El fútbol tiene razones que la razón no entiende, y una de las “razones” menos comprensibles de esta temporada es la situación actual del Real Madrid. A 16 puntos del Barça, aunque con un partido menos, en cuarta posición; clasificado como segundo de su grupo en Champions y con la perspectiva de una eliminatoria durísima ante el PSG en octavos; y con un camino poco brillante plagado de penaltis ante equipos de divisiones inferiores en la Copa del Rey. Este Real Madrid, que en pretemporada apabullaba al Barça en la Supercopa y parecía un tiburón dispuesto a devorar a sus rivales, se ha quedado sin hambre. Su juego es ramplón, lineal, y ni siquiera las individualidades le salvan.

El equipo de Zidane que terminó la temporada pasada venciendo en Liga y Champions, pasando como un avión por los últimos meses de competición, a lomos de un Cristiano Ronaldo que aseguró su quinto Balón de Oro en una última fase de Champions estratosférica, se ve ahora perdido, sin brillo.

Bien es cierto que no siempre, en su aun breve trayectoria como entrenador, ha acompañado a Zidane el buen juego. Pero en los años anteriores, cuando el juego no ha sido el ideal, se han conseguido las victorias a base de acciones individuales o de garra colectiva. Fruto de ello, la pasada campaña llegaron varias remontadas épicas que dieron alas al equipo, que les ayudaron a creer en sí mismos.

Si hace dos campañas se logró la Champions en la tanda de penaltis ante el Atlético de Madrid, el año pasado los merengues tenían un doble objetivo: alcanzar el hito de ser el primer equipo de la historia en repetir Champions, y ganar la Liga, que llevaban años sin vencer y que, al fin y al cabo, es el torneo de la regularidad, el que te marca que has hecho un buen trabajo durante todo el curso.

Aunque hay múltiples teorías para explicar lo que le está pasando al Real Madrid en los últimos meses, como que los cambios en la plantilla se están echando de menos más de lo esperado o que la forma física es deficiente, y todas tendrán parte de razón, yo me apunto a la falta de hambre como motivo principal. Este Real Madrid ha quedado saciado con las dos Champions consecutivas, con la Liga de la campaña pasada, con las Supercopas del verano ridiculizando a su eterno rival, y ha empezado la temporada extasiado con su propia imagen. Se han parado a mirarse en el espejo, y cuando vayan a espabilar será tarde, al menos, para el tren de la Liga. Solo así se explica que, cada vez que han sufrido un tropiezo, la respuesta a la pregunta de lo que ocurre ha sido “estamos en el buen camino”. Solo cuando ese camino les llevó a ser goleados en casa por el líder y a quedar a una distancia casi insalvable en la clasificación, parecen haberse dado cuenta de que tal vez no era tan bueno el camino.

Cristiano Ronal Real Madrid

Pero aun así, pareciendo un equipo abúlico, que da la temporada por amortizada, en el que grandes jugadores son la sombra de lo que fueron y brillantes promesas parecen alevines, hay que tenerle respeto. El tiburón puede parecer dormido, pero no le metas la mano en la boca por si acaso. Un duelo como el del Paris Saint Germain debe dar la medida de la personalidad del Real Madrid para salir de su bache. Es una de esas eliminatorias a todo o nada, donde el Real Madrid, históricamente, han impuesto normalmente el peso de su historia. Aun a riesgo de equivocarme con tanto tiempo por delante, preveo que solo la Champions salvaría el puesto de Zidane para el año que viene. Pase lo que pase, imagino que llegará a fin de curso, pero solo la terapia de choque de los Neymar, Mbappe, etc puede despertar al Real Madrid para hacerle dignificar su papel en lo que queda de temporada.