No pude evitar el pasado martes, viendo retirarse lesionado y cojeando al duro y gigantón John Terry en el transcurso del Atlético de Madrid – Chelsea, recordar su tristeza tras la final de la Champions de 2008.

Llegaban a aquella final dos equipos ingleses: Manchester United y Chelsea. En un bellísimo escenario, el estadio Luzhniki de Moscú, los goles de Cristiano Ronaldo y Lampard llevaron dicha final a los lanzamientos desde el punto de penalti. Desde los 11 metros y rodeados por la lluvia se sucedían los lanzamientos. La fortuna quiso que la gran estrella red y autor del gol durante los 90 minutos fuera quien fallara su disparo, Cech frenó al portugués.

Llegó el quinto penalti para los de Abramovich, el gran capitán se dirigía al punto fatídico. Si John Terry, todo un líder, un hombre acostumbrado a la presión, un futbolista de la máxima seguridad y confianza marcaba, su equipo se proclamaría por primera vez campeón de Europa. Se dispuso a lanzar pero el césped húmedo le jugó una mala pasada en el último apoyo mandando al jugador al suelo y al balón… al palo.

Después, en la muerte súbita, Anelka fallaría el penalti que acabó por dar el título al United. Pero el dolor y la responsabilidad recayeron sobre un John Terry que lloró aquella derrota como nadie.

Para los aficionados del conjunto inglés, y pese a la durísima derrota, el gran capitán blue es y seguirá siendo precisamente eso, su líder, su eterno capitán.