Domingo 4 de febrero del 2018, 15:30 de la tarde. Abro la aplicación móvil de un periódico deportivo y leo que Valverde ha revolucionado la alineación. Messi no juega, Rakitic tampoco, los dos laterales más en forma, Sergi Roberto y Jordi Alba, ya limpian sus asientos en la banda. Sondeo la opinión de mis compañeros culés, que reflejan una máxima tranquilidad. “Si no rota hoy, cuando lo hará”, “confío plenamente en Valverde” son sus comentarios.

Me dispongo a ver un partido con incógnitas, la presencia del mejor jugador del mundo las disiparía de un golpe. El Espanyol, en Cornellá, vendrá encorajinado de la eliminatoria copera, Quique es un gran estratega defensivo, la presión ambiental, Piqué en campo hostil con las pulsaciones aceleradas,… Demasiadas dudas pero una gran tranquilidad. En la banda un grandísimo entrenador, él los ve entrenar cada semana, él sabrá lo que se hace. A su lado Messi sonríe, no hay malestar en su mirada.

Messi Espanyol Barcelona

Comienza el partido y no se disipa ninguna duda. El estadio silba cada vez que Gerard coge la pelota, la lluvia no acompaña, Coutinho no acaba de encontrarse todavía en el esquema, Digne hace tiempo que no pasa de ser un lateral limitado, en la otra banda Semedo promete más de lo que demuestra. Demasiadas dudas y una gran certeza, en el centro del campo está el mejor centrocampista español de la década, Andrés Iniesta. Cada vez que el manchego contacta con el esférico el tiempo se para, es armonía, plasticidad e inteligencia. A pesar de que el campo no le ayude, él sigue intentando convertir un balón de playa en un esférico teledirigido por su genio. Sus combinaciones con Coutinho presagian un futuro de fútbol de quilates todavía un poco alejado del presente. Enfrente un equipo corajudo pero no agresivo. Gerard Moreno es uno de esos jugadores que llama a la puerta de un equipo con mayores aspiraciones que el Espanyol de Barcelona. El partido se embarulla, no hay control por ninguno de los dos contendientes, poco fútbol pero se mantiene la emoción.

Comienza la segunda parte y el Espanyol, aprovechando una nueva indecisión de Digne, se adelanta. El campo de Cornellá ya se ha convertido en la piscina Bernat Picornell, no parece campo propicio para el equipo blaugrana, más técnico que físico. El león blanquiazul aguarda agazapado a que su presa se estire para lanzarse a su yugular y obtener la revancha de tantas disputas pretéritas. De repente una falta esquinada, Messi, que a balón parado no entiende de resistencias hídricas, la pone en el área y ahí surge la figura imperial, alzada por la revancha personal, de Gerard Piqué que aloja el esférico en las mallas.

De ahí al final del encuentro lo esperado hace días. Gerard lo celebra de una manera tan poco original como alabada fue antes en labios madridistas. Víctor Sánchez le tocó la cara a Messi sin que el árbitro percibiese nada, Gerard Moreno hizo una entrada peligrosa a destiempo a Piqué, pero claro, era Piqué. Tan peligrosa como la de Sergi Roberto el pasado jueves aunque no ocupe portadas. El histerismo final llevó a Sergio García a traspasar el límite de la rivalidad en un campo de fútbol y atacó a Umtiti donde más le duele, en el color de su piel mancillado durante siglos. Como culé me siento orgulloso en esta acción de Gerard Piqué, calmando los ánimos del gigante francés y salvaguardando la integridad del delantero blanquiazul.

Resumiendo, quitando la lesión de Gerard Piqué, que parecía más grave al inicio, el derbi se saldó mejor de lo que prometía por esos instantes finales. Los 22 abandonaron el césped preservando su físico pero no su intelecto, aunque la presencia de este a veces se les presupone solo por ser animales bípedos con circunvoluciones cerebrales.

Desde entonces las tertulias se llenaron de encuestas y debates sobre la acción de Piqué. Es curioso como se interpretaron perfectamente, según ellos, los gestos del central blaugrana pero nadie fue capaz de plantearse la veracidad de los insultos a Umtiti, posteriormente confirmados por el propio Sergio García, o la peligrosidad de la entrada de Gerard Moreno.

Por el bien de las futuras contiendas entre los dos principales clubes de Cataluña, ya va siendo hora de que ambas entidades actúen. Directivos defensores del honor y la historia de ambas camisetas deben de llamar a capítulo a sus jugadores. Ni es permisible ningunear al rival capitalino como lleva haciendo sistemáticamente Gerard Piqué, ni se pueden permitir los insultos repletos de bajeza moral hacia su persona, o sus familiares, por parte de la afición blanquiazul, o los conatos de racismo sobre el verde, vengan de quien vengan. No se puede utilizar el prisma de los nervios del partido para justificar estas actuaciones, la cuestión es más simple, se tiene o no se tiene educación. Cobran millones de euros, son el espejo de miles de niños, por contrato debería de constar que el respeto no se les presupone, se les exige.

Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas

Jean Jacques Rousseau

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