I

AQUELLA MUJER, de la que lo primero que vi fue su ojo izquierdo observándome enmarcado por la antigua mirilla dorada de una vieja puerta al final de una escalera crujiente del barrio de Argüelles, me había asegurado que podía hacerlo.

Era un piso pequeño, barnizado por una extraña pátina de tiempo que parecía haberlo corroído con insistencia a lo largo de años; como si el yeso tuviera la cualidad de una piel y mostrara su edad sin pudor; no estaban todas esas imágenes de aerógrafo que suelen ambientar el esoterismo barato y que evocan el más allá, la paz de espíritu, la búsqueda transcendental… esas cosas. En la entrada, una sola imagen: un Sagrado Corazón con el «Dios bendiga cada rincón de esta casa». Me tomó un tiempo acostumbrarme a aquella luz, rojiza y asfixiante, en cierto modo se me hizo caliente, como la tarde; Se filtraba tamizada a través de unos visillos y parecía diluirse en el aroma químico y dulzón que flotaba por todas partes producto de un ambientador de hogar del Spar. Días antes, recreando el encuentro, yo había imaginado un nombre más apropiado al oficio, no sé, algo como Salamay, Siriana, Mumasala…  algo tropical, de origen caribeño acaso.

Arruinó mis pronósticos presentándose como Sagrario.

Y me contó que era de un pueblecito de Toledo, que había llorado en el vientre de su madre y que nació con la cruz de Caravaca en el paladar; circunstancias, a lo que se ve, compatibles. Y que por eso tenía el don.

—Es usted puntual. Y joven, aún. Siéntese, enseguida vuelvo— dijo.

El propósito de aquella bandeja que sostenía en sus manos no era la Cafeomancia, tal y como supuse al verla aparecer en el salón; nada de eso, contenía café, sí: dos tazas de café con leche con bollos de aceite que —me aclaró— merendaba a diario. Enseguida empezamos con todo eso: el coste de la vida, la degradación del barrio, los políticos, claro, y los precios del mercado; conversación de mesa camilla en la que demostró ser una maestra del género. Mojaba el segundo, se quejaba de la suciedad de las aceras cuando puntualizó:

—Lo que me ha pedido, lo que me dijo por teléfono, usted sabe, no es moco de pavo.

Guardé silencio y seguí removiendo el azúcar en mi taza.

—Pero lo vamos a hacer, no se preocupe. El precio es el que es, claro…

—Eso no va a ser un problema— atajé rápido.

—Y trabaja usted en obras, me dijo. ¿Ingeniero, quizás?

—Digamos que algo similar; obras, sí.

Sagrario retiró la bandeja con los restos de la merienda y se perdió por un largo pasillo. Bajo su vestido verde: unas caderas anchas, curvas, una figura de jarrón. Reapareció un instante después mirando al aire, ahuyentando, describiendo círculos con sus manos, algo que volara, algo que yo no lograba ver.

—Ah, están pesadísimos. El verano, ¿sabe?

—Es este bochorno — dije—. Pero…  no veo moscas aquí. — añadí extrañado.

—No, no— y esbozó una sonrisa compasiva— No son moscas, son ellos, quieren materializarse, pasar al nivel corpóreo, el segundo eslabón de la materia, usted ya sabe. Están como locos hoy.

—Claro, sí, ya sé…—

Comenzó a entonar para ella lo que parecía ser un rezo, una oración, algo incomprensible que recitaba de carrerilla perteneciente a un idioma o religión que no supe identificar.

Me vi ridículo días antes: buscando en aquel periódico del café, subrayando ese anuncio, saliendo a buscar una cabina, anotando una dirección después de la breve conversación con esa voz que ahora tenía enfrente de mí, apoltronada en un sofá de escay granate, abanicándose con un paipái de publicidad de una marca de refrescos con el lema en letras amarillas sobre un fondo de agua: «El fresco del verano, con hielo, con quién quieras».

Terminó sus salmos y suspiró. Se quedó observándome.

—No es usted muy alto, eso puede ayudar.

