Vallecas es un barrio peculiar, como bien saben quienes viven (vivimos) allí. No existe un distrito con un mayor sentimiento de pertenencia en toda la ciudad de Madrid y, en lo que a fútbol se refiere, aunque para la mayoría no sea su primera opción, todos los vecinos llevan en su corazón al Rayo Vallecano. Que el equipo de tu barrio sea capaz de codearse con los titanes de la Primera División española ya sería suficiente motivo de orgullo, pero desde el pasado sábado existe un motivo extra para honrar al humilde Rayito.

El viernes 21 de Noviembre era desahuciada de su hogar en el número 10 de la calle Sierra de Palomeras, en la zona de Villa de Vallecas, la anciana de 85 años Carmen Martínez Ayuso. Su casa había servido para avalar un préstamo solicitado por su hijo a un particular y, tras haberse podido evitar su desahucio un mes antes por la acción de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, el final fue ineludible. Su imagen, llorando desgarradoramente mientras abandonaba la que fue su casa durante cinco décadas fue portada de algún periódico y representó un hecho que, más allá de la legalidad que ampara estos desahucios, se ha convertido en un drama, una lacra de nuestros días, que en un barrio como Vallecas se repite con demasiada asiduidad.

El Rayo es un equipo que, a su manera, también ha visto los problemas económicos de cerca en los últimos años. Tras los años de Ruiz Mateos, la acumulación de deudas le sumieron en un hoyo del que, poco a poco, va consiguiendo salir a base de apretarse el cinturón, de fichajes a coste cero, de vender todos aquellos jugadores que les pudieran dar algún beneficio.

Tal vez porque sea verdad que no hay nadie mejor para ayudar que aquel que también lo ha pasado mal, o por ese sentimiento de pertenencia tan particular que existe en Vallecas, o simplemente porque Paco Jémez es un tipo particular y que se viste por los pies. Por el motivo que sea, el sábado en la rueda de prensa habitual del día antes de un partido, entre las preguntas sobre el planteamiento, la alineación y otros detalles de importancia relativa, se coló la historia de Carmen Martínez.

Paco Jémez anunció que él mismo, su plantilla y, en última instancia, el Rayo Vallecano como institución, se comprometían a ayudar pagando el alquiler de un hogar a doña Carmen hasta que las instituciones le encuentren una solución. Una lección de solidaridad y de reacción ante un problema (el Ayuntamiento de Madrid se apunta a la foto ahora, a destiempo) que deberían tomar en consideración unas instituciones gobernantes demasiado preocupadas en mirarse el ombligo como para afrontar los problemas reales de los ciudadanos de a pie.

El mundo del deporte suele ser solidario. Son muchos los futbolistas y clubes que, tratando en la mayoría de los casos de eludir la publicidad, tienen pequeños gestos similares a éste del Rayo con niños enfermos o pequeñas asociaciones. Por eso me parece muy injusto que mucha gente critique que “con el dinero que ganan, deberían hacer más cosas”. La solidaridad y las ganas de ayudar por iniciativa propia de los particulares es más que loable, pero no debe sustituir la responsabilidad que tienen las administraciones públicas de procurar una vida mejor a sus ciudadanos.

El caso es que el domingo, todos los aficionados del Rayo que se acercaron a su estadio en la avenida de la Albufera, otrora bulliciosa zona comercial y hoy día devastada por la crisis, se pusieron la bufanda de su equipo con más orgullo que nunca, porque consiguieron un respeto mayor de parte resto de aficiones del que se puede alcanzar tras ganar el más importante de los títulos. Será que, como cantan los Bukaneros, la vida pirata es la vida mejor.

Pancarta bukaneros Rayo Vallecano