En los últimos días, la actualidad colchonera va más allá de la buena racha truncada por el Espanyol que le ha llevado al segundo lugar de una Liga que parece tener ya un favorito muy claro al título. Aparecen los ya habituales rumores sobre Griezmann, casi constantes desde poco después de llegar, que recientemente ha alcanzado una nueva dimensión por las famosas declaraciones de Guillermo Amor. Pero otro protagonista se ha prodigado últimamente en los medios. Fernando Torres ha proporcionado entrevistas recientes que, unidas a alguna frase de Simeone, han cubierto titulares en prensa. Hoy me quiero quedar con un concepto que ha atraído menos a la prensa deportiva, pero que es interesante para el futuro del Atlético de Madrid y que citó Torres en su conversación con As: la diferenciación entre los aficionados atléticos de toda la vida y los que podríamos llamar neoatléticos.

Este es un tema muy propio del consumo interno del club y su masa social, no es algo que salte a los titulares, es más bien un comentario de barra de bar, de grada (o de foro, en estos tiempos tecnológicos), pero sobre el que mucha gente opina y puede causar división. Las últimas temporadas de grandes éxitos y desarrollo de la marca a nivel internacional, han despertado el sentimiento atlético. En el viejo Calderón ya se veían en las últimas temporadas muchos turistas que ya tenían en cuenta la posibilidad de ir a ver al Atlético si pretendían ver fútbol en su visita a Madrid, cuando antes solo tomaban en consideración al vecino y rival. La inauguración del nuevo y espectacular Metropolitano ha aumentado la afluencia de este tipo de aficionados. Por supuesto, nadie puede pensar que esto sea negativo para el club como institución, pero ni siquiera para el club como filosofía o masa social.

Pero cuando Torres distinguía entre nuevos y viejos atléticos, seguramente no se refería a esos turistas que pueden visitar ocasionalmente el estadio, ni siquiera a los que abren peñas en la otra parte del mundo o a los que se compren la camiseta en una tienda de deportes Beijing, Stuttgart o Ciudad de México. Quien se plantea esa distinción lo hace pensando en gente más cercana, en ese aumento exponencial de aficionados y aficionadas que ha llevado al Atlético de Madrid a tener más de 110.000 socios y más de 50.000 abonados.

La duda reside en saber si los que abrazan la fe colchonera en los momentos de éxito serán capaces de mantenerla en las épocas de vacas flacas (que llegarán antes o después). Quienes llevan (llevamos) años viviendo sinsabores, ascensos y descensos, que no están tan lejanos en el tiempo, fichajes ridículos, partidos infumables o derrotas vergonzantes vivimos ahora en Disneylandia, toleramos algún traspiés y, aunque reconozcamos que el juego del equipo en ocasiones sea para apagar la televisión (o cortarse las venas), miramos a la clasificación y se nos pasan los males, nos parece mentira.

Debe compensarse el nivel de exigencia, que debe ser alto porque las posibilidades (y el presupuesto) del equipo no deja de crecer, con la situación de los años anteriores a la era que protagoniza Simeone, es importante saber de dónde viene un club que hace menos de veinte años estuvo en Segunda. Además, cabe el miedo en muchos aficionados de que, si se hace costumbre ganar, si se fichan jugadores top y se convierte definitivamente en un equipo auténticamente grande, se pierda la esencia y se convierta en aquello que siempre se ha negado, en esos Real Madrid o Barça para los que un empate es un desastre y en cuyos estadios se anima poco y desapasionadamente (que más da, si saben que van a acabar ganando).

Torres y Griezmann celebran gol

Un ejemplo de ello es Antoine Griezmann, un grandísimo jugador, clave en las últimas campañas, y que seguramente es el principal ídolo de esos neoatléticos, pero que me apostaría algo a que tiene menos cariño que gente como Torres o Juanfran, con menor rendimiento deportivo, entre los aficionados de toda la vida. Y ¿qué ocurre con el francés? Pues que está dispuesto a irse con el mejor postor en cualquier momento en busca de fama y fortuna.

¿Podría ocurrir eso con los neoatléticos? ¿Se ha convertido el Atleti, sufridor de toda la vida, en una moda? Puede ser, y eso molesta a muchos de los aficionados más clásicos. Como Torres, que siente estos colores desde niño y que, después de marchar por razones muy diferentes a las que pueden hacer salir ahora a Griezmann (y que darían para otro artículo) siguió en la distancia haciendo gala de su condición de colchonero.

En clave relacionada con esta dicotomía pueden interpretarse las palabras de Simeone sobre Fernando Torres que levantaron cierta polémica antes del partido ante el Espanyol. Yo no creo que el entrenador tenga nada en contra de un jugador al que situaría como titular en el siguiente partido, sería absurdo, pero entiendo que quiso solicitar algo más de apoyo para compañeros como Vietto, Gaitán o Gameiro haciendo ver que Torres, sin unos resultados espectaculares, tiene el beneplácito del núcleo duro de la afición.

Seguramente es el signo de los tiempos, un ejemplo de serendipia que trae consecuencias inesperadas de los buenos resultados futbolísticos del equipo, pero la masa social del Atlético está cambiando y eso traerá desencuentros entre los aficionados. Todos tendrán que aprender a convivir con esta nueva situación y, tal vez, lo mejor sería que esos clásicos aceptaran la nueva situación y fueran capaces de explicar a los neoatléticos su bagaje, para que comprendieran mejor a qué barco se están subiendo. Esta sería la forma de enriquecer a ambos grupos y a mejorar el futuro del Atlético de Madrid.

Sobre El Autor

Director Adjunto

Futbolero y colchonero desde 1978. Sé por qué soy del Atleti, pero no puedo explicarlo. Si quieres hablar de fútbol, aquí tienes un amigo.

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