I

“Un tonto jodió un pueblo”, dice a menudo mi amigo Antonio. Imagínate dos, le respondo siempre.

Torres de Marayán está en la vega del Ebro y es famoso por su huerta y por sus jugadores de frontón, ágiles, con buena pegada. En toda la comarca no hubo nunca rival para los peloteros torreños.

Eso era antes. Un día, sin avisar, igual que llegaba el Cierzo y obligaba a los paisanos a arrugar el gesto y sacar una buena chaqueta, llegó el fútbol.

El frontón se convirtió en pista de fútbol sala, luego la gran pared, esas grietas… Llegó el derribo y se alisó una buena explanada bordeada por árboles justo antes de que el alcalde, bendición eclesiástica incluida, inaugurara la fuente. Un pozo artesiano que daba un agua clara y fresca, ideal para aliviar las gargantas de los jugadores. Las tardes de domingo fueron otra cosa desde entonces. El fútbol se apoderó de Torres de Marayán.

Una Virgen no es nada. De tamaño, se entiende. La Virgen del Pilar, por ejemplo, no mide más de 37 cm.; luego el manto, la corona, la peana hacen que el conjunto parezca grandioso y sus dimensiones más sobrehumanas.

La Virgen de las Vegas medía poco más, cabía perfectamente en el pecho de un hombre con una cazadora holgada. Ella lo sabía bien. Para ser una talla del románico, una pieza única, estaba como si tal cosa sobre su pequeño altar en la iglesia de Torres donde llevaba años aburrida escuchando plegarias, ya muy repetitivas, concediendo según qué favores de su competencia y metiendo algún que otro gol en el último minuto contra los equipos de la comarca. A cambio recibía un culto sencillo pero sincero, siempre las mismas oraciones, los mismos cánticos y la ya famosa romería anual al huerto donde fue escondida durante la Guerra de Independencia que, si bien no le desagradaban, le sumían en un estado de hastío que muchas veces no se esforzaba en disimular. Ella también podía aburrirse, sí.

A menudo, para evadirse, recordaba con añoranza cuando estuvo a punto de cumplir su sueño: conocer París. Sí, la capital francesa siempre había sido su meta. Este deseo había anidado en Ella a pesar de que la maternidad le trajera tan altas responsabilidades. Fue escuchando los relatos de los peregrinos, exagerados sin lugar a dudas por el entusiasmo del viaje, donde prendió ese irrefrenable anhelo que fue creciendo a medida que pasaban los años.

París, la ciudad de luz… ¿Qué madre no quiere para su hijo lo mejor? Quién sabe si una vez allí, haciendo carrera, con un poco de suerte… Se imaginaba mostrándose orgullosa en uno de los más venerados altares de la cristiandad para recibir allí auténticos baños de devoción de todos sus hijos; su nombre ya lo decía todo: Notre Dame de París.

Cuando aquel capitán, Monsieur Labatut, se encaprichó de Ella durante la Guerra de Independencia, nunca imaginó que fue, precisamente, esa devoción la que dio al traste con todos sus planes. Aquella noche el capitán gabacho estaba decidido a raptarla para llevársela a París con él, pero encontró el altar vacío. Los vecinos, en un acto de valentía que habría de recordarse durante años, escondieron su imagen en una huerta, bajo los surcos en los que maduraba el tomate y el calabacín. No hubo París. Labatut se conformó con el cáliz de un convento menor de la comarca como botín de guerra.

Esta vez sería muy distinto, esta vez sería ella misma quien trazara un plan bien calculado desde el principio sin dejar nada al azar o a los caprichos del destino. La ayuda de un par de santos, inquilinos de la misma iglesia, y la codicia de los hombres le bastarían.

Se empeñó la Virgen en un milagro combinado y elaborado, nada de cosas fáciles como el décimo de lotería o aquellas aguas con poderes más que discutibles que otras compañeras solían usar más por vanidad que por piedad. Había renunciado ya a las apariciones, no quería alterar la paz de un pequeño pueblo con visitantes incómodos, pero un gol en el último minuto… Eso era irresistible para Ella. Sí, una debilidad; tantos años haciendo milagros balompédicos para que el Torreño F.C. no descendiera que llegó a gozar en secreto con las expresiones de decepción de los rivales mirando el cronómetro, con el júbilo de los suyos abrazados mientras el colegiado emitía los tres pitidos. Una concesión que se daba en oposición a tanta virtud.

