Algo no va bien en lo que rodea al mundo del fútbol. En concreto, hay algo que falla en el periodismo deportivo, esa especie de tumulto de colores en el que cada uno tira en favor de su propio interés cuando, probablemente, todo resultaría mucho más interesante, constructivo y agradable si las aguas revueltas volvieran al cauce principal. Es mi opinión, quiero que quede claro, pero tengo la impresión de que si cada pequeño río afluente alimentase al río mayor, la gran beneficiada sería la profesión, un pilar histórico en el avance de los tiempos que se tambalea, en la actualidad, en sus temblorosos cimientos, perdido en el periodismo de bufanda o en el espectáculo neo circense y bochornoso que ofrecen algunas parrillas televisivas.

Prensa Amarilla

Pero fíjense bien. Si ustedes, aficionados al fútbol, se detienen a observar un partido de baloncesto o tenis, o a seguir una etapa de la Vuelta a España, el lenguaje periodístico es completamente diferente. Se mantiene el lenguaje neutral, se alaba al jugador extranjero simplemente por su esfuerzo, talento o buen hacer, no se buscan rencillas locales, a lo sumo se produce una mayor exaltación en la victoria de un equipo o jugador afín, pero se mantiene el respeto por el rival, el análisis sesudo y sosegado y las conclusiones en frío. Existe el criterio objetivo, desaparecido en combate en otros lares.

Escribo estas reflexiones porque en los últimos días se han producido cambios en las plataformas televisivas en los que se reduce el espacio de periodistas deportivos en los que se apreciaba este respeto a la profesión para dar cabida a periodistas del espectáculo, pero de los de segunda línea, ahora lanzados al estrellato. También las escribo por ese intento pornográfico que se produjo en Telecinco (donde si no) en el que un conde del papel cuché se dejaba la voz imponiendo su criterio sobre cualquier cosa relacionada con el Mundial, pero no con el fútbol. Lo que finalmente me decantó fue escuchar a un desesperado y aburrido Miguel Ángel Zubiarrain constantemente interrumpido por un locutor futbolístico en sus expertos y tranquilos comentarios de un partido de Rafa Nadal, incluso tras haber sido interpelado por el director del programa en el que intervenía. Al parecer, un acercamiento al área es suficiente razón para interrumpir el trabajo de un profesional de tal prestigio. Pero claro, el acercamiento no fue el de un equipo cualquiera…no sé si saben a lo que me refiero.

Y aquí aparece uno de los más relevantes resultados de la vulgarización del periodismo: la polaridad, el blanco o el blaugrana. Sólo eso. La desaparición del entorno y la focalización en el centro. La constante pérdida de conocimientos y objetividad en la profesión periodística, unida a la monetización de los sentimientos han desembocado en una absurda polarización de la información en la que solo tienen cabida dos clubes y medio. En los programas deportivos en las cadenas generalistas, y, ahora, también en las de pago, sólo “se acuerdan” de los demás clubes por circunstancias extradeportivas. Si eres valencianista, levantinista, bético o sevillista ya sabes lo que toca. Lo mejor es que ni informen. Si eres del Valladolid, del Girona o del Huesca, el olvido.

La proliferación de la prensa amarilla, es decir, el de la venta del escándalo, del ídolo o del alma al mejor postor supone el final del fútbol como deporte. Unámosle la “profesionalización” de los órganos que dirigen el fútbol español y los despropósitos de la final de la Supercopa de España en Tánger (en el que, por ejemplo, los mismos aficionados debieron habilitar aseos para mujeres en los de los hombres ante la inexistencia de baños específicos) o la proposición del partido en los Estados Unidos. Hay voces autorizadas que secundan que hay que vender el producto. Pero,¿ por qué no empezamos por venderlo al aficionado local? Según Transfermarkt a día de hoy se han jugado dos partidos en el Santiago Bernabéu con una media de 53.861 espectadores sobre un aforo total de 81.044, es decir, un 66.5%. Las cifras en el Camp Nou son una media de 62.124 espectadores sobre un total de 99.354, un 62.5% de media. Podríamos resumirlo en un “algo más de media entrada”. Curiosamente los equipos con más visibilidad mediática. Pero… ¿Qué es lo que verdaderamente venden el Real Madrid o el Barcelona? ¿Venden fútbol? ¿Fama? ¿Camisetas? ¿Qué? Yo no sé qué contestar, pero los campos se quedan vacíos en parte. Me temo que el aficionado clásico, el socio, hace tiempo que dejó de ser el objetivo de los departamentos de marketing.

Supercopa España Tánger

Entrada a vestuarios en Tánger

Sin embargo, además de la prensa amarilla y la obsesión económica de los dirigentes del fútbol español, aparecen nuevos problemas en nuevos escenarios. Añadimos las redes sociales. No ellas, sino sus usuarios. Lejos de aprovecharlas como un elemento de comunicación útil y revolucionario, en cuanto a su relación con el fútbol, las redes sociales suponen, desgraciadamente en la mayoría de las ocasiones, un foco de radicalidad. Lejos de lo que probablemente se esperaba, las redes sociales generan la censura de la idea diferente, sea cual sea, de modo que sus usuarios han de tener tino en sus palabras si no quieren verse expuestos al escarnio público. Las redes sociales funcionan como la propaganda, presionan a las directivas, se convierten en realidad aumentada de la crítica y es difícil para el profesional mantenerse al margen. En ellas se descubren entrenadores frustrados, directores deportivos de conocimientos infinitos y una gran lista de personas que están seguras que harían mejor el trabajo que critican. Qué fácil se ven las cosas cuando uno está liberado de toda responsabilidad.

Estas reflexiones me llevan a unas conclusiones que siempre mantienen el interrogante: ¿Queremos fútbol o queremos espectáculo? ¿Queremos ser aficionados apasionados o queremos ser espectadores a la caza de la fotografía o el viejo autógrafo? ¿Hasta cuándo va a merecer la pena vender nuestra competición? De estas cuestiones extraigo una idea que me estremece: si estamos vendiendo un producto ¿Lo estamos ofreciendo tal y cómo lo quiere el comprador? ¿Y, exactamente, qué es lo que quiere el comprador? Que cada uno piense lo que quiera.