Hace unos días, una buena amiga me comentaba que yo era un “uno”. -¿Un huno? ¿Tan animal me ves?- le contesté,  y ella, a través de gestos exagerados y divertidas muecas (acababan de operarle de la garganta y tenía terminantemente prohibido expresar la más mínima palabra) me explicó que se refería al número, no a la horda de conquistadores que tuvieron en Atila a su poderoso cacique. Aun así seguía sin entender muy bien qué quería decir. Me enseñó la pantalla de su móvil y en ella pude ver que existe una clasificación a través de la cual cada persona puede ser asignada a un número según un grupo de características definitorias de su personalidad y carácter.

Se trata de un método de comprensión e interrelación de los tipos de personalidad llamado eneagrama por el que los individuos se pueden integrar en eneatipos del uno al nueve. Según mi amiga, yo soy un uno, y mi eneatipo, resumiendo mucho, dice que somos perfeccionistas, que nada es lo suficientemente bueno para nosotros, que nos fijamos en los detalles, que intentamos poner orden en el caos y que presumimos de una fuerte moral propia, que, además,  estimamos como la moral correcta. Si algo no se ajustase a nuestra moralidad, aparecería un carácter mal controlado que podría tender a la ira.

Hace algo más de tiempo, envié a un amigo, un profesional de las fábulas al que le va de ídem, un pequeño relato de ficción literaria que me habían publicado. Su respuesta me gustó, se me grabó y me sentí identificado con lo que me dijo: “Cómo escribes. Cuánta tripa. Cuánto de dentro. Se nota que has escrito desde lo más hondo, o así lo he sentido”. Me agrada pensar que escribo con sentimiento y que cuando alguien me lee, aunque no me conozca, note que en mis palabras hay pasión.

Seguro que más de uno anda un poco despistado en cuanto a los derroteros que está tomando este artículo que enseguida intentaré reconducir. Resulta que este irascible perfeccionista que escribe desde las tripas por fin se ha decidido a hablar del infame VAR que se está aplicando en la Liga española. Un despropósito de tales dimensiones que está necesitando de comités varios que corrijan sus decisiones y de ex árbitros con alma de estrella y mucho afán de protagonismo justificando  en los medios de comunicación decisiones como poco ridículas. Árbitros del antiguo régimen que quizás debieran intentar mantenerse en un plano un poco más secundario, quizás en el fondo del armario más profundo de la Baronesa Thyssen.

Árbitro consultando el VAR

Árbitro consultando el VAR

Y eso que a mí el VAR, el que se aplicó en el Mundial de Rusia, me fascinó. Fue un flechazo a primera vista. El nuevo sistema solucionaba de un plumazo la dificultad de resolver jugadas dudosas, de difícil apreciación o que circunstancialmente un árbitro no había podido ver y, en un minuto escaso tener la decisión, correcta en un porcentaje altísimo, tomada. También eliminaba el fallo lógico de la decisión tomada en un segundo, más susceptible a ser errada que una decisión tomada con tiempo y muchas repeticiones desde los ángulos más inverosímiles.

Cuando en la Liga española se anunció la implementación del sistema de videoarbitraje lo tomé como un avance necesario. Como una suerte de justicia ecuánime que igualaría algo más las fuerzas que imperaban en una liga a la escocesa, que cada año dejaba un reguero de damnificados por el error arbitral en favor del grande, que, además, veían sus legítimas quejas oscurecidas por la nula cobertura de los medios afines. Esta oscuridad de la mass media permanece, pero el trabajo del VAR, el que debía traer el orden al caos, se está quedando a medias, siendo generosos.

En este punto, he de confesar que sobre todo podré referirme a los errores que ha sufrido el Sevilla FC, que es al equipo que más sigo, pero que además es el equipo que ha sufrido los errores más vergonzosos en lo que va de campeonato. Sé que el Sevilla no es simpático, de hecho es el cuarto equipo más odiado según alguna encuesta de prestigio. Eso quizás nos haga malvados, pero ¿nos hace merecedores de las injusticias sufridas? Los fallos han sido de mucho calado. Tanto, que han servido para tomarlos como ejemplo para solucionar situaciones futuras, de forma que, lo decidido en contra del Sevilla, no ocurra en acciones posteriores de similares características. Por otro lado, estoy seguro que estos errores graves se han producido en contra de casi todos los equipos, incluso favoreciendo al propio Sevilla. Animo al lector a que los indique, que los grite a los cuatro vientos, porque, sencillamente, la mayoría de los equipos de la liga no tienen altavoces. No obstante, en este foro, haremos referencia a los principales agravios sufridos por el equipo de la capital hispalense.

