales de billares y recreativos que esconde dentro López. Y sería tan conveniente que este informe saliera hoy, porque lleva ya tiempo y porque urge por cuestiones que se me escapan, y porque así lo pone en observaciones: “urgente”, subrayado, cuestiones que no son de mi incumbencia y que no indagaré, allá penas, descanse en paz sobre la mesa por ahora, cómo resistirse a sondear en Ventas de nuevo, a darse una vuelta con cualquier excusa y tomarles el pulso a los comerciales para luego volver con el cuento y caldear aún más los ánimos, sacar de quicio a López, una vez más, o asustar de una vez por todas a Armando que se toma las destituciones de los entrenadores como un luto familiar, una catástrofe, sentido Armando, discreto, bueno, siempre bajo las botas del subdirector que le tomó manía por eso, por discreto y bueno; todo lo contrario que Lucas, un reptil, servil, todo con il, tan amigo de reverencias ridículas con los de arriba, de golpecitos en la espalda, de adulaciones artificiales y pueriles, y quizás sea por eso que toleran lo suficiente a Lucas, por empatía y porque vende tanto o más que López, Lucas vende, sí, vende a pesar de sus modales de beodo y su humor de azulejo, o por eso mismo, porque «Los negocios se cierran en los bares, no en los despachos», repite siempre Lucas tratando de adoctrinarnos entre babas. Ramírez comunica, por fin un golpe de suerte, justo antes del café, mejor coartada imposible a media mañana, yo ya hice mi parte, el destino no ha querido, la conexión telefónica, no se puede hacer nada, un teléfono comunicando es aquí el puro sonido de la felicidad, además ya hay unos cuantos alrededor de la máquina de café cuando regreso de Contabilidad donde fui a ver si es verdad lo del bigote de Gutiérrez, ese latinlover de saldo, patético Guti con sus modales enlatados de mago, seguidor de balonmano y patinaje artístico, huelgan acotaciones. Aguirre con lo suyo, pidiendo suelto para el capuchino y para la quiniela, y nosotros en el burladero ya, para medir al toro antes de sacar el capote porque están a punto de llegar los de Gestión; eso, que les reciba Sánchez, que así los para un poco los pies, que si no luego se lía muy pronto y hoy tenemos que dejar algo para el restaurante, por nosotros que no quede, aunque ya están resabiados y meterán la moneda ajenos, con esos aires de suficiencia, con esas sonrisas de desprecio amable que llevan siempre incorporadas, sincronizadas, como sus trajes grises de marca y sus gafas de pasta de marca; round de tanteo, marcar, tentar la guardia, amagar, moverse, hacerles bailar un poco, sacarles el punto débil mientras nombramos el repertorio de obviedades con donuts, «Ha refrescado, sí, hablan de nevadas por el norte», el norte, sí, y calor en el trópico acaso; asalto nulo, cada cual a su esquina, a ese autobús lento con paradas que va del café a la comida, cuando las manecillas del Seiko se hacen de plomo, cuando en Secretaria comienzan a escucharse los parloteos igual que picotazos y hacen planes para la tarde, se enseñan las compras que esconden con disimulo bajo las mesas y se valoran colegios y actividades extraescolares. A nosotros sólo nos queda Velasco que a estas horas recorre la planta callado, profesional, empujando su carrito; Velasco, la gran esperanza blanca, porque Severo sigue sosteniendo que son pamplinas todo eso de los análisis, de los sistemas de juego, que hay que correr la banda, sudar la camiseta, y nada más, que no se puede ir de vedettes en esta liga y más en esos partidos, que el público paga su entrada, que esto no es un campo de tierra de tercera con jabalís de colmillos retorcidos y, de paso, que para defensas los de antes y para delantero Jacinto Quincoces, no te digo. Velasco mira y calla, camina en morse con su carrito taquigrafiándolo todo. Mi mesa: ese rectángulo plano y abandonado como la casa de un soltero, Llamar a Ramírez, ahora con un dibujito en la esquina superior derecha, en verde, rasgos de ¿un perrito? Llega otro expediente justo antes del comentario de Ventas, se reafirman, no ceden: «Hubo penalti, la pierna toca la pierna y no al balón», eso habrá que verlo después repetido, en el campo se vio claro, algunos se permitían ese lujo, en el campo es donde se ve, claro, la televisión es un espejismo, una representación simbólica y conceptual del juego, seguro, y las repeticiones en tres ángulos diferentes los universos posibles, pero no dicen nada de esas comisiones que se llevan, de todo ese rollo que se traen con los palcos y los clientes, estrategias-de-venta que dice don Alberto, y nosotros al bar de abajo, a impregnarnos bien del olor a fritanga. Creo oír