Me miré de una forma estúpida, buscando cualquier excusa; luego mantuve la mirada en sus ojos, tratando de evitar ese escote de gravedad notable, por el que esa cadena dorada se perdía canal abajo, a plomo, centrada entre sus abultados pechos. El abanico le levantaba el pelo a cada pasada; le ponía un aspecto de matrona italiana su piel aceituna, esa nariz repleta de personalidad y el cabello negro, bien teñido; a pesar de parecer cómodamente sentada, en su figura podía vislumbrarse un gesto de resignación, de infinita paciencia con el mundo, la mueca de quien arrastrara una pesada carga invisible. Sin la taza de café, sin nada que llevarme a las manos, calmé mis nervios jugando con unas piedrecitas esféricas que reposaban indiferentes sobre la mesa de centro.

—Son los kranas de don Amalio, me los dejó aquí ayer mismo. Infeliz, piensa que puedo arreglarle lo suyo con una transposición externa, como si llevara un rato hacer una transposición externa; encima aquí, en este pisito que me dejó mi madre, la pobre.

Solté de inmediato las canicas.

—No, no se apure, puede tocarlas todo lo que quiera, aún no están potenciadas. Don Amalio no sentiría absolutamente nada aunque usted las arrojara al suelo.

Mire, doña Sagrario —estuve por decir—, mejor nos olvidamos de esto y, quizás… bueno… yo me dejé llevar al ver su anuncio, soy un hombre bastante normal, racional, quiero decir…nada proclive a estas cosas… en realidad no sé qué hago aquí…

De inmediato me interrumpió el pensamiento:

— Mire que ahora que le miro despacio, igual que su altura ayuda, esa ropa…  vaqueros, un polo que parece grueso… no sé.

—Puedo venir otro día, si es preciso, me puse cualquier cosa, entiéndame.

—Está bien así, no es eso; me refiero a cuando empiece el sudor, la tercera barrera, ya sabe, con estos calores…

Hubo silencio.

Salió de su escote al movimiento preciso de su mano izquierda; dejó el paipái sobre un muslo; se incorporó hacia mí, lo necesario para dejar el péndulo suspendido entre ambos, sobre las canicas de don Amalio que ahora descansaban desordenadas sobre la mesa.

— Acérquese, dígame su nombre completo.

Obedecí. El péndulo comenzó un movimiento circular, hipnótico; Sagrario lo observaba con un oficio que me resultó sorprendente, como si fuera posible que aquella piedrecita de bisutería pudiera moverse en círculo a las órdenes de la mirada y no de la mano.

— ¿Tiene Venancio Almansa Garrón su libre albedrío?— preguntó al fin.

Sí, se lo estaba preguntando a aquella piedra que pendía de una cadena dorada.

La piedra invirtió el giro con lentitud. Presentí que eso era bueno, no sé por qué. Sagrario asintió, como una constatación de lo que esperaba. El péndulo seguía girando.

— ¿Tiene Venancio Almansa Garrón la potencia corona equilibrada?— Preguntó de nuevo.

El péndulo siguió su giro.

  • Venancio… ya no se lleva ese nombre—apuntó sin perder la concentración.
  • Es por mi abuelo— balbuceé.

— ¿Y los siete poderes nefáticos superiores?— le preguntó.

El péndulo invirtió el sentido de su marcha esta vez.

Me dirigió la mirada un instante, me miró despacio. Temí un diagnóstico adverso, alguna traba inesperada.

  • ¿Ha venido usted en metro?— dijo finalmente.
  • Taxi, soy claustrofóbico.
  • No hay quién ande ya por Madrid— dan miedo las cosas que pasan, las que salen en el programa de la tarde, le ponen a una los pelos de punta.

Me sentí un tanto defraudado, por momentos comenzaba a apoderarse de mí la idea de estar participando en algo grotesco. De pronto me resultó difícil imaginarme a Sagrario en la Seguridad Social haciendo gestiones, qué se yo, acudiendo al habilitado de las clases pasivas o a poner unas tapas a sus tacones; había supuesto ya de ella una existencia superior, o tántrica, vete a saber cómo, en cualquier caso ajena a la vida común de la ciudad; y sin embargo, a pesar de su péndulo, a pesar de eso, parecía formar parte de las más pura mundanidad, perfectamente incluida en todos sus ruidos, esos que ahora llegaban atenuados a través de las rendijas de las puertas del balcón: el 82 aceleraba al salir de su parada, un conductor pitaba en el semáforo, un pistolete insistía con el pavimento de la acera.

