Debería ser sencillo, pero nada más lejos. Acudir al campo cada domingo y dejarte la garganta por unos colores, ganen o pierdan. Te pechizca o no te pechizca, no cabía el término medio. Ahí en medio de cientos de banderas, a punto de sonar el himno, se alegró más que nunca de acudir al estadio. Era muy cómodo acudir sólo en las grandes ocasiones. Cuando las Copas se dedican al honorable, y todos los grandes artistas del balón se mueren por ponerse la camisa y sudarla para lograr la gloria.

El silencio es el único ánimo muchas veces de la memoria frágil del falso seguidor. De aquel que no sufre, que no agoniza cuando el equipo más necesita del abrazo de la hinchada. Se ha perdido la camaradería con el rival y los bocatas en papel de plata para el descanso. Se difuminó sin dejar una nota de despedida, adiós al disfrutar por disfrutar. Sólo es un deporte, pero qué deporte. Maldita sea.

Ya saltan los protagonistas. El run – run da su tarjeta de visita. No sabemos qué nos encontraremos hoy. Once leones o gatitos. Había mucho en juego, demasiado. Necesitábamos  el espíritu de las primeras jornadas, ese que asfixiaba al rival con una defensa de hierro y una delantera martillo, todo entraba.

Desde hace varios meses, las tardes quedan lejos de ser gloriosas. Lesiones, pérdidas tontas de balón, ánimo bajo por la marcha del eterno capitán al máximo rival. Demasiados lastres, sobre todo la traición, para mantenerse en pie. Había que ganar para demostrar que el ascenso no era casualidad. Llegaron para quedarse.

Tras el pitido inicial, comenzaron los presagios. La lluvia llegó cual madrina de la catástrofe, otorgaba al partido el toque romántico de la desgracia que sólo un poeta es capaz de trasmitir. Las bufandas tapaban los ojos sin fe. No uno ni dos, tres veces quiso el balón ser el actor de aquella comedia chocando contra la madera y riendo, a cuero tendido, de los suspiros de las gargantas allí reunidas. Un penalti fallado fue el punto final del primer tiempo.

Nervios, muchos e incómodos invadían todo el cuerpo y empezaba a romper su entrada poco a poco para desahogarse. Hoy no, por favor, hoy no. Las radios traían por aire el augurio de comenzar de nuevo en el pozo de Segunda. Los demás cumplían, alguna lágrima de impotencia bautizaba la grada. Quedaba tiempo.

Había que morir en el verde. No me gustaría ser los muchachos recibiendo la arenga en estos momentos. Mala suerte unido a mal juego. Menudo cocktail. Saltaban de nuevo y el graderío gastaba pulmones intentando salvar aquel buque que, cual Titanic, estaba destinado a hundirse. Y otra madera, no eran delanteros, eran carpinteros.

Al menos le ponían corazón en el segundo tiempo, faltaban piernas y suerte. Fútbol y picaresca. Faltaban demasiadas cosas. La radio continua otorgando malas noticias. Ahora tocaba golear. No, demasiado era ya. Y el fatal pitido final. Sentenciados sin remedio. Tocaba recoger los frutos de una mala temporada. Ya habría tiempo de lamentar.

El equipo llorando se plantó bajo aquella lluvia profeta para aplaudir junto al equipo técnico a los aficionados. Había dos opciones, los silbidos por hacer pasar por aquel infierno de infortunios o comenzar hacer el equipaje para regresar cuanto antes. Ganaron por goleada a la fatal primera opción. La banderas hondearon y cantaron a capella el himno. Fue un hermoso inicio de viaje de retorno a la élite.

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