Desde el 29 de octubre de 1994 han pasado casi 21 años. Durante este tiempo, más que suficiente y extenso para la vida deportiva de cualquier profesional del deporte, Raúl ha cumplido con creces y se puede retirar con la cabeza erguida tras demostrar su talento en el Real Madrid, FC Schalke 04, Al-Sadd, New York Cosmos y la Selección Española.

El madrileño ha tenido una carrera larga y fructífera, cuajada de logros y títulos con el Real Madrid (6 Ligas, 4 Supercopas de España, 3 Champions, 1 Supercopa de Europa y 2 Copas Intercontinentales), club en el que hasta hace pocos días, era el máximo goleador de toda su historia. Pero sobre todo, hay un título mucho más importante y que pocos consiguen: el respeto de todos sus rivales.

Dejando al margen los espectaculares números de Raúl, hay que destacar de él otras condiciones. En un artículo publicado en esta página por Irene Jódar, se destacaba, con razón, la inteligencia, respeto, valentía, humildad, generosidad, resistencia, trabajo y deportividad como los valores y cualidades que fue atesorando y demostrando Raúl a lo largo de su carrera.

Pero hay una característica de Raúl que es la que más admiro y la que más me llamó la atención siempre: la competitividad. El delantero madridista fue superando adversidades y siempre terminaba siendo clave en equipos con megaestrellas internacionales.

Quizá el error consistió en no situar a Raúl al mismo nivel de sus compañeros estelares.Empezó su carrera sentando en el banquillo a otro mito como Emilio Butragueño y fue capaz de sobresalir en equipos en los que jugaron Ronaldo, Zidane, Beckham, Mijatovic, Suker o Van Nisterlrooy.

El único lunar de su carrera ha sido, a mi juicio, su salida de la Selección Española. De todas formas, no creo que sea el momento de ahondar en este tema. Ahora hay que honrar a Raúl como se merece, reconocer sus logros, el mérito de toda su carrera y agradecerle estos años de fútbol y goles. Gracias y enhorabuena.

Sobre El Autor

Apasionado del fútbol y Bético por encima de todas las cosas. Continuamente pendiente de la actualidad del club verdiblanco, disfruto y sufro con las alegrías y sinsabores del Betis. Ser Bético es real como la vida misma, ya que uno aprende a levantarse tras continuas caídas. Y ahí está la verdadera fuerza del Betis: en sobrevivir a los contratiempos.

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