— ¿Algún problema, algo está mal?— me alarmé.

—No, don Venancio, todo está bien— me tranquilizó— es ese mensaje que me llega, es aún muy débil, pero me llega.

— ¿Qué dice ese… mensaje?

—Es difícil saberlo aún, puede ser una metapofasía, un degrado de los inferiores, se cuelan a veces en cuanto se huelen que la cosa se va a mover.

Y me tranquilizó; sin motivo alguno, su explicación me tranquilizó.

—Mire, Sagrario, yo no quiero complicarle la cosa, me conformo con un ratito, quince minutos, no más, como le dije: un par de pases, cualquier cosa, tocarla, nada de jugadas para el recuerdo o goles, eso se escapa a mi presupuesto y yo…

—Dinero, dinero… ustedes siempre piensan en lo mismo. No todo está en mi mano; en esto, como en todo, hay algo de azar — Se quejó— ¿Me dijo usted con Alemania, verdad?

—Si fuera posible, sí. —Indiqué— Si tuviera que ser Holanda no sería problema, ya le expliqué que…

—Ya, ya — atajó—. Pero eso mismo dijo el chico de la frutería y no deja de echarme en cara lo del Maracanazo ese cada vez que bajo a por una sandía; de Velada, muy ricas, sabe. Y puede figurarse el apuro, el pobre se dejó todos sus ahorros.

Sin conocerle, pensé en ese chico, el de la frutería; Maracaná… Me mataba la curiosidad. Sí, ya sabía las condiciones, Sagrario me lo había dejado bien claro de una forma muy seria: la confidencialidad, el compromiso de guardar secreto absoluto, la inconveniencia de cruzar según qué caminos o desvelar el destino una vez de vuelta. No pregunté, preferí no jugar con esas cosas.

Sagrario parecía comenzar algo, había dejado el abanico en la mesa, buscaba una goma en su muñeca, perdida entre varias pulseras, con la que, una vez liberada, se recogió el pelo en una coleta. Asomó un rostro nuevo, como recién hecho; de repente sus ojos adquirieron una dimensión mayor, como fuera de escala, su ojo derecho, bajo una ceja ligeramente más arqueada, asimétrico, sus labios más abultados, rejuvenecidos; en la sala había quedado una luz de sacristía ahora que la tarde cesaba, más propicia, más prometedora. Del mueble del fondo, de uno de los cajones, que se abrió con quejas de madera, sacó dos toallas.

—Todo está listo, sígame al cuarto.

Avanzamos en la penumbra del pasillo; se aclaraba un tanto en su mitad por esa ventana que daba a un patio estrecho, sucio; puertas laterales cerradas, iguales; suelo de madera; el olor pasó a ser de cera; dos tuberías oxidadas recorrían la pared y alimentaban un radiador de fundición muerto; techos altos, amarillentos.

Al fondo: la puerta.

Cedió a la manilla sin dificultad, Sagrario entró con la decisión de quien conoce el terreno. Me adentré tras ella en aquella oscuridad.

—No vamos a necesitar luz —dijo sin girarse—, debe tenderse en el centro, sobre esa estera. Voy a ponerle una toalla.

No alcancé a percibir la verdadera magnitud de aquella estancia con la vista; el sonido me decía que era un dormitorio de dimensiones normales, una alcoba más bien, no se distinguía ninguna ventana. Cuando me agaché sentí su mano guiándome, mostrándome el tacto de la toalla sobre una esterilla; estaba fría; cerró la puerta, que sonó sorda, y de no ser por la débil raya de claridad que se trazaba por debajo de ella en el suelo, aquello era la noche más absoluta. Y el más absoluto silencio, sólo roto por los leves sonidos que Sagrario producía con movimientos comunes: sentarse en una silla, acomodarse el vestido, doblar quizás la toalla que le había quedado en la mano, un débil carraspeo.