desde aquí esa respiración tubular de Lucas, siempre al fondo, siempre al lado de la ventana donde apaga sus cigarrillos, justo detrás del archivador, lejos de las miradas de Gestión, Lucas, superviviente contra pronóstico a dos regulaciones de empleo y  sus acostumbradas bajas injustificadas, fuma y lanza sonoras soflamas cuando no le sale una operación, así las llama, como si fuera un cirujano. Hay que calentar el debate del restaurante, es el momento, enviar una provocación a Gestión y a Ventas, Díaz se encarga, justo antes de la reunión de departamento, para que vayan tomando nota, así les escuece más, hay asuntos más importantes aquí que los objetivos del trimestre, eso se sabe, como el penalti fallado, mejor: el que paró el portero, el que acabó de hundirles, el que propició el desastre, el drama; Aguirre sabe hacer eso como nadie, es un temerario de la opinión deportiva, se cree García, quisiera ser García, y Sánchez, socarrón, sonríe desde su escritorio y piensa lo mismo que nosotros, que no hay peor cosa que ofrecerse de correo, ya se sabe, por eso le mira con falsa paternidad cuando va directo a adentrarse en la jauría de Gestión, y le sigue con una mirada apiadada con tintes acusatorios; no sabe nada Sánchez, perro viejo.

Menú del día: doce euros, incluye pan y bebida, agua o vino, cafés aparte, tres primeros y tres segundos, a elegir, mesa de siempre, mantel de papel, servilletas de papel, hora de siempre, los de siempre. Díaz, quién si no, se enfangó pronto, con las aceitunas del aperitivo aún rodando por la mesa, sin dar tiempo a elegir el primero, que siempre nos lo habíamos respetado, pero la cosa está que arde y aquí nada se deja para luego, la diligencia, la implicación de la que tanto habla don Alberto; quizás por eso, sin llegar el segundo, y antes de lo habitual, ya habían comenzado las hostilidades, y ya habíamos decidido que sí, que fue penalti, y que no, que no estaba en fuera de juego en el segundo, que estaba en línea como puede verse en el televisor que Eli ha girado hacia nosotros cuando han dado los deportes, y eso cambia la historia, aunque todavía los de Gestión porfían ante la evidencia, que lo ven dudoso, que la toma engaña, que en el campo se vio bien; la Revolución Francesa fue penalti, no te jode, la toma engaña, y el Desembarco de Normandía fuera de juego por centímetros, que estaba Hitler echado la siesta, pero el árbitro y dos linieres no lo vieron, que la toga nos la ponemos todos muy rápido aquí; ya se ven, sí, ya van emergiendo esas venas dilatadas en el cuello, todo un placer para acompañar el postre, ya suenan duros los golpes en la mesa, los juramentos, voto a tal, llega el inmenso placer de ver a Gestión fuera de sí, a Aguirre implorando la paz con autoridad, con esa vocación oculta de moderador mientras Lucas mastica con la boca abierta, soltando esos perdigones mientras farfulla chistes manoseados; Velasco callado pero con el dedo en el gatillo, atento como un francotirador, no prueba el pan, gente tuna poco panera, y Sánchez disfrutando de las maniobras como un viejo general, censurando con la mirada a Lucas y sus modales de taxista; Velasco callado, siempre midiendo; alguien señala con la visual aquella mesa, donde come Secretaría, están paralizados y nos miran atónitos, con un silencio de horror en contraposición a nuestras voces, ellos que consideran la comida un acto social, de fraternización, ideal para hablar de escapadas rurales y remedios de té para el dolor de espalda, ellos, infelices; Ventas ahora en pleno reagrupamiento porque Administración comenzaba de forma descarada una alianza con Gestión, esquiroles, y que los centrales no bajaban a cerrar y que los sistemas de juego no eran los adecuados para ese partido, y que se pitaba como se pitaba porque el presidente tiene mucho peso en la Liga, ah ya salió lo de siempre, y hasta Ramírez se me revolvió dentro con dolor de úlcera allá por donde estuviera, como el portero que se tragó ese balón a la salida del córner, otro a por uvas, y luego os quejáis que si no tenéis artillería arriba, así no puedes presentarte a un partido de esa altura, por eso estáis dónde estáis; pero eso, eso no me lo dices en la calle, en la calle o en el aparcamiento, donde quieras; ahora sí, ahora la cosa ya está en su punto, el partido donde lo queríamos tener; me saca de quicio esa forma tuya de rematar los informes, así te lo digo, con ese “Dios guarde a usted muchos años”, que hay que ser lo que hay que ser, y tú no te escondas, es público y notorio que te ficha Pelayo mientras duermes, vete a saber si con Inma la de Secretaría, que se os nota mucho por si no lo sabes