El primero de ellos, todos lo recordamos por ser la primera gran polémica del VAR, se produjo en el derby contra el Betis en el estadio Benito Villamarín. Roque Mesa resulta expulsado por, supuestamente, obstaculizar un saque de puerta de Pau López, segunda amarilla y a la calle. Algunos quieren ver en los ligeros pasos del jugador sevillista una eximente completa de la acción protagonizada por el arquero bético que, sin embargo, en su avanzar en el área, cambia completamente de trayectoria para enganchar por el cuello al sevillista y hacerle una maniobra propia de la lucha libre americana. Un penalti a favor del equipo de Nervión, con una posible expulsión del portero, finaliza en la segunda amarilla del centrocampista canario. No debieron quedar contentos con la acción arbitrada cuando varios días después le retiraron la sanción a Roque Mesa.

Pau López y Roque Mesa

Acción entre Pau López y Roque Mesa

El segundo agravio se produce en el Sevilla – Getafe de la jornada siguiente con dos acciones claras, si se tienen ocho o nueve pantallas de televisión para rearbitrar de forma inmediata. Una entrada de Djené al mismo Roque Mesa merecedora de la roja directa y un gol de Ben Yedder en fuera de juego que no era. Pero fue justo en ese partido cuando se descubrió que los encargados de trazar la línea del fuera de juego no estaban haciendo bien su trabajo. Los no versados aprendimos o recordamos lo que era un punto de fuga, algo que un sistema profesional debería haber considerado desde el mismo nacimiento del prodigio. El Sevilla era la cobaya del mayor experimento de justicia aplicado en el fútbol, pero, por segunda vez, lo era para recibir injusticia.

Hay más casos, como una mano clara en el área en el partido en el Pizjuán contra el Villarreal, otra mano de Jordi Alba en el Camp Nou y, en la jornada que precede a este artículo, de Rubén Duarte, del Alavés, todas separadas del cuerpo, cortando un centro al área y, el escarnio, algunas ni revisadas. Pero la jugada que clama al cielo es la del gol de Alavés. La jugada está tan mal arbitrada que las justificaciones sobran. Señores árbitros, ni su más leal sentido corporativo puede acreditar un cambio de criterio como el que se produjo el domingo. Ni segunda jugada, ni voluntariedad del jugador, ni milongas varias. En el momento en el que el jugador del Alavés cabecea el balón en medio campo la jugada debió ser anulada. Por fuera de juego. Por fuera de juego superior a cinco metros. Si quieren reírse del personal, elijan a otros. Que si Sergi Gómez quiere jugar el balón, que si quiere, ni más ni menos que cederlo a Thomas Vaclik, desde Pernambuco y de espaldas, casi sin llegar debido al escorzo propio de la estrella más rutilante del Circo del Sol… Señores vayan a reírse a otro lado. O dejen de decir que esta Liga es seria, o que es la mejor del mundo. Dejen de vender motos, por favor.

Y aquí es cuando hablo desde las vísceras. Señor ex colegiado del colegio vasco. Cállese. Para mentir, para justificar el gol de Alavés, no invente, no tergiverse, no manipule. Usted, que esquilmó un penalti en Mallorca realizado por el ex sevillista Héctor a Luis Fabiano. Usted, que se ha beneficiado del sistema por obedecer y obedecer. Usted, que fue protagonista de uno de los mayores desagravios sufridos por el Sevilla Fútbol Club. Desagravio que tuvo todos los visos de ser consciente y voluntario. Uno que probablemente le costó una Liga después de muchos años de travesía por el desierto que aún continúa. Por favor, deje de decir sandeces para justificar una impericia. Con la suya, muchos, ya tuvimos bastante. Se lo dice un “uno”, o sea, uno al que le gustan las cosas bien hechas. Y, según voy descubriendo el uso del VAR, uno con moral, aunque no sé si tanta como la que tiene el Alcoyano.

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