Las atribuciones sobre milagros no estaban muy claras, al fin y al cabo lo de la Trinidad tenía sus rendijas desde el punto de vista práctico y, además, dejaba muchos flecos sueltos sobre quién es quién. Así que Ella, que nunca se había metido en los temas teológicos, decidió que era hora ya de darse un capricho. “Una madre también tiene derecho”, pensó.

En realidad fue la noche que les concibieron cuando comenzó todo. Intercedió en el momento preciso mediante un error de transmisión, una leve interferencia, un imperceptible soplo y…

Casto y Apolonio nacieron así, inocentes. Nadie iba a culparla por aquello, desde luego. Dos gemelos, dos criaturitas, que a nadie iban a hacer daño, que no tenían otra cosa que hacer que ver pasar la vida en el pueblo, y que desarrollaron una desmedida afición al fútbol de la que nadie supo aclarar un atisbo de procedencia; incapacitados para casi todo, como estaban los angelitos, entendían el juego, conocían bien las tácticas y no se les escapaba un solo detalle en cuanto a la técnica.

Cómo dos inocentes, que pasaban el día sentados en la plaza recitando de memoria a cualquiera que pasara por allí y se lo solicitara, alineaciones inverosímiles de hasta los equipos de segunda, iban a llevar a París a la Virgen de las Vegas era todo un misterio para alguien que no contemplara que los caminos de la Providencia son inescrutables. Pero una madre va siempre dos pasos por delante.

Consideró una señal del cielo que el Chelsea cayera en semifinales en Stamford Bridge y, si su homónima de Londres no había hecho nada por impedirlo, por algo sería; competencias, tenía.

Casto y Apolonio — sí, los nombres fueron un antojo de su madre — sólo debían hacer su parte, por eso dispusieron del dinero que la suerte, apareciéndose siempre a los mismos, les había proporcionado años antes — todo estaba calculado— en forma de quiniela de trece cuando el Sporting de Gijón ganó en Madrid en el último minuto. A parte del fútbol, era de lo único que tenían sentido los gemelos: del dinero; guardaban sus caudales con un celo de usurero en los lugares más inaccesibles, sabedores de que el vil metal obtenía lo que Salamanca no les iba a prestar. “La gente está muy confundida con los gemelos, parece que no pero…” decía el maestro a menudo.

En cuanto el colegiado pitó en Londres, supieron que debían ponerse en marcha. Fue una voz interior que escucharon al unísono y que no parecía venir de muy lejos, del interior de la iglesia que estaba al lado del bar, y más concretamente de su altar. Ellos atribuían el nombre de la capital de Nevada a su Virgen por la suerte que les había proporcionado siempre, pobres inocentes; por eso se encomendaban a ella las pocas veces que salieron del pueblo. Pero esta vez iba a ser distinto, esta vez Casto llevaría una cazadora bien holgada.

Heraldo Aragón Recopa Europa fútbol

II

“Paradójico: un infiel como instrumento de un milagro en el último minuto. No me consta que la teología dijera nada al respecto y, llegado el caso, siempre podemos discutirlo en familia…”, se decía al salir de aquella tienda de moda. Sonreía. Si se la podía reprochar algo, era la confusión que a estas horas sufrirían aquellos dos infelices de Casto y Apolonio, detenidos por los gendarmes en la Gare de Austerlitz cuando estaban a punto de coger el tren de vuelta, acusados del robo en España de una imagen románica, una Virgen sedente del siglo XII.

“La perdimos cuando el gol de Nayim”, fue lo único que acertaron a decir delante del inspector.

Estaba radiante con su vestido azul cielo. Ah, París en mayo…  Tomó un café con cruasán y paseó tranquila el Boulevard Saint Germain donde los hombres, sentados en las terrazas de los cafés, no disimularon sus miradas por encima de L´Equipe. En la portada, aquel gol en el último minuto en el Parc des Princes.

Se detuvo en el Pont des Arts a mirar la proa de la Cité; detrás, flotando en una atmósfera de ceniza color verde: las torres de Notre Dame.

“Notre Dame…”, suspiró.


Dedicado a mi amigo Ángel Montoro

Oscar R. Valladares