De repente se me hizo atractiva, transcendente, controlando aquella situación; porque allí, con vocación de cadáver, yo yacía quieto en el suelo esperando no sabía qué, sin posibilidad de preguntar nada porque, hacía ya rato, me había entregado a aquello. Fuese lo que fuese.

— ¿Le esperan en casa?

Su voz sonó próxima, sobre mi frente, detrás de mí.

—Soy soltero—. Dije.

—Unos cómodos, eso es lo que son los hombres de ahora— sentenció—, no quieren compromisos. Pero casi mejor así para lo que nos ocupa; hay mujeres que no cesan nunca de hacer preguntas.

Comenzó otra vez con otra salmodia, ahora quizás más nítida; hice el intento de descifrar aquello por unos minutos, pero el pensamiento se me largó a otra parte. Pensé en la oficina. Esa misma mañana había llegado Ramírez a buscar una solución para su estructura, me había tenido encerrado en la sala de reuniones más de dos horas con todas sus dudas insoportables, con todas aquellas sugerencias descabelladas. Imaginé las burlas del departamento al enterarse de lo que me había traído a un piso de Argüelles; sus miradas, sus comentarios hirientes, allí no se perdonaba nada. Pero ahora, Ramírez, el estudio, don Alberto, las obras… todo eso empezaba a parecerme tedioso, ajeno, un lugar tan, tan lejano.

—Bien— interrumpió Sagrario, que había cesado en su retahíla— parece que anoté bien ese nombre, el que usted me dio, lo tengo aquí en este papelito. Lo anoté bien, le digo, porque acabo de encontrarlo; no ha sido tan difícil. Comenzamos. No diga nada, no se mueva.

Sus manos se posaron en mi cara y algo pareció evaporarse, algo comenzó a irse dentro de mí. Olían a bollo de aceite.

Lo peor fue ese tramo, —ya me había advertido ella lo del calor—, y comprendí lo de los vaqueros y por qué las toallas. Y fue el más oscuro y largo porque luego todo se volvió blando, como construido de vahos; más tarde esa luz, débil, parecía provenir de todas partes; esperé paciente la claridad, una claridad acuosa, como la que se percibe buceando, acompañada por todo ese sonido plácido, tan sedoso que parecía dejarse tocar; no sé por qué, pero esperaba chasquidos, notas agudas, gritos, lamentos y terrores, cosas así. Pero no. Comenzó una especie de avance, un dejarse llevar sin ser empujado, exacto, una cosa como magnética, sin hilos visibles, sin fuerzas tangibles; tan, tan suave que me pareció alargar la mano más de una vez e intentar acariciar ese no sé qué que me envolvía. Y después de un buen rato de silencio y luz me fui formando, como haciéndome de carne, de huesos, porque hasta entonces, yo había sido otra cosa, todo lo contrario a eso. Esperé.Y el primer sonido: una bocina. A la bocina se le solapó un grito, no muy estridente, moderado; y otro más, ahora armonizado con otros de igual género que se le sumaban; más ruido: esta vez voces cercanas, las entendí perfectamente sin saber precisar qué idioma era; la claridad comenzó a matizarse al verde, un verde mate, con una línea blanca que lo cruzaba, y era blanca porque los colores ahora ya sí eran colores. Y por primera vez me sentí; me sentí el pelo, algo largo, moreno, me sentí unas patillas pobladas cuando me sequé el sudor de la cara, noté los latidos del corazón en mi pecho, acelerados; sentí las piernas, fuertes, me soportaban sobre algo plano y ancho; un suelo, un suelo verde, sí. Miré mis pies, pude leer en la cara interior de la lengüeta: Adidas. Todo se conformó en instantes, de la misma forma que se había diluido Argüelles, aquel dormitorio y las manos de Sagrario. Aparecieron las gradas, el público, las cubiertas de metacrilato, un árbitro grande. Tuve esa sensación de despertar, como de haber vencido una ceguera de años. Y entendí, entendí el lugar, entendí el juego y mi posición; no era un extraño allí, yo era de allí, formaba parte de aquello de una forma natural, consciente de mí mismo. Era yo. Pero yo, ahora, era otro.

