Con tan solo 17 años llegaba un imberbe brasileño a la cita futbolística por antonomasia, el Mundial. Corría el año 1958 y Suecia, tras haberlo solicitado a la FIFA en el año 1946, pudo por fin recibir a las 16 selecciones nacionales que lucharían por el ansiado trofeo Jules Rimet. El joven no era otro que Edson Arantes dos Nascimiento, Pelé.

Cuando el 15 de junio de 1958 fui al estadio Nya Ullevi de Gotemburgo, había 50.000 personas con ganas de ver al pequeño niño negro que llevaba el número 10. Muchos me vieron como una especie de mascota en comparación con el enorme físico de los rusos. Los niños me pedían autógrafos, me pasaban la mano por la cara y la olían admirados de que no estuviera teñido. – Pelé

Pelé debutaría en la fase de grupos, junto con otro grande como Garrincha, frente al combinado de la URSS que pese a que jugaba por primera vez un campeonato mundial llegaría incluso hasta los cuartos de final. Su actuación personal, marcando un gol, y la del conjunto carioca fue maravillosa hasta tal punto que tanto el técnico rival como sus jugadores no pudieron sino rendirse admirados al jogo bonito brasileño.

Me quedé asombrado por el juego de los brasileños. No era fútbol. Debería buscarse otra palabra para definirlo con mayor exactitud. – Igor Netto – Capitán de la URSS

Aquel fue sin duda el Mundial de Brasil y de un Pelé que acabaría siendo el segundo máximo goleador del torneo con 6 goles. Entre ellos destacó la obra de arte que realizó en la final contra la anfitriona Suecia, final que acabarían ganando la verde-amarela por 5-2.

Fue el comienzo de la leyenda de Pelé.

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