Sublimes primeros 38 minutos de un Barcelona que rozó la excelencia de un fútbol control ante un Sevilla que apenas podía defenderse como gato panza arriba.

Luego, Banega de disparo atajable por Bravo dilapidó el trabajo realizado para dar vida y reactivar a la bombonera de Nervión, que temiendo por una goleada escandalosa se vio de nuevo en el partido.

En la segunda parte, el equipo blaugrana gritaba a los cuatro vientos la entrada de Xavi por un mediocampista, probablemente Rakitic o lo que quedaba de él por el campo tras un desgaste descomunal. Sin embargo, Luis Enrique no vio lo que medio mundo y optó por quitar a un Neymar que, pese a ir de más a menos, suponía la mayor amenaza en ataque. Incredulidad en el brasileño, esta vez justificada, y en gran parte de la afición culé que veía como su entrenador prescindía de dinamita por posesión con demasiada antelación.

La entrada de Xavi no supuso ni mucho menos el control del medio campo sino más bien todo lo contrario. El Sevilla se hizo amo y señor del mismo, quizás en gran parte porque Rakitic ya no distinguía quienes eran sus compañeros.

Y pasó lo que todos intuíamos aunque fruto de un error del jugador que nadie esperaba. Piqué regaló un balón a Reyes en esa zona donde el riesgo se palpa y el marcador acabó reflejando un empate a dos. La ventaja blaugrana se había esfumado y la posibilidad de sentenciar la Liga también.

Posteriormente vinieron las prisas del entrenador asturiano metiendo a Pedro consciente de que con solo Suárez y Messi sería incapaz de arreglar el desaguisado.

Desaguisado que fue en parte por el infortunio y en parte, gran parte, por Luis Enrique.

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