ya, pregunta, pregunta por ahí; como a ti esa sonrisa cómplice con el director que ya todos sabemos por qué entraste aquí, que si fuera por tus méritos, pero para lo que haces, pasar el día mariposeando por las mesas, posándote con chismes; aunque para chismes los vuestros, que en Gestión parecéis moscas muertas y luego no paráis de poner pegas absurdas a todo, para daros importancia nada más, haciendo de menos a los que no tenemos la suerte de entrar en vuestro paraíso con hilo musical y luz blanca, pero allí se piensa, se “crea”, y nosotros somos mulos de carga, claro, por no hablar de vosotros, esos tejemanejes que os traéis todo Ventas con las dietas, los desplazamientos; y ya que estamos, cuándo vamos a conocer a tu mujer, Lucas, esa que dices que tienes, que ya empezamos a dudar de que la tengas; para qué, para nada, para darle el pésame, a ver si va a ser como lo que te inventaste de las cartas de esa antigua novia hasta que Fernández te delató, no se nos olvida, no, como aquella vez que nos dejasteis con el culo al aire con el sindicato, pero qué se puede esperar de ti si ni siquiera viste que el central ayer se tragó dos claras, que anda siempre en Babia a balón parado, y es que no tenéis “medular” que diría Aguirre, qué se puede esperar de vosotros si nos dejasteis tirados con lo de las horas extras y las vacaciones, que una cosa es la grada y otra pisar la hierba; un día vamos a contar lo que dijiste en aquella reunión a don Alberto…Silencio ahora. Todos lo sabemos, es el momento de Velasco. Ha hecho ademán de comenzar, silencio, el maestro se prepara, martillo de Gestión, de esos figurines de gomina, azote de cuñados, una verdadera avispa, quizás para compensar su cojera; avivado por Sánchez, va a explayarse a fondo en contra de aquel delantero chupón, «Que os digo que lo hago yo mejor que ese, así, con mi pata de palo», soltó para abrir plaza, sosteniendo la vehemencia a medida que subía el tono, gradual, constante, haciéndose oír para extender el debate a todo el comedor, que le gustaba a Velasco citar desde los medios, sí, a las de Secretaría también, a un cojo se le consiente eso y más, su mala leche, su boca infernal y ese pelo rojizo, sí, quién da más; Velasco, largando soflamas, ciscándose en todo lo humano y lo divino, haciendo callar a los más brabucones, Velasco en todo su esplendor y nosotros en callado disfrute, anegándonos del orgullo que suponía ver a nuestro ariete destrozarlos, hacerlos enmudecer a esos de Gestión que se habían quedado como pavesas; Velasco cojo-nudo, nuestro Velasco, que no se les escapa una mosca mientras reparte la correspondencia; él, sí, paradójico; espía con pericia a todos los departamentos para trasladarnos la información precisa, veraz, de frases cortas y concisas como sus pasos a la vez que dejaba caer los sobres sobre nuestras mesas con ese ademán característico, cantinflanesco, «fue penalti, dicen en Ventas», «Inma llegó tarde, como él», hoy mismo, esta mañana al dejar sobre mi mesa un informe: «Gestión no vio fuera de juego»; Velasco, pieza clave. Sánchez asintió así que hoy habría copa, la ocasión lo merece con tantas espadas en alto, con todos esos duelos a medias esperando a solventarse bajo la mirada censora de Secretaría que ya paga en caja: el reloj, la ficha, las horas, don Alberto. Pero Velasco continúa y nadie le sale al corte, nadie entra a la melé salvo Sánchez, perro viejo, lento pero seguro se va poniendo de su lado para desesperación de los estirados de corbata, ya heridos porque saben que el pescado está vendido, la televisión no miente, y porque es duro admitir que ni ganador moral ni leches, que el tiempo no se vuelve, que el resultado es, y será, ya para siempre, ese, el que se dio, con todo lo que largaron ayer aquí mismo, en esta mesa de mantel con aspiraciones de tela, entre las mismas copas en distintos vasos, los “va-a-ser-muy-difícil-ganarnos”, los “no-tenéis-equipo”, y ahora, ahogados en su propios tragos, aguantando el tirón porque hay un pacto tácito y de aquí, de esta mesa, no se levanta nadie así salga ardiendo toda la grasa de la cocina hasta que no se liquiden los asuntos que nos traen; y Ramírez esperaría, sabría esperar la llamada, sí, y los expedientes urgentes aguardarán su momento silenciosos, esperanzados de que una mano les desentierre de sus subcarpetas rojas. Eli nos carea hasta la caja por razones de descanso del personal, dice, y nos da la nota y Díaz echa la cuenta a escote, el tabaco no entra, los vicios cada cual el suyo, ni los cafés para llevar en vaso de plástico, una forma más de retrasar la tarde, cuando toda esa viscosidad es ya algo más que un mero presentimiento.

