Los derbis entre el RCD Espanyol y el F.C.Barcelona siempre han sido encuentros tensos y disputados, pero, desde hace unos años, el protagonismo no solo se queda sobre el césped. En un deporte tan mediatizado como el fútbol, las cámaras y comentaristas han encontrado un filón para vender amarillismo, morbo y conflicto en la relación entre las gradas del RCDE Stadium y Gerard Piqué. Una animadversión irreconciliable que va mucho más allá de la rivalidad deportiva.

Una masa de gente se caracteriza por una emocionalidad elevada y por el contagio social. Los individuos que la componen dejan por un momento su personalidad a un lado para convertirse en parte de un todo. Y este todo lo único que busca es reafirmar su identidad como grupo. Es lo que explica que en el éxtasis de un gol te abraces a un desconocido simplemente porque está a tu lado celebrando lo mismo que tú.

El problema surge cuando la figura del rival se magnifica. Las masas son muy sensibles y muy susceptibles, con poco tiempo para la objetividad y mucha facilidad para sentirse ofendidas. El sentimiento de poder que da el grupo se desborda, y las normas sociales y la responsabilidad quedan diluidas en el anonimato de la multitud. El rival pasa a convertirse en un enemigo contra el cual todo vale. Sólo así se entiende que personas que durante su día a día muestran comportamientos aceptables, pierdan los papeles en un estadio de fútbol por cierta jugada o cierta decisión arbitral.

Ocurre que hay tendencia a que estos procesos se radicalicen aún más. Es entonces cuando surgen grupos que trascienden la espontaneidad propia de una masa y se convierten en organizaciones con una serie de normas, valores, creencias y modelos de acción, con unos líderes muy claros, una jerarquía muy respetada, muy a menudo ligados a ideologías políticas de aires extremistas, con cierto poder en la entidad deportiva que representan, e influencia en el resto del estadio. Son los grupos ultras. Sus actuaciones no sólo se limitan al contexto de un partido de fútbol, sino que trascienden hasta convertirse en un estilo de vida donde la extrema violencia está aceptada. Y todo ello bajo la premisa de defender su ideología hasta las últimas consecuencias.

Como vemos, un estadio donde se congregan decenas de miles de personas es una situación muy compleja que pocas chispas necesita para comenzar a arder. Por supuesto, no ayuda nada la tendencia de algunos protagonistas de este negocio a acaparar el foco mediático. Las desafortunadas declaraciones de Gerard Piqué (otra más en su larga lista) y las denuncias exageradas de la directiva del RCD Espanyol, no responden más que a intereses individuales y partidistas que se oponen frontalmente al espectáculo deportivo. Con facilidad y por desgracia, mañana volveremos a ver pancartas y a escuchar cánticos que poco o nada tienen que ver con lo que es el deporte. Por suerte, en este mundillo aún hay gente con criterio y cabeza como Ernesto Valverde.

Sobre El Autor

Nací en Barcelona y pronto adopté como ídolo a Maradona, el mejor. Más tarde conocí la clase de Van Basten, la magia de Romario, la elegancia de Zidane, volví a ilusionarme con Ronaldinho y me siento afortunado por haber visto jugar a Messi. Estilo y fantasía, así me gusta el fútbol.

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