Nos clasifican por letras, por orden alfabético. Los mejores son A, triple A si son excepcionales; los peores Z. Fallé en una misión y me hicieron Z. Allí las cosas no funcionan todo lo bien que cabe esperar: hay burocracia, tráfico de influencias, todo eso. De hecho, a menudo las cosas salen mal. Muy mal. Pero llegó aquel comunicado: me ofrecían otra oportunidad.

Las instrucciones no fueron muy precisas. No me revelaron el objetivo, tampoco el lugar ni la clase de misión. Una palabra clave y un contacto, poco más. De todos modos, no estaba en situación de exigir nada. Acepté.

Me dejaron en la A-5, en la Autovía de Extremadura, en la puerta de un local con un cartel que decía HOSTAL ERÓTICA CLUB; había también un dibujo de una chica en biquini o algo parecido. Yo sabía muy poco de los hombres, y menos aún de ese tipo de sitios. Entré.

El interior era oscuro y sonaba una música extraña; unos cuantos hombres en la barra agacharon la cabeza en un acto reflejo al verme. Mi contacto era Vicky, una de las chicas en biquini. Vicky es doble A. Me reconoció de inmediato; me sirvió una copa y me dio conversación; se me insinuó para no levantar sospechas. Subimos a una habitación.

Allí, sobre la cama, me informó de los detalles. Luego, hablamos de lo mío; me dijo que lo sentía, que yo no había tenido la culpa de aquello y que le podría haber pasado a cualquiera de nosotros, a ella misma incluso. Agradecí su apoyo. El destino era un pueblo próximo y me aconsejó llegar antes de que anocheciera. Una vez allí, sabría dónde ir, vería alguna señal. Miré a Vicky un instante allí tendida, desnuda sobre las sábanas. Me despedí deseándola suerte en su misión.

Hice autostop en el cruce. Paró un pequeño vehículo de transporte conducido por un hombre, iba lleno de botijos y platos. Hablaba, me contó cosas y le escuché; la carretera discurría entre encinas, sin muchas curvas. Después de un rato, se divisó un campanario y una cúpula al fondo. El hombre dijo que era allí.

Era justo antes de que el sol se pusiera. Bajé de la furgoneta. Algunas farolas comenzaban a encenderse de forma tímida, parpadeante; me detuve a mirar. Había un puente de piedra bajo el que fluía, lento, un río; y una calle principal con tiendas de cerámica y bares; a las afueras: una tapia blanca, larga, donde se leía CAMPO MUNICIPAL seguido del nombre del equipo y la palabra clave. Un lugar tan pequeño que los fuera de banda debían irse al pueblo vecino, pensé. Pero era el lugar, estaba seguro.

Apareces y alguien se fija en ti, siempre la persona adecuada. Ocurre así, sin preguntas, es un misterio incluso para nosotros. Yo miraba a esos chicos; sí, tenía que ser fútbol, corrían en aquel campo de tierra disputándose un objeto esférico. El hombre me llamó. Sus instrucciones: debía presentarme allí tres días por semana a esa misma hora. Era el entrenador.

Me hubiera bastado con el puesto de utillero y tener a punto todo el equipamiento: balones, botas, camisetas, todo eso. Pero me hicieron alto y fuerte, muy rápido, con una vista y reflejos superlativos.

Me probaron de portero.

Tanto daba un córner como un disparo o una falta, incluso penaltis. El procedimiento era siempre el mismo: seguía la trayectoria del balón, calculaba el impacto y sacaba los puños. En el momento preciso.

Eligieron un traje para mí, me pusieron unos guantes y unas rodilleras. Llegó el primer partido e hice lo mismo: sacar los puños. Ganamos.

Los chicos empezaron a hacerme algunas preguntas, pero también nos preparan para eso.

No podía regresar con otro fracaso, informar de nuevo que las cosas no habían salido según lo previsto, que el mal triunfaba una vez más.

Seguir la trayectoria, calcular el impacto y sacar los puños en el momento preciso, eso seguí haciendo en los siguientes partidos. No fallaba. Me aplaudían. A mí.

Un día vino un periodista de la ciudad; me estaba esperando en la salida de la caseta al final de un partido. Me hizo una foto. «Imbatible», tituló el reportaje.

El público iba a verme, decían. Paré dos penaltis en un partido y me sacaron a hombros del campo. No lograba encontrar el mérito pero, a medida que avanzó la temporada, por el juego, supe de la lucha, de la entrega y el dolor, del sabor de la victoria; y de la envidia y la avaricia de los hombres. Comencé a comprender.

Reían y Lloraban. Quise ser uno de ellos.

Último partido; estaban allí esperándome, en la grada, con Vicky. Sonó el pitido final. Me encargaron una nueva misión. Recibí instrucciones precisas: debía partir de inmediato, muy lejos. No pude festejar con el equipo.

De nuevo confían en mí, vuelvo a ser A. Tengo nuevas y mejores cualidades. Este sitio es bien distinto a aquel pueblo, aunque también aquí hay hombres. Me han asignado un importante cometido: cuidar y proteger al pequeño Koji. Exige toda mi atención. Cuando duerme, sin embargo, puedo tomarme un respiro; entonces, recuerdo con emoción aquella misión: mis días de portero en el Puenteño F.C.

Los chicos me pusieron Mazinger. Mazinger Z.

 

Dedicado a mi amigo Bienvenido Maquedano.

Marzo 2018

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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