Hace poco más de dos años, cuando Julen Lopetegui era nombrado seleccionador español, escribía un artículo titulado “El día que Lopetegui ascendió… para caer en desgracia”. Narraba cómo su carrera de portero había ido en ascenso hasta recalar en el Barça y perpetrar un tremendo “cante” en su primer partido oficial. A partir de ese momento, su carrera fue en franco declive. Algo parecido le ha vuelto a pasar desde entonces. Su carrera en La Roja arrancó con ciertos reparos por parte de los aficionados, pero sus buenos resultados le llevaron a la tan polémica forma de recalar en el banquillo del Real Madrid. Cuando parecía estar en la cima de su carrera, volvió a llegarle el desplome, que tocó fondo, de nuevo, en el Camp Nou.

Mientras escribo este artículo, aun no es oficial su cese. Pero ya el partido de ayer era una especie de tiempo de descuento para Lopetegui, como si Florentino le hubiera mandado al paredón para evitar el riesgo de que un nuevo entrenador se quemara debutando en un partido tan complicado. Pero ayer, el pelotón de fusilamiento fue especialmente cruel con el cadáver andante del entrenador blanco. Sospecho que muchos madridistas, incluso tal vez Florentino Pérez, esperaban una derrota digna, suficiente para tener motivo para despedir a Lopetegui, traer a alguien que renueve el aire en el vestuario, y olvidar esta racha históricamente negativa del entrenador vasco. Lo que no se esperaba es un castigo tan excesivo.

Mientras el F.C. Barcelona cogió confianza entre semana con la victoria ante el Inter, descubrieron que la baja de Messi es grave pero no definitiva, y cogieron aire para enfrentar a su máximo rival. Por su parte, el Real Madrid saltó al campo consciente de tener un entrenador despedido en diferido, tan muertos como su técnico, sin ideas ni un plan medianamente lógico para frenar a un Barça que no había inventado nada nuevo. Los locales tuvieron el balón y buscaron el espacio para Jordi Alba por la izquierda, menuda novedad ¿Qué preparó Lopetegui durante la semana? ¿Tal vez las maletas?

El caso es que la banda derecha del Real Madrid, la que debía defender las subidas de Jordi Alba, estaba formada por un Nacho (Odriozola no existe) que tendía a meterse al medio para cerrar la llegada de Coutinho y ayudar a los centrales, y por un Gareth Bale que, con su habitual pose de guiri despistado, deambulaba sin ser eficaz en la ayuda defensiva ni tener presencia en ataque.

Cuando el Real Madrid recuperaba el balón (hasta el final del primer tiempo, jamas lo hizo en campo contrario) tenía una gran cantidad de metros por delante para salir, y trataba de hacerlo principalmente con balones largos a la carrera de Benzema, con el resultado que todos podemos esperar. Es decir, el Barça se creció ante su seguridad y el planteamiento de equipo pequeño y desacertado que presentó Lopetegui.

Lopetegui Camp Nou

Cuando se vieron perdiendo 2-0 merced a dos subidas de Alba por la cómoda autopista de su banda izquierda, los madridistas despertaron ligeramente. El primero, de Coutinho a pase de Alba. El segundo, de un penalti provocado y marcado por Luis Suárez, VAR mediante tras jugada del lateral catalán. Como a veces de la fatalidad surge la virtud, la lesión de Varane cambió el esquema del Real Madrid para incluir a Lucas Vázquez, cerrar con tres metiendo a Casemiro atrás y colocar al gallego y a Marcelo como carrileros ofensivos. Esta buena decisión de entrenador que tomó Lopetegui en el descanso, que contrasta con su inoperancia para plantear el partido durante toda una semana, desconcertó al Barça.

Fueron minutos de efectiva presión alta de los visitantes, espoleados por el tempranero gol de Marcelo que les acercaba a un partido al que en el primer tiempo no comparecieron. Incluso pareció que podía llegar el empate con un tiro al palo de Modric, porque el fútbol tiene estas cosas, un entrenador defenestrado encuentra una solución a partir de un cambio obligado y toca la tecla precisa para resucitar al equipo. Tal vez ese empate le habría resucitado a él mismo y quién sabe si no estaríamos hablando ahora de una nueva oportunidad para el vasco.

Pero no fue así. Valverde, al que personalmente considero como injustamente menospreciado por alguna parte del barcelonismo, sacó a Semedo como lateral y adelantó a Sergi Roberto, que se convirtió en la clave del partido al aprovechar los huecos que dejaban los visitantes al lanzarse al ataque. Este nuevo cambio táctico fue demasiado para el moribundo exseleccionador y para su desquiciado equipo. Este Real Madrid, cogido con pinzas, se desmoronó, y un Barça más eficaz que brillante aprovechó el buen hacer de Dembelé, Suárez, Vidal y, por supuesto, Sergi Roberto, para destrozar a su eterno rival.

Fueron cinco y pudieron haber sido más ante una defensa de gelatina, muy por debajo del nivel que se les intuye por nombre, y muy poco ayudada por centrocampistas y, ni que decir tiene, por los delanteros.

No nos engañemos, no estamos ante el mejor FC Barcelona de los últimos años, no en vano tuvo veinte minutos de desconcierto cuando el Real Madrid apretó, pero es un equipo, cosa que no se puede decir ahora mismo del Real Madrid. Mala planificación y escasez de soluciones. No en vano, Lopetegui no fue la primera opción y no se consiguió un fichaje que, de alguna manera, paliara la marcha de Cristiano. De hecho, aunque el entrenador lleva al menos una semana técnicamente despedido, aun no se ha cerrado al sustituto. Incluso el que sonaba con más fuerza, Antonio Conte, parece que se puede caer por no fiarse de la intención del vestuario para seguirle. Tal vez escuchó las declaraciones de Ramos tras el partido de ayer…

Sergio Ramos derrota Madrid

El Real Madrid se aboca a un milagro tipo Zidane o a verse obligado a hacer limpieza de corrales de jugadores veteranos acostumbrados a dejarse ir en el 90% de los partidos y apretar en un puñado de días escogidos para quedar a 17 puntos del campeón en la Liga, pero ganar la Champions. Pero la flauta no siempre suena.

Lopetegui es, en cierto modo, víctima del enésimo brillantísimo equipo que no sabe cambiar de ciclo a tiempo. Probablemente no sea el máximo culpable, pero tampoco se le ve capacidad para modificar la dinámica actual y, por tanto, su despido parece justo.

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