Nuestro portero era él, sí, Maier, sin duda; y el tipo que salía con el balón era Franz, porque reparé en que les conocía a todos por sus nombres de pila y no por el apellido, el que se usaba en las retransmisiones: Juergen, Berti, Uli… Ahora conducía Paul por banda izquierda, exacto, el del bigote era Paul… a mi derecha Rainer… Repasé al resto de mis compañeros, los de la camiseta blanca, a todos. Entonces yo era…

Un grito desde la banda se refirió a mí: «Gerd, gehe mehr runter!».

Y bajé. Bajé porque Rijsbergern y Suurbier, me estaban dejando en fuera de juego constantemente, y aunque fuera algo previsto en las charlas, aunque lo esperábamos, había que evitarlo a toda costa; lo habían hecho así durante todo el torneo. Holanda tira bien el fuera de juego, luego salen ordenados y rápidos a presionar, todo el equipo a un tiempo, todos en línea dispuestos a recuperar el cuero, lo nunca visto. Y ahí, acostumbrado a jugar muy arriba, yo me quedaba en fuera de juego sin remedio una y otra vez.

Entendí, entendí todo.

Múnich, 7 de julio de 1974, minuto 35 de la primera parte. Llevo el 13 a la espalda. Soy Gerhard Müller.

Sagrario había cumplido su parte.

 

Muller contra Holanda

 

II          

La encontré cenando una tortilla de espárragos verdes en la mesa camilla del salón. Una gran raja de sandía brillante, moteada de pipos negros, esperaba sonriendo su turno sobre el hule.

—Si ceno tarde, duermo mal, ¿sabe?—dijo masticando—

—Comprendo…—acerté a decir, temiendo que no me entendiera.

Terminó la tortilla y limpió sus manos con una servilleta de papel, tomó un cuchillo y partió en tacos la sandía sobre un platito.

—Enseguida acabo. Siéntese un momento.

—No se apure, termine.

Me acomodé en el sofá. Mi polo estaba arrugado, tenía los vaqueros pegados a la piel y un regusto a cobre en la boca; alcé la cabeza con temor, buscando mi reflejo en el espejo que colgaba en la pared. Era yo, Venancio. Tenía sed. Sobre la mesa había una gran jarra de agua y un vaso junto a las canicas, que ahora estaban dispuestas en un orden extraño, poligonal.

—Beba. Y no toque ahora los kranas — Me ordenó —. Cene ligero al llegar a casa y dese un paseo antes de dormir, le vendrá bien. No olvide tirar esa ropa en cuanto pueda, a menudo quedan Cafículas Matriz prendidas en el tejido.

Miré a nada durante un largo rato. Escuché el crujido de la sandía en su boca.

Saqué el sobre de mi bolsillo, aplastado, tuve que rasgarlo para liberar el fajo de billetes; cuando comencé a contarlo caí en la cuenta.

—Doña Sagrario, metí un gol en el 43 y no me alcanza.

—No se preocupe, hombre. No soy tan avara como dicen.

—Pero gané la Copa Mundial…

—Dinero, dinero… siempre están ustedes con lo mismo. — Sagrario saboreaba la sandía con gusto, le corrían hilos de agua por la barbilla.

Se repasó los labios con un trapito y vino a la mesa de centro. Dobló los billetes y los guardó junto al péndulo. Justo el lugar que le correspondía, pensé. Abrió el balcón de par en par y apagó la lámpara; una brisa urbana, tímida, entró en la sala y dispersó con pereza el olor a espárragos. Las luces de la calle daban ahora a la sala un aspecto aún más lúgubre pero inexplicablemente acogedor. Sentí dolor en el tobillo derecho cuando me puse de pie.

Bajé la escalera, respiré, llamé un taxi.

Miré hacia aquel balcón un instante. Pero nunca más vería a Sagrario.

 

 

A Torpedo Müller, aunque nunca lo leerá. El jugador que siempre quise ser.

Toledo, mayo 2018.

Óscar R. Valladares.

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

Artículos Relacionados