Casi tres lustros después de su marcha, a los valencianistas todavía se les acelera el corazón al recordar las carreras trepidantes de Claudio Javier el Piojo López por Mestalla. El argentino se convirtió con sus goles, carisma, entrega e inigualable velocidad en, con permiso de Gaizka Mendieta, el icono del Valencia de finales del siglo XX.

López aterrizó en la capital del Turia en 1996 procedente del Racing de Avellaneda como una de las principales promesas del fútbol argentino, pero sus inicios no fueron precisamente fáciles. El Valencia venía de ser subcampeón de Liga y con la resaca de perder a Mijatovic a manos del Real Madrid, en lo que el valencianismo consideró como una alta traición que alimentó las llamas del antimadridismo.

Paco Roig decidió resarcir a la parroquia ché forzando un matrimonio imposible entre Romário y Luis Aragonés, que acabó con el mítico “míreme a los ojitos” del sabio de Hortaleza al brasileño y con los dos lejos de Mestalla en la mitad de la temporada.

Llegó entonces el peor entrenador posible para explotar las cualidades del Piojo López: Jorge Valdano. El fútbol todavía tosco y a arreones del ex de Racing chocaba frontalmente con la poesía y el juego preciosista que pretendía implantar su compatriota. Después de finalizar la campaña en mitad de tabla, Roig le dio vía libre a Valdano para conformar una plantilla que acabó repleta de falsos artistas y totalmente descompensada. El técnico argentino estuvo a punto de dejar sin ficha al Piojo en favor de un Nico Oliveira del que nunca más se supo en Valencia, aunque finalmente reconsideró su decisión.

Los Saib, Marcelinho Carioca, Burrito Ortega y Romário, en su segunda oportunidad, inundaron Mestalla de ilusión en la pretemporada pero no pasaron de ser el sueño de una noche de verano. El inicio de la competición marcó el nivel real de un equipo sin orden y falto de espíritu competitivo y capacidad de sacrificio. La lesión de Romário en el Trofeo Naranja dejó a Valdano sin su jugador de dibujos animados y fue la puntilla para el argentino, destituido en la tercera jornada después de otras tantas derrotas en una muestra del caos en el que vivía el Valencia de aquella época.

Todo cambia con Ranieri

Roig dio el enésimo giro de 180 grados a su proyecto y fichó a Claudio Ranieri, que acabaría siendo una figura clave en la carrera del Piojo. El italiano emprendió la revolución esperada y sustituyó el arte por la siderurgia, el fútbol de toque por el repliegue y la contra. El cielo se abrió de repente para López. Ranieri le dio la alternativa a jóvenes de clase obrera y con hambre de triunfos como Farinós, Angulo y Mendieta (su increíble explosión merece un capítulo aparte) e impuso un estilo que le iba como anillo al dedo al Piojo.

Después de un inicio dubitativo, con Romário en Brasil antes de diciembre por segundo año consecutivo y con el fichaje clave de Adrian Ilie, el Valencia se convirtió en un ciclón en la segunda vuelta. Los che mutaron en un equipo sólido que le entregaba la posesión al contrario para dejarle al Piojo López y a Ilie todo el espacio del mundo al contraataque. Ambos formaron la delantera más eléctrica de Europa hasta que el rumano pasó a convertirse en un “despilfarro de talento” (Héctor Cúper dixit).

La desbordante rapidez del Piojo López convertía cualquier pelotazo aparentemente sin sentido e inalcanzable en un pase medido a la espalda de los defensas. Un torbellino que acabó la campaña con 12 goles pero al que todavía le faltaba serenar su energía y encontrar la pausa en la definición.

Y, casi como por arte de magia, la descubrió en el Mundial del 98 en el que formó delantera con Batistuta. El Piojo acelerado y sin control de campañas anteriores volvió de la cita mundialista siendo otro futbolista, mucho mejor. Sin perder un ápice de verticalidad, el argentino aprendió a levantar la cabeza, serenar su juego y a distinguir entre velocidad y precipitación, enriqueciendo sus alternativas cuando le negaban los espacios.

El resto del equipo le acompañó en el paso adelante y el Valencia dio un salto de calidad enorme. Los de Mestalla completaron una temporada magnífica en la que quedará para el recuerdo el 6 -0 al Real Madrid en Copa y el destrozo que el Piojo le hizo por partida triple al Barcelona del testarudo Van Gaal, incapaz de encontrar un antídoto para frenar las cabalgadas del Usain Bolt de Mestalla.

Los de Ranieri se clasificaron para jugar la Champions por primera vez en en su historia y llegaron exultantes a la final de Copa en La Cartuja sevillana. Un Atlético en descomposición apenas opuso resistencia ante un Valencia brillante que le pasó por encima por fútbol, ilusión y goles en un partido memorable.

Mendieta volvió a marcar un gol realmente increíble y el Piojo López ascendió al Olimpo de los mitos del valencianismo con dos dianas que certificaron el primer título de los de Mestalla tras dos décadas de sequía.

El Piojo cerraba su mejor temporada como profesional con 21 tantos en Liga, despertando el interés de los grandes de media Europa. Las lágrimas y los gestos del argentino al término de la final parecían anunciar un adiós a Mestalla que finalmente se demoró una temporada más.

A la conquista de Europa

Con un título doméstico bajo el brazo, tocaba salir a la conquista de Europa. Tras pasar con sobriedad y suficiencia las dos fases de grupos de la Champions, llegó la hora de los cruces y de las noches mágicas en Mestalla. Llevado en volandas por una afición enfervorecida que nunca había visto a su equipo llegar tan lejos, el Valencia destrozó primero a la Lazio en cuartos por 5 a 2 y después en semifinales al Barcelona de Van Gaal y Rivaldo por 4 a 1, con goles del argentino en el descuento de ambos choques.

Los partidos de vuelta de las dos eliminatorias no pasaron de mero trámite y el Valencia y el Piojo López se plantaban en la final de la máxima competición europea en el año de su debut.

Los de Cúper llegaban al partido decisivo embalados y como claros favoritos ante un Real Madrid que había acabado quinto en Liga. Pero el traje le quedó grande al Valencia, que pagó su inexperiencia y se arrugó en un partido en el que no tuvo ninguna opción de ganar y acabó cayendo por un contundente 3-0.

Una despedida agridulce en el que fue el último partido de Claudio López con la camiseta valencianista. El Piojo puso rumbo a Italia para fichar por la Lazio, donde no acabó de rendir ahogado por la falta de espacios del Calcio, la feroz competencia en su equipo y la decadencia física que le fue restando explosividad. Después llegaron diferentes aventuras en México, Argentina y Estados Unidos que alargaron su carrera hasta que decidió retirarse a los 36 años en los Colorado Rapids.

Una dilatada trayectoria en la que el argentino nunca volvió a “picar” como lo había hecho en Mestalla, ante una afición que lo idolatraba y a la que le dio sus mejores años de fútbol para convertirse en un jugador de leyenda. 74 goles en cuatro temporadas dejó el Piojo López en un equipo que sentó las bases del mejor Valencia de la historia.

Escrito por Joaquín Llaudes

– Valencia –