        Llamar a Ramírez, llamar a Ramírez por la tarde sería de mal gusto, determino, por la tarde no se gestiona, motivos digestivos si quieres, ahora es momento de alargar la prórroga, de guardarse el balón, de parar el partido, de esperar a que los minutos resbalen con los vasos de agua, el Almax, los paseos al baño, los paseos a nada, a valorar la batalla del restaurante ahora que Gestión se lame las heridas, han quedado tocados, sí, además, estoy seguro de que a estas horas una llamada asustaría a cualquiera, incluso a Ramírez; Díaz sabe todo eso y calla mientras observa con curiosidad a Sánchez, perro viejo, que ha desarrollado con los años la capacidad de dormir la siesta con los ojos abiertos mientras sigue tecleando, un día tenemos que leer eso que pone, saber qué le dicta el sueño mientras respira lento, ajeno a los sonoros pasos irregulares de Velasco, cabra coja no quiere siesta, que aprovecha para regar las macetas de secretaría, ese vergel, y recoge las papeleras mientras ya ha cesado el murmullo en Gestión, que está en silencio porque don Alberto anda por allí paseándose por las mesas haciendo preguntas interesado en la marcha de algunos proyectos. El silencio de la tarde: la mansedumbre llega a los teléfonos, se abren conversaciones en voz baja, confidencias, los planes de noche, miradas de a dos, de a tres, los mensajes encriptados, el refuerzo de los pactos, la omertà contra Lucas y su palillo que trabaja con un afán minero, el sonido acuático de la máquina de agua reclamando atención, igual que la que recibe ahora la figura de la chica de Dirección que llega con nuevos urgentes, la nueva, casada o soltera, hay ya una porra, e Inma repasa su maquillaje con un pequeño espejo y mira el reloj, él también, y se miran, y Aguirre lee en alto otra crónica de un diario que ha conseguido en Contabilidad. Quién sabe lo que puede estar haciendo Ramírez ahora, habrá perdido ya la esperanza, hoy no, mañana quizás, menos mal que la ventana es un reclamo, me entretiene, pasa una moto con estruendo, van dos; hay un coche en doble fila que descarga enseres, una mudanza, otra más; el perro que se empeña en olisquear ese parterre, y lo dejan; escolares con mochilas, con risas, con voces inocentes; las chicas de la papelería salen a fumar, las de la notaria se mueven afanosas en sus despachos, son sólo sombras, allí se trabaja, dice Díaz; particulares que van por la acera, transeúntes anónimos; unos golpes de martillo anuncian que por fin se repara la mampara de recepción, Velasco pasa y deja carta, «Ventas ofendidos, Sánchez chaquetero», se aleja renqueando y me deja media sonrisa, y Sánchez monta una reunión justo ahora que ha despertado, no sabe nada el viejo, manejo del partido, de los tiempos, en el momento justo, a salvo en los objetivos hasta que por el vidrio de la mampara llegue el gesto acordado con Severo que anuncia que el coche de don Alberto ha tomado ya la calle, desde su escritorio puede asegurarlo, por eso y sólo por eso lo reclamó durante meses, luz natural, don Alberto, mi oftalmólogo me aconseja luz natural; comenzamos la huida ordenados, nos cruzamos con Velasco que empuja el carro de limpieza con sus mañas de sietegiros; y es que no hay tiempo de perder, hay que llegar bien colocado al sprint de salida del aparcamiento, antes de que Lucas tapone la rampa de salida con su torpe manejo de la tarjeta, antes de que los de Gestión se empeñen en lucir sus berlinas, antes de que Inma y él se demoren para salir juntos. Hay que salir con tiempo suficiente para volver a casa pronto y, de camino, preparar mentalmente la agenda de mañana, la diligencia, la implicación, todo eso que dice don Alberto… Y anotar en la memoria: mañana, ya sí, Llamar a Ramírez.

 

Abril 2018

Óscar R. Valladares

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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